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Que el dinero es al cine lo que el óleo a la pintura —su materia, condición y límite— no es asunto nuevo. Pero es claro que las películas argentinas sobre el dinero tienen algo de fetiche y de arqueología inmediata, pues las cifras quedan viejas al año, o incluso a los seis meses del rodaje. La noche está marchándose ya, de Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini, filmada durante 2024, camina en puntas de pie entre un presente urgente de crisis económica y el arcaísmo del billete chico y del Cineclub Municipal Hugo del Carril, un gran edificio cordobés dedicado todavía a proyectar películas en fílmico. La primera imagen es el conteo de trescientos cincuenta mil pesos para un alquiler y una de las imágenes de los minutos finales es otro conteo, ahora de vuelto, con billetes de cien, cincuenta y veinte. En el medio, de mano en mano, se cuenta dinero papel a lo largo de toda la película, se revenden libros de cine para comprar comida y se sobrevive en común, con cerveza de litro y sanguchitos.
Pelu (Octavio Bertone), proyeccionista del Cineclub Municipal, queda del lado del recorte cuando la administración decide ahorrar uno de sus dos puestos de cabina y le ofrece como consuelo el turno de sereno nocturno, una cortesía de la degradación que acepta incluso con un sueldo miserable. Al principio aprovecha la soledad de la sala para ver películas. Después, desalojado de su casa, instala una cama detrás de la pantalla y transforma el edificio en una vivienda clandestina, un barco inmóvil al que pronto se suben otros tripulantes nocturnos sin lugar donde dormir.
En esa soledad habitada por imágenes, la gracia de la tonada cordobesa convive con largos silencios parsimoniosos, un blanco y negro por momentos expresionista, baladas románticas de feliz e injustificada irrupción —el título es un verso de “¿Qué pasará mañana?”, de José Luis Perales— y un humor sobrio que confía en la duración real de las cosas, como el jefe que, mientras le anuncia el despido, alcanza a comerse dos sanguchitos de miga completos.
Un proyeccionista que se vuelve sereno es alguien obligado a ocupar el tiempo, a volverse un recipiente casi vacío de psicología para que, en la trasnoche de vigía, lo atraviesen las imágenes en movimiento. Ya no las historias del cine, ni la fraternidad de la narración, mucho menos la erudición sobre directores o movimientos cinematográficos, sino apenas sus tonos, sus latencias oníricas. ¿Puede la banda sonora de una película de piratas transformar las sogas y las vigas de un cineclub municipal en mástiles y nudos náuticos? En la noche de La noche está marchándose ya, sí. La disponibilidad rejtmaniana, maniatada por la malaria económica e incapaz por eso de salir a buscar agencia o aventura, se repliega sobre una forma de apertura retiniana.
Que el film transcurra casi todo de madrugada, dentro de un cine monumental y antiguo, permite contaminar las escenas con climas policiales y derivas de un suspenso casi hitchcockiano —se proyecta, claro, The Wrong Man (Alfred Hitchcock, 1956)—, cuando en realidad nada misterioso ni amenazante ocurre en el plano argumental, salvo la falta de dinero. Lo que hay son personajes plebeyos, caídos del sistema, que apenas se ganan el pan y aun así no llegan a pagarse un pernocte. Por eso está el cine, dentro del cine, como techo generoso para los sin techo y ritual popular del sueño.
Ser cinéfilo, en ese mundo, consiste menos en saber de cine que en quedar abierto a sus pasiones e idiomas, a sus códigos secretos, a una manera nueva de tocar las cosas ordinarias después de cada función. Salinas y Sonzini filman ese derrame. Pelu ve solo, y luego acompañado, Los tallos amargos (Fernando Ayala, 1956), Wake of the Red Witch (Edward Ludwig, 1948), Une partie de campagne (Jean Renoir, 1936), Un dollaro bucato (Giorgio Ferroni, 1965) y Ohayō (Yasujirō Ozu, 1959). Cada proyección deja en ellos una temperatura distinta, desde los sentimientos desproporcionados de una aventura romántica con John Wayne hasta la superstición visual de un noir argentino.
El cineclub llega a disponerse incluso como hotel transitorio cuando Pelu le alquila la sala a Vale (Juana Oviedo), una amiga que necesita producir contenido erótico para mantenerse al día con sus seguidores de OnlyFans. Mientras ella se graba teniendo sexo con un tipo, él intenta apartarse, no escuchar, pero el edificio lo aprisiona y convierte el eco de los gemidos en una espléndida pesadilla sexual de pasillos oscuros y planos aberrados, al mejor e innegable estilo de El tercer hombre (Carol Reed, 1949).
La película, no obstante, sigue hablando de dinero, porque todo allí, incluido el deseo, pasa por alguna forma de representación económica y ansiedad mimética. Vale gana dos mil dólares con sus videos, a Pelu le pagan doscientos cincuenta mil pesos por cuidar la sala todas las noches, y hasta su nuevo amigo, el trapito que limpia parabrisas y vive en la calle, puede ganar más que él, cuarenta mil pesos en días de partido. Pero esa desigualdad no se vuelve envidia ni conflicto, porque el gran ordenador del universo, insiste la película, es el cine —su territorio más que su consumo cultural—, como manera de hacer pasar el tiempo y dichoso aparato de desidentificación.
Más adelante, los directores llevan la tensión sexual hacia una secuencia más arriesgada, no exenta de iconoclastia ritual. Mientras Vale transmite sola un nuevo video desde la sala del cineclub, Pelu la espía detrás de la pantalla. El voyeurismo, sabemos, es otro clásico del séptimo arte y, casi como el dinero, una de sus condiciones de posibilidad. Pero Salinas y Sonzini hacen algo más extraño que mirar un cuerpo ofrecido a la mirada, pues convierten un vivo erótico (o directamente pornográfico), pensado para la ansiedad vertical y monetizada de una plataforma, en una auténtica escena hecha de fragmentos e inclinaciones, deseo postergado, juegos de luces y sobreimpresiones, ese recurso de montaje tristemente cada vez más escaso.
La gran audacia está en construir una secuencia narrativa y profundamente cinematográfica alrededor de una situación contemporánea nacida, en principio, contra el cine. Lo que en realidad se está marchando, parece decir La noche está marchándose ya, son las salas de cine. Y hay que recuperarlas ya.
La noche está marchándose ya (Argentina, 2025), guion y dirección de Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini, 105 minutos.
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