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Primer Salón de Arte Chico de Buenos Aires

ARTE

En principio, un crítico genera un concepto: arte chico. Es más importante el hecho de generarlo que el de explicarlo y desarrollarlo. La propia puesta en funcionamiento del concepto es el concepto mismo. Este crítico, Juan Laxagueborde, que inventa un concepto, no pretende imitar a un artista, pero al poner en funcionamiento el concepto, lo vuelve creativo. Y es en eso donde radica su contenido. Al mismo tiempo, este contenido, que no coincide con un contenido político, es sin embargo contenido político por lo que crea. El concepto es un verbo de acción, es político en sí mismo, no necesita un sentido político que está en otro lado.

Laxagueborde aprovecha las connotaciones de un espacio concreto, la biblioteca anarquista José Ingenieros, en el barrio de Villa Crespo, donde organiza una muestra: Salón de arte chico. Dialoga así con un conjunto de discursos, los del anarquismo, que están presentes en la memoria argentina pero que no forman el discurso de un partido concreto. Que son discursos políticos, pero sin un marco institucional fijo. De alguna manera, la del ensayista es una crítica de sitio específico, que se piensa de modo orgánico en relación con ese lugar y absorbe sus connotaciones.

Él mismo aclara que la muestra no es una ilustración del concepto que aparece desarrollado en un artículo que publicó en el último número de la revista Mancilla, sino que fue hecha para seguir investigando. La idea que soporta el salón no es sólo su asociación con un cuerpo textual anarquista, sino que en él las obras se sostienen literalmente de las paredes de la biblioteca: es el conjunto de libros lo que produce el volumen que se identifica con la pared misma. Se exploran de esta manera las posibilidades de sentido relacionadas con el término “volumen”, una palabra que remite al mundo de lo impreso —asociado con el anarquismo como construcción de pequeñas comunidades lectoras y editoras— y el espesor físico de los objetos.

Con un paño negro —otra referencia al anarquismo— se cubren los anaqueles y, sobre esta especie de telón, se van prendiendo las obras con alfileres, con cinta adhesiva y con tanzas que penden del techo. En su mayor parte, estas piezas surgen de un trabajo colectivo: el seminario sobre el tema que Laxagueborde coordinó en las aulas del Centro de Investigaciones Artísticas (CIA) en mayo de este año. A las obras de los artistas que participaron del curso se suman otras con las que se marcan solidaridades desde lo chico, por ejemplo de Francisco Garamona —un artista que se construye no tanto desde lo visual sino más bien desde la poesía y la música—. De esta manera, el volumen de la muestra no equivale a la suma de las obras, ni al conjunto de los libros. No es una suma ni una sustracción, sino más bien un coeficiente que se pregunta por el motor de una creación artística.

Por otro lado, si la operación que realiza el crítico con las obras es una reducción, por el otro ese movimiento produce su contracara, el agrandamiento de los marcos: la extraña presencia de una vieja pizarra plantada en la calle que anuncia el evento y abre las puertas a la comunidad. La aparición de una sonata de Schumann colabora con la construcción de un espacio, el del salón. Los libros: La democracia en América de Alexis de Tocqueville y La psicopatología en el arte de José Ingenieros, que en una mesa sobre el centro de la sala dialogan con el imaginario ensayístico, entre la sociología y la preocupación por el detalle del positivismo de principios de siglo, que sustenta la exposición.

Lo chico no es algo en sí mismo sino que es siempre una relación. Lo que pone en marcha esta muestra no es un trabajo de búsqueda de la especificidad, que es una búsqueda moderna, sino más bien de búsqueda de lo irreductible: ¿hasta dónde se puede reducir el arte? Y en esa reducción, el arte no encuentra su autonomía, sino que descubre lo menor.

 

Primer Salón de Arte Chico de Buenos Aires, Biblioteca Popular José Ingenieros, 1 de septiembre de 2018.

4 Oct, 2018
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