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Cartas extraordinarias

María Negroni

LITERATURA ARGENTINA

Cartas extraordinarias es una gran mentira, pero una de esas que ocultan verdades. Así lo advierte la autora con una cita de Jean Cocteau al comienzo del libro, que el lector debería tomar al pie de la letra antes de ingresar en este País de Nunca Jamás. En sus páginas se traza el itinerario de un viaje interno, sin movimiento, a ese lugar llamado infancia, que habita el propio cuerpo y cuyas coordenadas aún hoy resultan misteriosas. Para animarse a viajar, sólo basta tener en cuenta el punto de partida y las escalas previstas: la niñez nos ha dejado huérfanos y, durante este periplo, podremos reencontrarnos con todos los padres de nuestros amigos que, desde hace mucho tiempo, conocen de qué se trata la orfandad.

Esta expedición –como gran parte de la producción de María Negroni– es posgenérica. Las cartas remiten a la voluntad de documentar y, más allá de que las circunstancias biográficas, históricas y sociales de los emisores y receptores son recuperadas, el contenido es declaradamente apócrifo. Negroni no sólo navega por los mundos de sus autores preferidos sino que, al hacerlo, procura recuperar el estilo que selló la impronta de cada uno de ellos. Eliminada la clasificación por género, la obsesión por la escritura como forma de vida opera como guía en esta geografía donde lo insólito se vuelve posible.

Aunque nunca conoció a Emily Dickinson, Louisa May Alcott decide escribirle para compartir con alguien de su edad “la terrible cuestión de la escritura”; Heidi le escribe a su autora, Johanna Spyri, para agradecerle por haberle dado la inmortalidad que no supo conseguir para ella; asistimos también al momento en que Herman Melville compone la trama de Moby Dick, valiéndose de un lenguaje que es como “un sueño donde me encierro, sólo para salir de él purificado por una intoxicación grandiosa”, a fin de convencer al naturalista Thomas Beale de que su proyecto tiene mucho en común con su área de interés. Otras epístolas están dirigidas a personas que los corresponsales sí conocieron en la vida real y, en estos casos, su relación con la escritura hace las veces de expiación de culpas. Julio Verne intenta convencer, una vez más, a su incomprensible padre de que a la realidad le falta realidad y de que por eso elige perseguir su deseo de imaginar y escribir; Salinger le explica a su ex novia Oona O’Neill por qué antepuso la necesidad de enclaustrarse con su máquina de escribir a ella y su mundo frívolo; Emilio Salgari deja a sus hijos pistas para que descubran quién fue él o quién quiso ser, minutos antes de realizarse el seppuku que le quitará la vida, y Edgar Allan Poe despotrica contra el abandono económico de su mentor, mientras deja entrever su necesidad de afecto y aprobación al anunciarle que se propone explorar “el género del escalofrío en el más tremebundo infierno de agua”.

Por todo esto, vale la pena emprender esta aventura –sin ataduras de espacio– a un tiempo inmortal donde el niño ya adulto “ordenará su infancia en la cueva de la escritura”.

 

María Negroni, Cartas extraordinarias, ilustraciones de Fidel Sclavo, Alfaguara, 2013, 164 págs.

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