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Basada en hechos reales

Roman Polanski

CINE y TV

En el mejor cine de Polanski (el que hizo hasta esa obra maestra del encierro y el sadismo que fue Bitter Moon, de 1992) siempre hubo alguien perdiendo la cordura. De la desequilibrada Carol Ledoux de Repulsión (1965) al elegante aunque acomplejado Jake Gittes de Chinatown (1974), pasando por ese maniquí esquizofrénico que terminaba siendo el protagonista de El inquilino (1976) y sin olvidarse, claro, de la atormentadísima y sufrida Rosemary que engendraba a la “semilla del Diablo”, todas las criaturas polanskianas aullaban prisioneras detrás de los barrotes del delirio y la psicosis, un campo de fuerza que sólo podían quebrar mediante la vivencia pura del terror más físico. El mejor tramo de su filmografía se construyó sobre los efectos de un estallido dosificado de personalidades inestables. La experiencia del espectador —que en Polanski estuvo siempre asociada a una extrema sensorialidad— estaba invariablemente en el centro de una encrucijada cambiante y horrible de perspectivas, como si el polaco hubiera entendido el concepto de autoría en la alimentación de las ansias más carnívoras de la platea, para frustrarlas o potenciarlas según sus necesidades de titiritero. Esa altivez autoral —desde la temprana El cuchillo bajo el agua (1962), Polanski gozó como pocos del sufrimiento ajeno a un lado u otro de la pantalla—, turbia y esquiva, como de científico loco aunque para nada frankensteiniano, parecía perdida para siempre con la deriva qualité e insoportablemente teatral del último tramo de su filmografía, el que va de la rígida El pianista (2002) hasta la aún más acartonada Un dios salvaje (2013), con todas las paradas intermedias ahogadas en remordimientos personales y humillantes pedidos de disculpas hacia una industria que lo expulsa de un país a otro como si de un elemento tóxico se tratara.

Lo que Olivier Assayas le devuelve a Polanski es una suerte de orgullo mórbido. El guión que firma el primero le permite al segundo amigarse con el diseño del cine contemporáneo (es decir, sacudirse la capa de polvo de museo que le había caído encima con su taxidérmica adaptación de Oliver Twist) y, a la vez, maltratarlo como canal de confidencias. En Basada en hechos reales se insinúa, por fin, el retroceso del Polanski censor de sí mismo y la vuelta del Polanski pornógrafo, todavía no desatado del todo aunque afilando las navajas para cortar una vez más la soga y los arneses, adminículos infaltables en todo masoquista que se precie. El duelo de personalidades entre Delphine (Emmanuelle Seigner) y “L” (Eva Green) tiene todavía algo de “teatro” perverso (el acotamiento de locaciones y la cadencia neutral y flotante de los diálogos, por ejemplo, en más de una escena quizás demasiado cerca de la recitación) donde los egos parecen siempre a punto de entrar en pánico. Lo curioso es que esta confrontación entre dos mujeres intranquilas, una escritora bloqueada y el ángel vampírico que la merodea y va pasando del apuntalamiento personal y afectivo a la asimilación enfermiza de la intimidad gemela, está construida con un miedo rarísimo al desborde, lo que da como resultado una película extrañamente laxa para los parámetros de un Polanski que, jibarizado por Assayas, parece dispuesto a reaprender (o dosificar, según cómo se mire) su arte del impacto. Basada en hechos reales puede ser, entonces, la puerta de entrada o de regreso de Polanski a un cine que le devuelva su condición de laboratorista del desequilibrio y la crisis, de paciente observador de la incidencia de la oscuridad en puntos muy precisos de eso que a veces llamamos “normalidad”. Como cámara de torturas del cuerpo y la mente sigue estando lejos de aquella summa inmisericorde en la que la Seigner y Peter Coyote se desangraban pacientemente entre un crucero deforme y un infame departamentito parisino, pero peor es nada o, lo que es lo mismo, naderías falsamente “prestigiosas” como El escritor oculto (2010) o ese otro muestrario de vejestorios temáticos en el que Johnny Depp perseguía libros embrujados y del que preferimos no acordarnos.

 

D’après une histoire vraie (Francia, 2017), guión de Roman Polanski y Olivier Assayas a partir de la novela de Delphine de Vigan, dirección de Roman Polanski, 110 minutos.

14 Jun, 2018
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