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El otro lado del éxito

Olivier Assayas

CINE y TV

Olivier Assayas está (o parece estar) siempre orgulloso de las huellas y señales que cada una de sus películas deja en el camino hacia nosotros. Ninguna de ellas puede pensarse al margen de la nouvelle vague, de los modos de ver y los encontronazos que produjo, pero, al mismo tiempo, resultan tan propias de su época que la filiación cahierista que lo hermana a Truffaut y a Rivette filtra y modifica las expectativas de encontrar algo parecido al clasicismo. Para Assayas, filmar el acto de hacer cine no es sólo hacer aparecer un mecanismo, sino, sobre todo, reinventar la historia misma de ese prodigio. María Enders (Juliette Binoche) es una actriz que, al iniciarse la película, viaja en tren para asistir a un homenaje al director al que le debe todo. En su lugar, encuentra un funeral y una propuesta para reinventar su carrera. Le ofrecen volver a las tablas ya no para interpretar a la joven que seduce a su jefa en la oficina, sino para espejear en el tiempo esa relación e interpretar ahora, muchos años después, a la víctima. Assayas ve (es decir, filma) a esa mujer —y con ella, al personaje ficticio que ha mirado por sobre su hombro a lo largo de toda una vida— con la tersura y el cuidado que sólo se prodiga a esos seres desacomodados, flotantes, que parecen existir en una realidad paralela desde la que piensan el futuro con fuerza únicamente para acallar el grito sordo y constante del pasado. Pero al mismo tiempo nos indica con sutileza que no es así como nosotros debemos verla. María esconde mal su ánimo, trata de adornar el dibujo desparejo que empieza a trazar su propia carrera lastimada en el corrimiento hacia el retiro, y nosotros, junto con Valentine, su asistente (extraordinaria Kristen Stewart), vemos ese paso al costado así como se vislumbran los movimientos fugaces de un alma que no ha aprendido a distraer la soledad. El amor —por otra persona, por el arte, por los lugares o las cosas— no es más que una colección de esfuerzos desesperados, nos dice Assayas, un sacudimiento constante de apariencias, mentiras y equivocaciones, ninguna de las cuales requiere del contacto real de los cuerpos para consolidarse en el mundo hipercomunicado de hoy. Desde Demonlover (2002) para acá, los personajes de Assayas viven aislados entre mamparas de acrílico, se pelean y discuten con teléfonos y pantallas digitales como si la confianza y la callada elocuencia de aquella nouvelle vague primitiva hubiera dado un salto hacia el futuro, pero conservando la inercia del ánimo fatal e imposible que le dio lugar. Se cambia yéndose lejos para volver a estar igual, parece pensar María mientras observa las nubes de Sils Maria filmadas por el geólogo y cineasta Arnold Fanck. Como espectadores a los que Assayas invita a ese duelo imposible pidiéndonos antes que los protagonistas no se den cuenta de nuestra presencia (así de elegante, precisa y pudorosa es su manera de filmar), sabemos que son pocos los cineastas que hoy en día pueden ensayar sobre lo perdido transformándolo en un intercambio de fantasmas, y al mismo tiempo confirmamos que el creador de Irma Vep (1996) y Los destinos sentimentales (2000) es una especie de delicado especialista en hacerlo. Con eso alcanza, creemos, para afirmar que el de Olivier Assayas es uno de los veinte, treinta nombres insoslayables del cine contemporáneo.

 

El otro lado del éxito (Francia, Suiza y Alemania, 2014), guión y dirección de Olivier Assayas, 124 minutos.

30 Jul, 2015
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