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ARTE

En la entrada a la galería Isla Flotante, a pocos metros del puente de La Boca —emblema de hierro de la Buenos Aires próspera e higiénica—, se vislumbra una fotografía de la ribera del barrio privado Nordelta, allí donde los ricos y famosos han encontrado su confort dado por la seguridad y la naturaleza cercada. El lujoso country retratado e impreso sobre tela —similar a las lonas colgantes que esconden las fachadas de los edificios en construcción o en ruinas— contrasta con un barrio que, actualmente, dista de los escenarios pintados por Quinquela y Cúnsolo: La Boca es turística pero su miseria ya no es pintoresca, está integrada, junto a Barracas, a un conjunto inmenso de villas. A fin de cuentas, esta descripción no deja de ser una instantánea de la ciudad moderna, fisurada desde su origen, donde la pobreza luego de la destrucción —como bien nos enseñó Benjamin— es una oportunidad para empezar de nuevo sin las solemnidades de la tradición.

A la derecha de la sala se presentan las obras de Mariela Scafati, ropas algo viejas y de lana, apretadas por una calculada maraña de sogas y nudos de marinero. También los bastidores tienen su sesión en la sala. Con forma de retablo, chuecos y de diferentes tamaños, estos planos de color son sujetados, ahí donde la piel se tuerce, la circulación se acelera y todo es adrenalina por el roce, la presión y la imposibilidad de moverse, entre otras bondades que nos ofrece el bondage. Si el trabajo fotográfico en colaboración de Hans Bellmer y Unica Zürn —el cuerpo de Unica atado, ajustado y deformado hasta adquirir las formas de otra humanidad— condensa la obsesión de la vanguardia surrealista por el erotismo —en términos de Bataille, ese interdicto inicial entre la vida y la muerte que nos hace buscar la continuidad, un revés de la conciencia (vergüenza) que desarregla nuestros cuerpos amantes hasta la obscenidad—, las pinturas de Scafati redoblan la apuesta de la dialéctica corporal y se entrometen con la producción (o catalogación) heteronormada de los objetos culturales; una necesidad imperiosa de sexualizar la pintura.

A la izquierda se encuentran las piezas de Ariadna Pastorini, cosas amorfas y colgantes revestidas de tela. Meteoritos o piñatas de una fiesta alucinógena realizadas cuidadosamente con retazos variados, en los que predomina el contraste de texturas sintéticas. Sin jerarquía alguna, sus objetos y esculturas están inmersos en la sensualidad del lamé y el chifón y, también, en el tejido de nylon de las bolsas para hacer los mandados. Una arqueología corrompida de las cosas donde la “costurerita del horror”, como dice María Moreno en el texto de la exposición, abdica a la ternura y sacrifica la forma original por otras nuevas desligadas del símbolo. Sólo basta con dar dos pasos para sumergirse en un caos en el cual el primitivismo y el confort parecieran ser el único eje ordenador de ese ecosistema de fantasías textiles.

Lindantes con el armonioso Nordelta, las cosas amantes funcionan como una trinchera de la perversión, un juntadero de costumbres, fetiches y objetos invertidos; quizás un último conventillo que no sólo resistió los correctivos de la moralidad porteña de principios de siglo XX, sino también el actual trazado urbano excluyente. En ese límite (una diferencia) que revela un escondite próximo a cambiar de lugar y dejar una huella que nos contamina (como la pobreza, el amor y el sexo), las cosas amantes se vuelven promiscuas —mezcla y confusión—, generan disturbios, se escabullen tanto de la forma como del nombre y el hombre, perturban el orden del recinto moderno y trazan, con cuerdas, nudos, telas, planos y bultos, un espacio otro.

 

Ariadna Pastorini y Mariela Scafati, Las cosas amantes, Isla Flotante, Buenos Aires, 14 de noviembre – 16 de enero de 2015.

 

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