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ARTE

Pepsi, la exposición reciente de Claudia del Río en la galería Diego Obligado de Rosario, se despliega como una instalación, o más bien como una suma de impresiones sucesivas. La muestra es, por un lado, un argumento. Una poética antes que la formulación de un instructivo o una serie de ellos para la creación de esa poética. Allí las piezas migran entre la producción gráfica, la escultura y el ritual y se resignifican en el marco de un círculo vicioso que responde a una cosmovisión autoral: la mirada intuitiva de esta artista que desde la década de los ochenta explora diversos sistemas de producción, previendo que unas obras sean la prueba de existencia de las otras. En esta instancia, esa condición estalla en la manifestación del que parecería ser uno de los derroteros infinitos del arte: el desprendimiento de fantasmas en el espacio.

Desde Cien imágenes huérfanas (Museo Castagnino, 2000), donde se cristalizaba cierto fervor por una concepción rizomática de la producción artística, las exhibiciones de Claudia del Río transitan el eco de experiencias legendarias. En este caso podemos citar la muestra 0,10: Última exposición futurista (1915), donde Kasimir Malevich colgó su Cuadrado negro en uno de los ángulos superiores de la sala. En Pepsi, un lápiz sin título de 2015, el esquema iconográfico de una secuencia simétrica de círculos que conforman una cruz, ha sido ubicado en uno de los ángulos de la galería. Desde ese punto de fuga, esta imagen asume una petición de principio: el orden visual debe emparentarse con el orden emocional.

La resonancia de cierto realismo intimista en algunos de sus dibujos, donde se vislumbra su acercamiento a los laboratorios de artistas como Juan Grela, puede percibirse como la consecuencia de una apuesta procedimental e ideológica. La mixtura entre el signo regional y el manifiesto universal. Por otra parte, la exhibición es también el resumen de una antología o la posibilidad de su ensayo. Collages y dibujos realizados entre 2011 y 2016, botellas de vidrio que, dispuestas sobre un espacio revestido con madera (machimbre), evocan instalaciones anteriores, y ladrillos labrados y pintados conforman el cuerpo de trabajos presentados. La condición cíclica de este conjunto se cristaliza en un diseño de montaje determinado por la repetición. Varias telas caracterizadas por la clonación de distintos prototipos de patrones ofician de soporte de cada obra y plantean las pautas espaciales del recorrido general. Comprados en distintos viajes y elegidos más que por el origen, por los diseños que en ellos se reproducen, estos paños operan con relación a una narratividad que excede cualquier ímpetu anecdótico; inclusive el del título de la muestra.

Desde esta perspectiva, Pepsi es también un correlato. Implica tanto la literalidad de este vocablo popular como la contaminación de su sentido y el desvío hacia una búsqueda específica: la de la sensibilidad suprematista, y también la de aquellas experiencias guiadas por el flujo de la misma energía constituyente de su libro recién publicado Ikebana política (Iván Rosado, 2016).

 

Claudia del Río, Pepsi, curaduría de Leandro Comba, Diego Obligado Galería de Arte, Rosario, noviembre – diciembre de 2016.

12 Ene, 2017
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