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Imágenes paganas

Sergio Cucho Constantino

CINE y TV

Hay pocas actividades más privadas que las de escuchar música. Al menos lo fue alguna vez, cuando alguien realmente se (en)cerraba en soledad a escuchar, en una ceremonia que se completaba con la vista sostenida en el arte de tapa del disco que sonaba en ese momento, en ese espacio, en esa cabeza. Quizás, entonces, esas primeras fotos que aparecen apenas avanzada la película de Sergio Cucho Constantino, con Federico Moura sentado en el piso escuchando, no sean una casualidad. El gesto sorprendido, de espaldas a la cámara, como el de quien fue vulnerado en su acto más íntimo, posiblemente confirme uno de los temas –quizás el más presente en Imágenes paganas– que plantea la película: el mundo privado de Federico. Esas instantáneas son algunas de las pocas imágenes desconocidas que aparecerán a lo largo del documental, que completa su material de archivo con recortes de medios gráficos, registros de conciertos, entrevistas a músicos y familiares (que casi siempre son la misma cosa) y la voz en off, casi de corte sobrenatural, del propio Federico. Y cuando eso sucede, cuando accedemos a esas pocas fotos (o mejor: a permitirnos imaginar algo más alrededor de esas fotos) pensamos, creemos, conocerlo un poco más. Queremos, en realidad: la ilusión del fan. Y es ese impulso y esa ilusión por entender el mundo de Federico con el que imaginamos que Constantino fue a buscar su película.

“Probaremos nuevas formas para recuperar todo este tiempo perdido”, canta Federico en una de las primeras canciones de Virus, incluida en Wadu Wadu, disco debut de 1981. Una línea de pocas palabras que resume un reto a duelo. La arrogancia de una banda que a los ojos de su contexto era extraterrestre, contra la realidad de un rock argentino que fue puesto en ridículo por la bravuconada de un grupo de pendejos insolentes. Cuando la solemnidad del jazz rock, la fiesta hippie tardía y la canción de protesta conformaban la banda sonora de un país que todavía estaba tratando de dejar atrás una realidad política nefasta, una bandita de La Plata apostaba por el baile, mientras les ponía los puntos a unos cuantos. Iban por todo: “Quiero ver mi ciudad, que levante la cabeza, que reciba el rock que estimula ondas más nuevas”. ¿No les quedó claro? Ahí va otra: “Banda chanta, ¡a callar!”, cantaban en Recrudece, su segundo disco. La provocación como forma. Y lo hacían con una propuesta estética que se arriesgaba, incluso, al repudio físico. O para ser más directo: al naranjazo hecho y derecho del festival Prima Rock, en el que Federico terminó jugando con la fruta mientras provocaba: “¡A ver si mueven un poco el culito!”. Estaban poniendo en movimiento su misión. La de Julio, Federico y Marcelo Moura, tres hermanos que luego de la desaparición de Jorge, el hermano mayor, en manos de la dictadura militar el 8 de marzo de 1977, sintieron la necesidad de unirse y producir algo juntos, como cuenta el propio Marcelo en una de las tantas entrevistas en las que se pone como voz central y autorizada. Con ayuda del resto de los músicos –algunos nostálgicos, otros resentidos–, la película pone a la vista los elementos estéticos que los hermanaban y las diferencias que se ensanchaban por el carácter y el abismo privado de Federico, ese al que le tocó ser el “distinto” (era rubio, de ojos verdes y zurdo, mientras sus hermanos eran morochos, de ojos oscuros y diestros). La provocación, el rock bailable y crudo y el discurso rebelde (se negaron a participar de un festival organizado por el gobierno en 1982: chequear la letra de “El banquete”, canción que abre Recrudece) darían paso, poco a poco, al romanticismo y el pop intimista que los haría vivir, por fin, el éxito popular. “Será que estamos perdiendo el pudor, y nos animamos a mostrar más nuestras parte sensible”. La voz es la de Federico, que revela en off la intención tras aquellos discos (Relax, Locura, Superficies de placer) en los que encontramos una canción sobre la masturbación –que todavía corean en los casamientos–, otra que da nombre a esta película (una de las más hermosas de la historia del rock argentino) y una letra de despedida (“prolongaré mi sonido azul, por los parlantes te iré a buscar”), entre muchas melodías inmortales. Parecía que empezábamos a conocer a Federico Moura. Tanto que algunos de nosotros, todavía hoy, creímos conocerlo un poco más con esas canciones, creemos que la distancia se acortó, y lo llamamos, simplemente, Federico. Como a un amigo.

 

Imágenes paganas (Argentina, 2013), dirección de Sergio Cucho Constantino, 82 minutos.

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