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ARTE

Una visión del Parque Lezama, con sus estatuas vandalizadas, percudidas, y los árboles alargados hasta el infinito. Unos niños gritan, oficinistas mastican en la hora libre, algún empleado de gastronomía se queja de su sueldo, perros huérfanos, extranjeros con calzado ridículo, un poco del sol invade los dedos y el pasto. Frente al parque, donde se encuentra Fundación El Mirador, hay unas trampas hechas con cerámica y oro, algunas sostenidas sobre un almohadón y otras en la pared. Parecen orquídeas con dientes blancos, curvas que se deslizan como una joya construida a partir de huesos humanos o un instrumento quirúrgico preparado para uno de los gemelos ginecólogos en Dead Ringers, el film de David Cronenberg. Otra visión es la que expone Ángel Gabriel con su materia preciosista, chorrea las fauces de San Telmo con oro fundido.

Aparece una energía sexual en los bordes de las esculturas. El dorado, ese espejo de los reyes, contribuye a acelerar el espeso flujo. Cada escultura posee una zona erógena, delimitada por las curvas y los huecos que van apareciendo. Varios semicírculos en forma de pétalo se cierran en la punta redondeada de lo que se supone un falo. Entre el oro que aparenta delicia y veneno se impone un blanco para nada sexual, corta todo erotismo cual escena de hospital público. La escultura se permite hacer presencia en la vidriera de lujo y en la escena maquillada del arte. Estas obras calientan y enfrían al mismo tiempo, como el famoso entusiasmado con un anillo caro que obtiene vía canje, sabiendo que deberá devolverlo al terminar el evento. Son construcciones que se enfrentan al mundo desde una reivindicación del detalle y la parodia del lujo, que en definitiva no es más que un tipo de prótesis, reemplaza una parte del cuerpo pero no termina de sustituirla con fidelidad. Recompone una ausencia, muchas veces inventada. El detalle se evidencia en las terminaciones exactas, en una supuesta escultura prolija y con líneas cremosas, en un falso equilibrio que promueve la invocación de deseos salvajes.

En la exhibición abundan las formas de vértebras humanas colgadas en la pared o en un círculo en el medio de la sala. Toda la galería, por su iluminación tenue, vibra como una iglesia en ruinas donde sobreviven el silencio y los objetos brillantes. Aquí las obras podrían servir de piezas para armar el esqueleto de un monstruo. Ninguna de las partes hace referencia a una cabeza, sólo guiños medianos y grandes a la imagen de una vagina devenida en orquídea o a unos huesos preciosos esparcidos por las dos salas de la galería. Un rompecabezas que termina con unos bultos y empieza con un libro lleno de bocetos en birome, parecidos a los que se encuentran en los locales de tatuajes. Tal libro, exagerado en sus proporciones, parece una biblia en la que los dibujos y las anotaciones dan cuenta del proceso de trabajo del escultor. Otro objeto plebeyo e ingenuo, podría decirse. No hay una curaduría explícita, sólo una acción sugerente: para acceder al texto de la exhibición uno debe sumergir la mano en un estante lleno de grasa blanca. El punto G de Pathos, la muestra individual de un artista que se hace llamar Ángel Gabriel.

 

Ángel Gabriel, Pathos, Fundación El Mirador Arte Contemporáneo, Buenos Aires, 15 de mayo – 30 de junio de 2018.

14 Jun, 2018
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