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CINE y TV

Los múltiples efectos violentos que Antebellum busca producir en el espectador están basados en un ánimo bien claro de agresión sensorial que sus directores no ocultan en ningún momento. Hecha esta aclaración, hay que decir que Antebellum es honestamente brutal al exhibir desde el inicio (ese ostentoso plano secuencia) sus urticantes intenciones. El objetivo primario (por lo primitivo) de explorar/explotar el lenguaje prehistórico del dolor a través de las técnicas hipermodernas del cine digital hace que la película de Bush y Renz luzca inquietantemente anacrónica tanto frente a sus pares del “terror étnico” (en el que Jordan Peele, con sus arrebatos terroríficos matizados por las tensiones sociales, parecía ostentar cierta hegemonía) como frente a sus parientes lejanos del cine “oscarizable” sobre la esclavitud, del que sobran ejemplos indigestos. Pero esa dislocación temporal es casi involuntaria, porque si los cineastas del siglo XX habían tenido en claro que el horror sólo puede medirse con la estética —es decir: sólo ella puede narrarlo—, los del XXI deben lidiar con el problema del “salto” de calidad técnica y la encrucijada moral que eso supone. Lo digital embellece (si ese tipo de embellecimiento es agradable o útil es otra discusión), y ese larguísimo plano secuencia del inicio —que parece claramente “cosido” digitalmente, aunque hoy ya no se pueda estar seguro de casi nada—, que va entrando lentamente en la plantación algodonera donde es confinada la frágil Edén en plena Guerra de Secesión, presagia lo peor, esto es, un carnaval sádico de porno-tortura, filmado con preciosismo tecnológico y filtrado por la buena conciencia del cine “social” emparentado al tema, casi en su totalidad abyecto en el sentido en que escribieron Jacques Rivette y Serge Daney sobre el tema. Que ese virtuoso plano inicial de Antebellum termine como termina no es un buen augurio, pero Bush y Renz tienen claro que el “horror racial” es, ante todo, el establecimiento de una perspectiva. Promediando el film, logran que el espectador esté del lado de las víctimas, más allá del sufrimiento gráfico en el que continúan regodeándose.

El espanto de la esclavitud no ha llegado a ser cubierto con éxito por el cine, algo que no deja de resultar paradójico si se piensa que su objeto es propio del género de terror. Casi siempre confundió contar esa pesadilla con mostrarla. Antebellum no zafa del todo de esa tara, pero tiene la audacia de albergarla, provocarle algunos accidentes sangrientos y devolvérsela al espectador para ver qué hace con ella. El camino está lleno de trampas y vueltas de tuerca argumentales, pero en los mejores momentos se ven la amenaza y el miedo hechos cuerpos, ganando fuerza en medio de ese escenario de brutalidad ritual. Quizás las aspiraciones de Bush y Renz —suponiendo, claro, que vayan más allá de la simple terapia de shock— no coincidan con la forma final del espectáculo que sirven, pero hay que decir que supieron sacarse de encima esa tradición donde manda la buena conciencia. El camino, sin embargo, aún queda por recorrer. La media hora final de Antebellum es un encadenamiento de impactos sorprendentes y un motivo último para pensar por qué el cine no ha podido, todavía, pensar mejor ese horror que toda una raza va a llevar para siempre en la sangre.

 

Antebellum (EEUU, 2020), guion y dirección de Gerard Bush y Christopher Renz, 105 minutos, disponible en Flow.

14 Ene, 2021
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