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Shutdown

Diego Bianchi

ARTE

Aquella publicidad de arteBA que el año pasado tanto revuelo causó, en poco menos de dos minutos logra con cierto éxito lo que también trataron de hacer Martha Buskirk, Andrea Giunta o Boris Groys: proponer una definición de arte contemporáneo.

La ironía como pauta de consumo autoconsciente de a poco está dejando de ser un recurso de punta para las agencias que mejor cotizan, y el spot, quizás adscribiendo a esa tendencia pero más seguramente por falta de imaginación creativa o por casualidad, no propone en realidad ninguna distancia irónica. Podría decirse que funciona de manera inversa a cómo se supone que debe funcionar una publicidad: a pesar de ser una imitación, es perfectamente honesta. El spot irritó la mucosa de la corrección política de algunos artistas, el arte es más que esto, dijeron; somos más que esto. Tuvo el efecto del recordatorio torturante de un deadline en la casilla de mail; el golpeteo de la uña negra y larga de la realidad sobre la ventana para avisar que era hora de pagar algunas deudas.

El despliegue operístico que Bianchi, Scolavino et al. plantean en Shutdown funciona parecido a aquel spot de arteBA porque en su falta de vergüenza hay sin dudas una especie de valentía para hablar de la realidad de manera irritante. La inauguración, por ejemplo, se pareció demasiado a una de esas parodias que suelen verse en las series y los videoclips sobre las exhibiciones de arte contemporáneo. Los ricos se entretenían, a cierta gente la incomodaba la explotación a la que eran sometidos los performers; algunos nos emborrachamos mientras las esculturas se retorcían de manera imposiblemente lenta en su silencio. La muestra puede resultar igual de frustrante que una publicidad porque Bianchi no es un liberador pero parece ser un liberado: el artista, como un publicista, un empresario o un explotador de la realidad —se nos dice—, tiene el secreto para escaparse del eterno y triste samsara de lo social.

Pero qué si es una muestra más triste de lo que muestra, o por lo menos más inteligente de lo que deja ver. Los performers de Shutdown, en lugar de ser cuerpos derivados de La familia obrera, podrían ser sucesivas proyecciones del propio Bianchi: un explotado por el arte, cerca de cumplir los cincuenta años, haciendo equilibrio para evitar que su Jenga discursivo se venga abajo mientras sigue creciendo en altura.

Aunque se presente como una cámara de pruebas para la estetización de lo social (Vanina Scolavino, cada día más presente en los procesos del escultor, aparece acreditada como «Colaboradora conceptual»*, lo que sería una especie de tematización del espacio escultórico), Shutdown quizá se trate de Bianchi tratando de entender qué significa ser un trabajador, un malabarista; quizá sea un esfuerzo para tratar de entender por qué en esta época no parece alcanzar con ser uno de los artistas más importantes de la historia del país.

El realismo del spot de arteBA estaba en su retrato demográfico de la feria, en su frivolidad, en hablar de un “foco de luz que no enfoca nada”. El hiperrealismo de Shutdown no está en los rostros de los performers, casi salidos del casting de una película de Adrián Caetano; tampoco en la pintada, ni en la abismal imagen técnica de los televisores transmitiendo en la galería la misma programación que ilumina millones de corazones argentinos. Lo hiperreal estuvo en la sensación de paranoia y agobio que quedaba zumbando al salir de Barro, en un par de empleados haciendo equilibrio para cargar la barra de Havana Club de vuelta en una camionetita blanca destinada a perderse por las calles, en una performance que nadie tiene el poder de terminar.

 

Diego Bianchi, Shutdown, Barro, Buenos Aires, 14 de mayo – 16 de julio de 2016.

*(Nota del autor: se corrigió esta crónica para enmendar la anterior acreditación —errónea— de Vanina Scolavino como encargada del «concepto general» de la exhibición)

 

Ver nota relacionada (1).

 

 

 

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