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Desde hace ya un tiempo me intereso por los libros extraños. Tal interés es resultado de cierto rechazo ante la pecaminosidad consumada de la literatura que, a medida que pierde lectores, extrañamente se vuelve más simple y ramplona. Son pocos, es cierto, pero los libros raros son buenos. ¿Cómo detectarlos? Aira dice que deslumbran como el brillo de una gema en lo trivial de lo claro. El libro raro tiene entonces un tono, un aire insólito que irradia distinción. Es cierto que pide atender a él como puede pedirlo un excéntrico, pero bien vale la pena, y hay veces que hasta nos enseña a leer de nuevo. También es cierto que toda profesión de rareza llama a una sensibilidad electiva. El libro raro busca a su lector, el lector no lo elige. Hay ahí un misterio que uno no sabe bien por dónde comienza. El trabajo de Rimbaud es un caso de esos. Tal vez su misterio comience por el título.
En 1871 el desastre de la guerra franco-prusiana desemboca en lo que se conoce como la Comuna de París. El levantamiento ante el reinado de Napoleón III tiene protagonistas tan disímiles como los mártires de las barricadas, el revolucionario Auguste Blanqui, Louise Michel, un yerno de Marx, Víctor Hugo y el joven Rimbaud que intenta llegar a la ciudad. Como a todo acontecimiento, la potencia de lo nuevo lo vuelve único. Bastante tiempo después, el poeta Bernard Noël escribe su Dictionnaire de la Commune. Mucho después, Ezequiel Alemian encuentra su primer tomo en una librería y se pregunta, con una ingenuidad brillante, “¿cómo habrá hecho Nöel este diccionario?”. La pregunta apunta al estatuto de cómo contar lo extraordinario, cuando, justamente, lo extraordinario tiene que tener un lenguaje del futuro, lenguaje que, para Rimbaud, se correspondía con la poesía. Traduciendo algunas entradas, dando rienda suelta a su propio extrañamiento que, por momentos, se monta bajo la forma de entradas de un diario de lectura, Alemian señala que “un diccionario es un relato sin cabeza. Una novela afásica”. Por supuesto, no inventa nada, la rareza es propia de Noël, a quien cita: “Su composición desmonta el mismo relato que alimenta. Es un texto sin jerarquías y plural. Los hechos se deshacen, remiten a la cantera originaria que niega la historia como un monumento terminado”. A partir de ahí la deriva del texto de Alemian es simplemente fascinante. Aquí, otra vez lo que resuena es la poesía.
Alemian trama en sus anotaciones una poética de la vacilación que hace temblar la forma más acabada de la objetividad, acaso la que fabula contar la positividad misma de lo que se le ofrece: la historia. La pregunta que se hace, referida no sólo a cómo contar, sino también a la materia misma de lo que se cuenta —“cifras, sistemas, estructuras”— resuena más actual que nunca: “¿Cómo dar cuenta de eso que apenas comienza a suceder, que todavía no ha sucedido y que parece incluso estar dejando de suceder?”. La respuesta es la figura de Noël, quien “camina entre los restos de la Comuna demorándose en el estudio de las ruinas. Sigue rastros que se pierden”. En esa deriva, el lenguaje, que el diccionario cristaliza en la ficción de sus “entradas”, tiene “más de desvío que de coincidencia”. El desvío, la digresión, es el despuntar del futuro. Otra vez: de nuevo la poesía, el trabajo de Rimbaud.
El ensayo de Alemian cruza el nacimiento del trabajo poético con la muerte misma de lo utópico, ya que es Rimbaud quien dice, en su célebre carta en la que se declara vidente, “un día, espero, veré la poesía objetiva. Seré un trabajador”. Está claro que la herencia de la revuelta, siempre poética, siempre en tensión con la novela-estado, pervive en palabras como las siguientes: “En poesía la lengua no existe. Es una lengua que existió, pero que no existe más. O es una lengua que tal vez vaya a existir, pero que todavía no existe”. Mientras la estupidez del mundo se agiganta, al leer este libro hay esperanza en esa lengua por venir.
Ezequiel Alemian, El trabajo de Rimbaud, Nube Negra, 2026, 128 págs.
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