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Ana Sokol. Su primera retrospectiva

Paola Vega

ARTE

El día que Ana Sokol tuvo su primera retrospectiva en Buenos Aires diluvió. Sokol llevaba muerta veintisiete años y para la Historia del Arte Argentino con mayúsculas nunca había terminado de nacer. Salvo escasas excepciones —como la mención de Manuel Mujica Láinez en el fascículo dedicado a la pintura ingenua en Argentina en el arte, de editorial Viscontea, que incluía un “Pequeño diccionario” donde pasaba revista de los artistas cultores de la gracia cándida y las fantasías pigmeas, como Casimiro Domingo, Valerio Ledesma, Susana Aguirre y él mismo, entre otros—, la obra de Sokol no fue bendecida por la crítica.

Tras una búsqueda de dos años, exhaustiva hasta lo insólito, que la llevó a tender redes entre coleccionistas, artistas fans y herederos desprevenidos, la artista y licenciada en Historia Paola Vega logró reunir una veintena de obras de Sokol en la galería Formosa del barrio de Colegiales. De Sokol se sabe que nació en Ucrania en 1902, que tuvo tifus a los diez años, que se casó, que vino a Buenos Aires en 1922 y que aquí estudió “el arte peluqueril” (dixit Manucho). Que frecuentó El Taller, galería de arte naíf comandada por Leonor Vassena, Nini Gómez Errázuriz de Paz y Niní Rivero. En 1935 Sokol logra hacerse de un local propio en el barrio de Monserrat, instala su peluquería y ocupa el tiempo ocioso bordando, tejiendo alfombras, inventando flores de papel. Pintando. Así, la peluquería se transforma en su showroom, donde se desparraman y apretujan los recuerdos de Ucrania, los relatos bíblicos, los rituales de un vecindario visto con ojos de niño que sabe que una mesa tiene cuatro patas y hay que mostrarlas todas a la vez, sin disimulo.

Teatros afectivos de pisos superpuestos, a la manera de un Wes Anderson low tech, ventanitas donde asoman personajes en clave ícono ruso o marioneta de papel maché, estampados de casa de señora, diseños de geometría titubeante, empapelados con motivos vegetales y vegetación que en su resolución planimétrica se vuelve empapelado; en la pintura de Sokol se acumula la cotidianeidad fabulada. Cuando Sokol administra vínculos entre personajes, los hace posar hieráticos, ornamentales, y refuerza así la dimensión simbólica de la acción. Las manos son garras de animal feroz convertido en mascota inofensiva, los peinados encajan mal, como pelucas heredadas de cabezas no compatibles. Con una factura casi brutal —no confundir con descuidada, jamás desganada—, Sokol se da a la tarea de pergeñar con sus pinceles lo más bonito del mundo. Pero algo pasa en el trayecto entre el imaginario de lo bonito, de lo feliz, y su plasmación, algo falla. Un rostro en su exceso de maquillaje se vuelve máscara, un gato se vuelve enano disfrazado. Y aquí radica, para el que gusta apreciar fuera de los cánones de la solemnidad, lo más abrumadoramente encantador de la pintura llamada ingenua: el rematado fracaso de la belleza. La suspensión de todo juicio, sea moral o paternalista, sobre aquello que se mira. La pintura de Sokol se detiene un paso antes de la caricatura, esquiva el academicismo, incluso el academicismo del arte naíf. No es la aplicación de una fórmula a rajatabla, un compendio de exageraciones de rasgos programático. Es el reino de la torpeza cándida, exenta de ironía, guiada por las reglas de la visión sentimental y la memoria emotiva, la misma que llevaba a Chagall a hacer danzar cabras azules sobre los tejados de su pueblo. Sokol se aplica a la descripción del labrado de una reja sin ocultar el esfuerzo de la recreación. Y hace de ese esfuerzo una gracia.

Hay diversas formas del rescate, del subrayado de genealogías y parentescos; podría hablarse de una ética de la mirada del artista contemporáneo hacia sus predecesores. Se trata ni más ni menos que de ejercicios de poder, y los hay más o menos arrogantes, más o menos narcisistas, más o menos generosos. En este amplio arco de estrategias, podemos situar la de Paola Vega entre las que conciben la apropiación como un acto de homenaje. La admiración como un compromiso militante. Paola Vega oficia de dilecta anfitriona, la fiesta es de Sokol.

 

Paola Vega, Ana Sokol, su primera retrospectiva, galería Formosa, Buenos Aires, 2 de julio – 2 de septiembre de 2016.

11 Ago, 2016
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