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BoJack Horseman

Raphael Bob-Waksberg

CINE y TV

¿En qué momento se arruinaron las cosas? Esa pregunta atraviesa la temporada final de BoJack Horseman, la serie de animación “para adultos” creada en 2014 por Raphael Bob-Waksberg. La sexta temporada llega con un peso dramático pocas veces explorado en un formato animado. La muerte, la fama, la depresión, la masculinidad tóxica y los traumas de la infancia son algunos de los temas en que la serie se detiene para ofrecer una visión genuina de la ambigüedad humana. Aunque se trate de un mundo donde los animales dialogan con las personas, la dimensión realista de BoJack Horseman es mucho más contundente que en algunas series que intentan hablar de la realidad. Su realismo no es forzado ni explicativo, sino un modo de pensar las relaciones sociales sin caer en el moralismo ni en el cinismo. La serie se sitúa en un espacio determinado que permite un doble movimiento. Por un lado, hace de la tragedia una experiencia humorística y, por el otro, reflexiona seriamente sobre los orígenes del sufrimiento. En ese sentido, BoJack Horseman va más allá del sarcasmo mordaz de South Park o del humor negro de Family Guy. Si bien puede ser despiadada en algunas escenas que bordean el golpe bajo, se toma el trabajo de entender lo que hay detrás del chiste. No es una risa vacía la de BoJack: es un intento de salir del dolor.

La otra gran serie de este tiempo es Rick & Morty, creada en 2013 por Justin Roiland y Dan Harmon. Nacida del universo Adult Swim, se trata de una sitcom de ciencia ficción que indaga en comportamientos humanos, realidades paralelas y otras dimensiones. Su visión ambiciosa se nutre de información científica, elementos históricos y delirios intergalácticos. Hay puntos de contacto entre Rick Sanchez, el cínico científico alcohólico, y BoJack Horseman, el atormentado actor alcohólico. A pesar de la inteligencia de uno y la fama del otro, ninguno puede ser feliz. La gran diferencia de la series es la clase de pesimismo que proponen. Rick & Morty plantea una suerte de negatividad cósmica que se apoya en una noción relativizadora: el universo es indiferente. Nada es tan importante si pensamos que somos átomos flotando en el espacio. Por el contrario, BoJack Horseman sostiene una ética existencialista (no es casual que Sartre sea mencionado en la serie). Todo lo que el autoindulgente caballo atraviesa parece redundar en una idea: somos víctimas de nuestras decisiones. No hay universo que nos ayude cuando sentimos la angustia de no haber hecho lo que podíamos. Eso es lo que sabe BoJack, una especie de Don Draper contemporáneo, errático, culposo, violento y también compasivo, en busca de alguna forma de redención.

En el sexto capítulo de la última temporada, BoJack tiene un ataque de ira que, en pocas líneas, define su personalidad: “Heredé de mis padres un odio a mí mismo asimilado. Así que mi cuerpo de caballo es una prisión sin escapatoria. Se manifiesta en mi pésimo comportamiento porque inconscientemente creo que merezco un castigo, pero al ser famoso nunca me castigan, entonces me comporto aún peor. Y dado que este patrón está tan ligado a mi identidad, me resulta insondable que alguna vez pueda frenarlo, entonces, bebo”. Lo novedoso en BoJack Horseman no es la reafirmación de un malestar como rasgo estético, sino la voluntad del personaje de ser alguien diferente. La serie más humana de nuestra época la protagoniza un caballo.

 

Bojack Horseman, creada por Raphael Bob-Waksberg, 6 temporadas, Netflix, 2014-2020.

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