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CINE y TV

El lanzamiento en DVD de Amour (TVE, mayo de 2013), la última película de Michael Haneke, brinda una segunda oportunidad para quienes perdieron la ocasión de verla en las salas argentinas, esta vez con extras, detrás de cámara y otros anexos. Con Amour, Haneke decide actualizar la controversia que envuelve su obra haciendo a la vez alguna concesión a la industria y extremando aquello que distingue al cine: su singular elocuencia para mostrar. Ese giro hacia la especificidad exhibe al ojo, a lo largo de 127 minutos, eso que Occidente se esfuerza por sustraerle: el deterioro físico, la muerte. Y si se trata de devolver al campo de lo visible un referente siempre escamoteado, Haneke sostiene que la única manera de tener éxito es penetrando en la dimensión donde creemos encontrar lo más propio: lo privado. Por eso, el correlato físico y espacial de estas notas del sujeto no puede ser otro que la órbita cerrada de un bien inmueble. De ahí que Amour haya sido rodada casi totalmente en una sola locación. Los inconfundibles signos de un cuerpo que se extingue activan de inmediato una reacción de encierro: como si la enfermedad terminal trajera consigo una condición estigmatizante, el matrimonio de Amour se interna cada vez más en el más extremo “adentro”. Y si por acaso la exposición al otro ocurre, Georges y Anne, los protagonistas, quedan embargados por una experiencia doblemente devastadora. Por un lado, la llegada de un tercero es vivida como una intromisión que vulnera aquello que debía permanecer encriptado. Por el otro, el enfermo se asume en falta ante el visitante por haber forzado la regla que, hasta entonces, mantenía por fuera del régimen de lo decible y lo visible eso que su estado actual grita y muestra. Pero la mirada ajena también lastima porque recuerda al doliente el proceso con final anunciado que lo ha tomado sin aviso y que, contra toda evidencia, no termina de aceptar. Por eso las visitas no pueden ser percibidas sino como un acto de violencia.

Al poner frente a la cámara la agonía y la muerte, Haneke prepara el camino para una problematización ética más revulsiva aún: exhibir el largo y doloroso proceso que lleva a la finitud, y hacerlo en el territorio de una relación sentimental, se constituye en un argumento de peso a favor de la eutanasia. El umbral que empuja al marido a actuar por un “buen morir” para Anne es aquel en que el sufrimiento y el estado de salud del ser querido han llegado al punto donde quien grita y yace en la cama nada parece conservar ya de quien alguna vez fue, aunque respire. De esta manera, Haneke deja caer una tesis sobre el límite de lo humano: con el límite del cuerpo, con el límite del lenguaje; el límite mismo del sujeto acontece, incluso si lo viviente insiste. Por eso, la luz que entra por la ventana de la habitación donde Georges precipita el tránsito de Anne no muestra la cara de un asesino, sino la del amante que ha protagonizado un acto de amor y lealtad. Lo que queda es infinitamente modesto: las producciones del sueño, el recuerdo, la imaginación. Y, al final de la serie, una última astucia, siempre derrotada antes de empezar frente a tamaño rival, siempre lo suficientemente necesaria como para recomenzar la tarea imposible: el pensamiento, la ficción.

 

Amour (Austria-Francia-Alemania, 2012), guión y dirección de Michael Haneke, 127 minutos.

30 May, 2013
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