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ARTE

Confío en que los temas de algunas conversaciones provienen de experiencias cercanas, casi inmediatas, pero esa conexión no aparece hasta que decidimos indagarla. Partimos de la muestra Tristes trópicos caminando con un viento que anunciaba los primeros fríos y hablamos de películas. Mencionaron o mencioné a Herzog y llegamos a su documental sobre volcanes y, finalmente, al entrañable mediometraje La Soufrière, de 1977.

Entonces, para trazar algunas líneas de lectura sobre la exposición integrada por Nora Aslan, Sebastián Camacho, Lorena Marchetti y Kirsten Mosel, casi me perfilo desde una genealogía fílmica que construye una de las imágenes más recurrentes en el imaginario social: el fin del mundo. Aunque desconozcamos con alguna precisión qué significa esa frase, qué sugerimos (hoy) con mundo o con el tantas veces pronunciado fin, las imágenes siguen profiriendo algo cercano a ese imaginario de futuro.

Pero ¿es el fin del mundo una forma del futuro? En la mirada que elabora Federico Baeza como curador de la muestra, al elegir y acomodar cuatro obras en el espacio construye una imagen del presente que se erige con un dejo de melancolía, perplejidad o nostalgia sobre la destrucción presente-futura de lo habitable. La vista desde la calle, junto con las luces (fui casi de noche), transforma la vidriera de la galería Gachi Prieto en una pantalla que muestra situaciones de materialidades diferentes pero en las que asoma una modulación común.

Como en La Soufrière, el paisaje urbano, ante la inminente erupción de un volcán, es desolado, y los animales toman el lugar de activos ocupantes de las ruinas. En Tristes trópicos el protagonista es un pavo real blanco con su cola baja. Nos da la espalda pero igual nos seduce en una fotografía de Nora Aslan. Contrapuesta y enfrentada está la obra de Lorena Marchetti, también fotografía, en la que retiene tres vistas del paisaje urbano inmóvil con una coloración entre azul-verde o sepia. Una arriba de la otra sobre la pared negra, devuelven su condición de ventana indiscreta, de altura objetiva, de espía sobreviviente.

Otras dos obras actualizan la agonía de lo urbano. Las figuras orgánicas negras de Kirsten Mosel penden desde el techo como esculturas blandas olvidadas. Son algún tótem de culto que esconde la latencia de una deidad abstracta. Y junto a ellas, una pieza de Sebastián Camacho en la que dibuja una ciudad de escombros. No advertimos lo apocalíptico hasta ver que en realidad es un calado de papel sobre un libro de actas; esos compendios de hojas que se llenan con testamentos y se transforman en escritura sagrada contemporánea: declaraciones, avisos, sentencias, sesiones, memorias. Los materiales componen la visión anímica hacia la realidad que muchas veces se transita de manera solitaria y prudente.

Como quien filmó una ciudad a punto de desaparecer, deambulamos por imágenes de espacios abandonados o gobernados por una percepción brumosa del presente. Las geografías precisas se borran en la temporalidad de las imágenes. La circunstancia de esta resultante quizás sea el montaje potenciando esta lectura, o sea la pantalla en la que se transformó la vidriera, o un discurso autónomo sobre una experiencia más o menos fugaz.

Encontramos, insistiendo en la vista-pantalla, que la recurrente imagen del fin del mundo refiere al presente, y que finalmente es la potencia de un deseo afirmativo expresado a través de una visión no tanto del espacio, sino más bien del tiempo, la que se configura en la muestra. Porque, como enunció Agamben, “la tarea original de una auténtica revolución ya no es simplemente cambiar el mundo, sino también y sobre todo cambiar el tiempo«.

 

Nora Aslan, Sebastián Camacho, Lorena Marchetti y Kirsten Mosel, Tristes trópicos, curaduría de Federico Baeza, Gachi Prieto, Buenos Aires, 6 de mayo – 16 de junio de 2016.

15 Jun, 2017
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