Inicio » ARTE » Una unidad indivisible
ARTE

Las exhibiciones son cuerpos afectados por lo que parece una terapia de acupuntura, en la que las ideas e hipótesis de los curadores funcionan como agujas que perforan las obras de arte, que a su vez reorganizan sus energías, hacen visibles sus misterios y encuentran una nueva forma de presentarse al mundo. Las terapias pueden relajar o generar más estrés; a veces una aguja en el lugar equivocado es el nacimiento de una complicación inoportuna. Los curadores son responsables por la salud de las obras de arte, como si fueran sus terapeutas o muchas veces, dealers que fomentan la adicción.

Una unidad indivisible, la exhibición curada por Gonzalo Lagos, se remite a una idea muy estudiada por el arte contemporáneo: el cuerpo y sus posibilidades como lugar de enunciación. Además de ser un conjunto de tejidos, sangre y agua, el cuerpo es motor de discursos y en ellos se puede rastrear el origen o el final de un suceso creativo. La posición de la mano de una señora indignada que pregunta dónde están las obras, copiada por Florencia Vecino y a su vez por Triana Leborans, es un arma ideológica del campo de batalla llamado “exhibición”. Ambas artistas, hermanadas por el gesto y la copia, espían el comportamiento del espectador en la sala, pequeño monstruo al que a veces el mundo del arte le presta más atención que a las obras. Habría que preguntarse qué idea de “cuerpo” fue construyendo la performance a lo largo de los años, qué discursos hicieron escuela y se siguen repitendo hasta el cansancio. ¿Puede el cuerpo escapar a lo narrativo? ¿El cuerpo se volvió una aguja oxidada que sólo pincha en los mismos lugares de siempre?

Otra que se la pasa espiando es Nina Kovensky, espiando o armando un registro precario de unos niños en el patio de una escuela, involucrándose en un determinado momento que corta con lo espontáneo y abre la boca caníbal del arte. Ahora los niños se agregan a la coreografía que propone la exhibición, atrapados en un televisor colgado en la pared. ¿Qué hubiera pasado si Nina Kovensky continuaba espiando desde las sombras? ¿Cómo se imprimen las intenciones de un artista en ese proceso llamado registro?

En el ocaso de Unidad indivisible aparecen dos artistas que oxigenan las paredes blancas de Gachi Prieto. Cervio Martini explora las líneas de su cuerpo, como un niño consciente de sus genitales y su deseo, dibujándolas sobre un material que deforma su imagen. La autorreferencia, otro discurso fetiche del arte contemporáneo, conecta la exhibición con un costado más lúdico y menos analítico. Martini logra encontrar una nueva aguja en el riesgo de volverse un verdadero deforme y no quedarse con la mera exposición de su ego regulado. Ulises Mazzuca pervierte una pared, a la espera de pervertir toda la sala y tal vez todo Villa Crespo. Sus dibujos atesoran el valor de la intuición y no son una fiel copia de todo lo que habitó la sala, acumulan distorsiones y se valen de la ingenuidad como discurso renovador.

 

Florencia Vecino, Nina Kovensky, Cervio Martini y Ulises Mazzuca, Una unidad indivisible, curaduría de Gonzalo Lagos, Galería Gachi Prieto, Buenos Aires, 7 de octubre – 18 de noviembre de 2017.

14 Dic, 2017
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