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CINE y TV

Cuando Alfred Hitchcock realizaba una película insatisfactoria —se lo dijo a François Truffaut—, en su siguiente proyecto aplicaba el concepto de run for cover (buscar refugio). Esto significaba volver a sus temas clásicos, a las fórmulas que mejor le habían funcionado. Pedro Almodóvar, luego de la fallida Los amantes pasajeros (fallida en calidad y crítica, no en cuanto a recaudación) siguió el mismo camino, realizando un film en el terreno donde pisa más firme: el melodrama.

Julieta es la historia de una madre que intenta encontrar a su hija, a la que no ve hace doce años, pero antes de hacerlo necesita revivir toda su historia, de la que ha querido escapar. Este no es, sin embargo, un melodrama convencional, pues la pasión, la intensidad y la desmesura no las dan los actores con su interpretación (muy contenida), sino que se establecen desde la dirección. En principio, hay un particular uso del encuadre y las distancias focales. La opresión y el agobio no los representan las actrices sino que están signados por encuadres en su gran mayoría cerrados y con teleobjetivo (ese mismo agobio con el que Julieta describe el empapelado de su departamento en Madrid). Casi no hay planos generales en toda la película, y los pocos que se insertan están filmados también con este lente y no con grandes angulares, como suele acostumbrarse. Los personajes están, por lo tanto, abstraídos de su entorno, se mantienen fuera del mundo, inmersos en sus penas y sus amores, ajenos a todo.

El otro elemento crucial de la puesta en escena es el color, cuyo uso expresivo es ya una marca de autor. Dos colores sobresalen del resto: el azul y el rojo, que identificarán a Xoan y a Julieta respectivamente, trocando cuando están juntos. El amarillo aparece compensando, formando la paleta tríptica de Joan Miró, reforzando la españolidad que se aprecia en los afiches, que resaltan, a su vez, los colores de su bandera.

En cuanto al guión, hay una construcción por demás racional, como una pieza de relojería. Muchos elementos se repiten dos (en general) o más veces en distintos momentos y personajes: el amor a partir de la muerte, el cuidado del ser querido, la comunicación por carta, los nombres, las muertes y los suicidios. Sin embargo, en ningún momento esta planificación ahoga el drama y la naturalidad. Tanto la dirección de actores —mucho más sobria que la de sus películas precedentes— como los demás elementos de la puesta en escena vehiculizan ese guión haciéndolo carne, viviéndolo, no sólo transitándolo.

Sin las grandes estrellas de sus últimos films (Gael García Bernal, Antonio Banderas, Carmen Maura, Penélope Cruz), Almodóvar ha logrado una obra con gran fuerza dramática, desenfrenada pero a la vez calculada, perfecta. Si bien dijimos que es su vuelta a un terreno conocido, no se conforma con hacer una película más, con sus marcas autorales conocidas y sus temáticas recurrentes; por el contrario, toma esos elementos para llevarlos a otra dimensión, a una nueva forma de entender el melodrama y a una resignificación de su cine.

 

Julieta (España, 2016), guión y dirección de Pedro Almodóvar, 96 minutos.

11 Ago, 2016
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