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Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros

Sociedad de Benefactores y Amigos de las Artes de Cañada Rosquín

ARTE

El monte invade la antigua sala de la Sociedad Italiana de Cañada Rosquín, que funcionó durante décadas como cine y teatro del pequeño pueblo santafesino. Afuera, una propaladora circula por las calles transmitiendo un mensaje: este es el único refugio que nos queda. Mientras entramos, nos acompaña el sonido fantasmal de un n’vike, o violín de lata. En el patio de butacas yacen los restos de alguna civilización por venir. Agazapados, nos reciben los fósiles de unas criaturas extrañas, cruza de animal y cíborg, de ordeñadora antigua e insecto jurásico. A los costados, dos silos de aceite de soja corroídos por el óxido. En el interior de uno de ellos, un vestigio de vida vegetal insiste en un terrario que será después testigo de la masacre; en el otro, las arpas de un piano abandonado que suena con pequeños motores: un instrumento del futuro. En el foro, tres pantallas. Empieza a oírse el sonido caminante de la Banda Sinfónica Comunal, que ingresa en la sala y ocupa el centro de la platea. No sabemos si acudimos a una instalación, a una función de cine expandido, a un concierto o a una performance.

En el imaginario colectivo, el arte contemporáneo se emplaza en las grandes ciudades. Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros, de la Sociedad de Benefactores y Amigos de las Artes de Cañada Rosquín, desafía ese imaginario. Es una obra eminentemente contemporánea, germinada, construida y exhibida lejos del abrigo aséptico del cubo blanco o la caja negra, lejos de la mirada actualizada, citadina de los comisarios del arte.

La pregunta por lo contemporáneo es una pregunta siempre abierta. Acaso el acercamiento de Agamben es, si no el más exacto, uno de los más bellos: para el filósofo italiano, lo contemporáneo está asociado a las luces de una época, a los modos de reunirlas con otras en una misma conversación finalmente anacrónica, a mantener abierta una discusión que la historia quiso dar por concluida. Es seguir con el problema.

Hablaba con las bestias… abre una herida que, en rigor, nunca terminó de sanar. El punto de partida son dos artefactos visuales realizados en San Javier con más de ciento cincuenta años de diferencia: las acuarelas setecentistas del misionero austríaco Florián Paucke y El último malón, la película de Alcides Greca estrenada en 1917. Ambos universos visuales son producidos durante el proceso de delimitación territorial, colonización y conquista de las comunidades mocovíes que habitan la región; ambos constituyen un testimonio sobre la violencia que se ha ejercido de forma sistemática sobre los pueblos indígenas: una violencia inscrita en la genética de nuestro país.

Es que nuestro territorio ha terminado de delimitarse mediante el sometimiento sostenido de un otro. El otro es la piedra angular de toda violencia, es la amenaza a aquello que conocemos. Es decir, no hay violencia sin un otro que se nos presenta como algo espectral, acaso informe. “Otro” es el nombre, la forma que le damos a lo indeterminado. Pero lo indeterminado insiste, precisamente, en ese estar formándose todo el tiempo, como un monte. El otro se confunde con el enorme ecosistema de la alteridad: habla con las bestias, con los peces, con los pájaros; se confunde con la iguana, con la música del monte, con el monte. Jamás permanece igual a sí. Es mutación, porvenir, problema, legión de espectros. Y en cuanto espectro, hace reverberar entre nosotros el asedio de su reclamo: ese siempre otro de nuestra siempre identidad sigue sin saber qué ocurrió con sus mártires. “San Javier aún no sabe dónde están esos muertos”, como afirma Dora Salteño, líder mocoví, en la obra.

El trabajo de la Sociedad de Amigos y Benefactores de las Artes de Cañada Rosquín se hace eco de esta deuda: es un redescubrimiento de las acuarelas de Paucke —en cuanto testimonio de un modo de vida otro—, de El último malón —testimonio de una violencia ejercida hacia esa vida—, pero también es plataforma para escuchar la voz de una comunidad que todavía hoy carga con una herida histórica. Es una obra mestiza. En ella, prevalece la mezcla por encima de lo idéntico. El testimonio de Dora Salteño convive con la música compuesta por La Espina y por Antonio Druetta, integrante de la Sociedad de Amigos y Benefactores de las Artes de Cañada Rosquín e interpretada por la Banda Sinfónica Comunal de Cañada Rosquín, con unos silos que se confunden con la escultura, pero también con la luthería; el cine mudo convive con tres figuras, acaso postapocalípticas, vestidas al resguardo de la violencia transgénica que todavía se ejerce sobre el territorio de Santa Fe.

Hablaba con las bestias… es, al igual que su objeto, una obra indeterminable, pura alteridad produciendo alteridad; ecosistema para lo otro, ensamble maquínico para el porvenir. Porque, quizás, ser contemporáneo se parece a habitar la historia como se habita el monte: como una agencia, como un tiempo que, contra toda profecía y contra toda evidencia, tiene vocación de futuro. “Es historia que vuelve y futuro de niños”, como cierra “Punta de lanza”, la canción compuesta por el grupo La Espina para la obra.

 

Sociedad de Benefactores y Amigos de las Artes de Cañada Rosquín, Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros, Sociedad Italiana de Cañada Rosquín, Santa Fe, abril de 2026.

11 Jun, 2026
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