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Mil galletitas

Diego Tomasi

LITERATURA ARGENTINA

Las vidas de los hombres están llenas de odiseas sin importancia, de esfuerzos diminutos y cotidianos cuya trascendencia es necesariamente un misterio, un espejismo siempre al borde de la disolución. Comer mil galletitas en veinticuatro horas puede ser uno de esos misterios. Escribir una novela, a su modo, también.

Historia que anida otra, que rodea la segunda trama para que crezca y termine invadiendo a la primera, Mil galletitas se monta sobre la idea de que la vida es un juego al que nadie (o casi nadie) está prestando atención. Un juego tan inútil como cargado de propósito, desplegado sobre la rutina diaria para ignorar y al mismo tiempo señalar que lo único que tenemos es este tiempo indeterminado que corre entre el nacimiento y la muerte. No es casual que los dos personajes principales de la novela sean un viejo y un chico. Emilio Aráoz emprende la gesta de escribir en una semana la historia de la gesta de Nahuel: comer en un día, por razones que afortunadamente la trama no subraya, las mil galletitas del título. A uno lo persigue el sinsentido de la muerte; al otro, el sinsentido de toda una vida por delante.

Con un humor que no cansa y la premisa de no caer nunca en la solemnidad, esta primera novela de Diego Tomasi se estira sobre la brevedad de las cosas para hacerlas, justamente, menos breves. La influencia visible es Cortázar, presencia que se advierte desde el vamos en la propia biografía del autor, que publicó en 2013 una investigación sobre la relación entre Cortázar y Buenos Aires. En Mil galletitas hay mucho de libros como Historias de cronopios y de famas y Los autonautas de la cosmopista, sobre los que Tomasi trabaja para destilar una cadencia y un tono propios.

Lo único que tal vez pueda objetarse a Mil galletitas es menos una objeción a la obra en sí que a buena parte de la oferta editorial argentina de estos tiempos. La novela de Tomasi es un relato lineal, con pocos personajes, sin subtramas. El libro físico apenas supera el centenar de páginas y tiene un tamaño de fuente grande y muchos espacios en blanco. Como pasa con las obras de otros escritores actuales (varias de ellas muy conocidas y celebradas), es posible que algún lector sienta que el relato que tiene en sus manos es insuficiente, que tal vez la experiencia de lectura se hubiera enriquecido si ese relato tan bien escrito hubiera estado acompañado por otros textos que dieran una noción más acabada del universo de su autor.

 

Diego Tomasi, Mil galletitas, Hojas del Sur, 2016, 127 págs.

11 Ago, 2016
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