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Acodado en las arenas movedizas del cambio de siglo, Falsa conciencia enfoca las transformaciones en los modos de producción del arte contemporáneo; propone un itinerario que exhibe la reconversión de vínculos artísticos y personales marcados por el exceso y el diletantismo hacia una esfera racionalizada, abstracta y proyectual: el trabajo profesional. Esta mirada enlaza el circuito porteño, en el que particularmente se detiene, con las escenas chilangas y santiaguinas; las reúne en tanto islas disgregadas, desconectadas pero coexistentes, ahora aglutinadas por el impulso de un proceso constante y arrollador parecido al ascenso del nivel del mar en el horizonte del calentamiento global: la paulatina consolidación del paradigma de las industrias creativas en el campo del arte.
El territorio explorado por este libro se encuentra delimitado por los perímetros de dos vectores históricos contrapuestos. En la escena porteña cercana a la década de 1990 da a ver, en un recorrido que se parece bastante a la cristalización de cierto canon, comunidades empáticas de artistas, grupos amalgamados en escenas de amistad y cercanía, tribus de un localismo militante, “artistas de artistas” que conviven en espacios marcados por la complicidad y la algarabía de la proxemia; clanes congregados en torno al culto de objetos jeroglíficos, introspectivos, también festivos: obras de arte.
Del otro lado, se encuentra la postal catastrófica y alucinada de las ferias y bienales de 2000; posciudades ubicuas, ostentosas, precarias, entrópicas, enjambres de paneles que en su caótica disposición expresan un ecosistema artístico plural y descentrado alimentado por una tortuosa red de intercambios económicos, tanto monetarios como libidinales, de escala planetaria. La moneda de cambio de este mundo es la divisa del neoconceptualismo, lingua franca capaz de traducir todo contexto local en una sintaxis global que puebla centenares de parlanchines porfolios, catálogos, proyectos y aplicaciones cuya elaboración consume las jornadas de artistas y curadores.
El escenario que Claudio Iglesias despliega tiene algo de ciencia ficción, su destreza narrativa y la materialidad de las imágenes que jalonan su escritura atraen e incitan. Sin embargo, en este pasado reciente —o futuro cercano— que describe, todavía no parece tan claro que el profesionalismo artístico haya ganado la partida en Buenos Aires: recientes turbulencias institucionales o la evidencia de que alcanzan los dedos de una mano para enumerar los espacios públicos o privados que interpelan a los artistas como trabajadores resultan paradójicos alicientes. Más allá de estas apreciaciones, Falsa conciencia descubre la fisura de los lazos de la proxemia entre productores y espectadores, cierta disolución de estas venerables comunidades artísticas, que se da en una nueva generación marcada por la expansión acelerada del campo vernáculo de las artes visuales. Se trata de una urdimbre configurada ahora por relaciones entre propios y ajenos, extraños o advenedizos, un espacio más público y menos tribal, que miradas no tan pesimistas podrían conjurar con otro acento.
Claudio Iglesias, Falsa conciencia. Ensayos sobre la industria del arte, Metales Pesados, 2014, 190 págs.
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