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Fuga, Joya

Marcela Sinclair

ARTE

No hay que saber nada antes; incluso está bien no haber estado en el momento en que el público se colgaba las piezas y posaba para la foto. Hay que ver, hay que ser espectadores de un lugar precario a propósito, pequeño y rodeado de nada. Con el imán imaginario de las obras armando la gracia. En las vitrinas y en las estanterías están las joyas de masa seca. Digámoslo: de fideos de muchos estilos. Las vitrinas le dan un aire museográfico y vuelven a Marcela Sinclair una artista que se distingue porque quiere que haya diferencias entre los órdenes materiales del mundo. No todo es, ni da, lo mismo. Es distinta por las vitrinas pulcras, los estantes forrados de tela azul de Grafa Ombú y por aportar sabiduría haciendo de una técnica que se usa en el jardín de infantes un estado mayor del arte con pavadas. Es que se distingue también por hacer chucherías seriamente, con esmero y manejo de los materiales, distinta a la chapucería de algunos aprendices de artista que ya están grandes de lo autoconscientes que son. Ella está siempre contenta pero a la manera pétrea de la modernidad, una sonrisa que carga con lo establecido y con lo real, la cosa pública o el corrillo del amor. Cree en el arte pero no se la cree. El “soporte” de sus collares no sólo los pone rápidamente en un lugar de diferencia con el presente, sino que los incluye en la cadena de valores baratos, ensoñados e inútiles. Alguien puede comprarlos, pero será difícil que alguien pueda hacerlos. Por eso tienen el estatuto de artísticos, porque son difíciles de hacer. La pericia artesanal se superpone a la idea artística de que sean collares, eso lo decide Sinclair en su arbitrio elegante y descarado.

Los collares son una composición de eslabones, son cuentas del rosario popular que el arte hace brillar, aunque no pueden sino ser opacos, el dorado tirando al ocre. Hay algunas piezas que son autónomas, no tienen la utilidad de collar, se disgregarían con el mero uso. Son un modelo de collar, una especie de holograma de verdad, por lo tanto son más auráticas que nada. En esa fragilidad, en esa incapacidad de uso reside su forma estética. “¿Y esto quién lo usaría?”, se pregunta un energúmeno que camina por el Patio Bullrich viendo por celular registros de la muestra. “Probablemente nadie, por eso tiene valor”, le respondemos.

No hace falta no saber el nombre de cada variedad de fideos para amontonarse contra las piezas y gritar para adentro sobre varias sensaciones. Un arte doméstico y estilizado. Un arte sin chiste y a la altura de la tradición de la risa.

El chiste de derecha que estimula al mercado del arte argentino tiene que ver con la fuerza rígida de las máquinas, los soldadores, los machotes que acumulan basura o plástico que derriten con energía. Acá Sinclair se encarga de recuperar la manualidad para componer y pulir a la vez una idea que no siempre brilla en el arte argentino: hace con lo que tiene, pero no cae en la sinrazón del chiste. Hacer basura con la basura es poco verdadero; y hacer basura con mucho presupuesto es de tarado. En cambio, Marcela necesita del supermercado Dia% y de su sensibilidad tomada para la chacota para darle de comer a una fantasía que escasea.

 

Marcela Sinclair, Fuga, Joya, Mite galería, Buenos Aires, 2 de noviembre – 8 de diciembre de 2018.

 

 

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