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Pin de fartie

Alejo Moguillansky

CINE y TV

Necesitaba volver a ver el fragmento de Pin de fartie (que había visto cinco o seis veces) donde el personaje de Alejo Moguillansky narra cómo se dio cuenta de que el autor de la frase tatuada en el brazo de su supuesto sosías (“Ever tried. Ever failed. No matter. Try again. Fail again. Fail better”) era el mismo del libro que estaban leyendo con su madre. De ese cruce casual nace una secuencia luminosa (a pesar de la oscuridad); a mi entender, una de las más conmovedoras que se hayan filmado en el cine argentino. Comienza a sonar la guitarra y Moguillansky lee el inicio de Rumbo a peor, en inglés, con el Gaumont, el Congreso, la pobreza y Silvia Prieto como protagonistas, mientras la narradora (y codirectora), Luciana Acuña, traduce: “Aún. Decir aún. Que se diga aún. De algún modo, aún. Que se diga de ningún modo, aún. Decir que sea dicho. Mal dicho. Decir porque se ha dicho mal. Decir un cuerpo. Donde nada. Sin pensar. Donde nada. Al menos eso. Un lugar. Donde nada. Para el cuerpo. Estar ahí. Irse ahí. Salir ahí. Volver ahí. No. Ahí no. No volver. Solo ahí. Seguir ahí. Ahí, ahí. Seguir. Todo lo de antes. Nada más. Antes. Intentar. Fallar. No importa. Intentar de nuevo. Fallar de nuevo. Fallar mejor”.

Pin de fartie es el intento de filmar un libro o filmar con el libro (una obra de teatro). O más certeramente, desarmarlo y rearmarlo. En una palabra, reescribir en lenguaje cinematográfico Fin de partida (1957), de Samuel Beckett. La operación recuerda el viejo propósito de Alexander Kluge, recientemente fallecido, de filmar El capital. En estas tensiones e intenciones, entre escribir y filmar, permanecer y variar, actuar y vivir, la película de Alejo Moguillansky reafirma su linaje: El Pampero cine pura cepa, aunque en El Pampero nada sea puro y todo lo filmado nazca corroído por repeticiones, versiones y variaciones, y también por el presente de lo real. Y el presente argentino es una especie de infierno (“unidos en lo peor”), que explica otro de los anagramas del título, Fin de patrie, el final de la patria tal como la conocíamos.

Pin de fartie cuenta tres versiones de la pieza teatral casi homónima, o cuatro, porque la narradora y el músico están incluidos en las parejas. Un ciego y una niña (Santiago Gobernori y Cleo Moguillansky) discuten sobre la vida. Dos actores (Laura Paredes y Marcos Ferrante) ensayan una obra de teatro. La madre (Margarita Fernández, con un aspecto llamativamente parecido a Beckett) y el hijo tocan Claro de luna y leen la obra del autor irlandés. Y, en la miseria absoluta, otro hombre y otra mujer apenas sobreviven.

En la mayor parte de las escenas el énfasis recae sobre la construcción de espacios: la casa, el pueblito de Suiza, el paisaje alrededor del lago Lemán; el departamento, la calle, la Plaza Congreso, el cine Gaumont; la sala de ensayos; el contenedor. Como si la topografía marcara la diferencia elemental entre el cine y la literatura. Un ejemplo. El ciego le pide a la niña que lo coloque en el medio del muelle para sacarse una foto. En el drama de Beckett, el hombre indica que lo mueva hacia la izquierda, luego a la derecha, pero en la película, dice: un poquito para allá, un poquito para acá, sin necesidad de aclarar verbalmente adónde apunta el gesto, porque lo estamos viendo.

La relación de Moguillansky con Beckett viene de larga data. En 2009, el director usó fragmentos de Murphy para Castro, pero sobre todo, empleó cierto mecanismo básico del policial, la idea de alguien que huye y otros lo persiguen, y nadie sabe muy bien por qué ocupa el lugar que ocupa, algo cercano a la puesta en escena de su última película.

En Pin de fartie, la repetición se vuelve sintaxis, no alejada de la sintaxis del país, empeñado en repetir viejos dolores. La película de Moguillansky parece narrada desde las ruinas de un mundo terminado, aunque nadie se resigne a aceptarlo.

 

Pin de fartie (Argentina, 2025), guion de Alejo Moguillansky, Luciana Acuña y Mariano Llinás, dirección de Alejo Moguillansky y Luciana Acuña, 106 minutos.

11 Jun, 2026
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