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The Crown

Peter Morgan

CINE y TV

Ser joven todavía era un incordio, una molestia pasajera, cuando Isabel II asumió el trono de Inglaterra a los veinticinco años. Las secuelas de la Segunda Guerra seguían afectando la vida cotidiana y faltaba casi una década para que Londres se convirtiera en el epicentro de la revolución cultural juvenil de los sesenta. The Crown, la nueva serie de Netflix (cuyo regio presupuesto superó los cien millones de dólares), cuenta en trece episodios el ascenso a la corona de la veinteañera Isabel en ese período de transición entre dos mundos, en una época en que la decadencia del imperio británico parecía reflejarse en el ocaso de su propia institución monárquica.

La narración va y viene para contarnos también otras historias: la del tío, el rey Eduardo VIII, que pocos años antes abdicaba al trono tras proponerle matrimonio a una norteamericana divorciada y desencadenaba con ese gesto “romántico” una crisis institucional casi tan grave como la guerra; la del padre, Jorge VI, un hombre tímido que se convierte en rey a la fuerza; la de los últimos años de un Winston Churchill achacoso al frente del partido conservador. Con un manejo virtuoso del punto de vista y sin recurrir a la corrección política ni al amarillismo (los dos extremos que el tema podría haber suscitado), la serie muestra el camino que debe seguir la reina (Claire Foy), una joven sin carisma ni educación formal, para volverse invisible y fundirse con la institución a la que representa, al punto de convertirse en simulacro de sí misma. Después del escándalo de su tío, Isabel no puede darse el lujo de resaltar, de brillar, ni siquiera de tener una personalidad demasiado fuerte. En el contexto de un imperio que se desintegra, la obligación de la corona es acompañar las decisiones del gobierno, aunque eso signifique asumir la tarea de no intervenir. “Lo más difícil de todo es no hacer nada”, le dice su abuela a la reina en un rapto de lucidez institucional. Así es que la gran pregunta por la función de la monarquía en el siglo XX está latente todo el tiempo aunque nunca se la pronuncie abiertamente, y todos los personajes, desde la familia real hasta los asesores del palacio, los políticos o los periodistas, tienen su propia opinión al respecto. En el personaje de Felipe (Matt Smith), el ocioso consorte real, los guionistas encuentran la excusa ideal para dar voz a los cuestionamientos acerca del absurdo y la obsolescencia de la monarquía. Felipe es el contrapunto de la mirada oficial y su función es la del bufón: aparentemente inútil pero siempre incisivo, se burla de todos desde adentro y funciona como un guiño hacia la audiencia cuando señala lo anquilosado de la institución a la que él mismo pertenece.

Cada capítulo de The Crown tiene un arco narrativo perfecto: un retrato de Churchill, la gran niebla de Londres de 1952, los orígenes de la prensa amarilla o la falta de educación de la reina ponen en marcha un relato que —por suerte— no intenta agregarle épica a una historia que no la necesita.

 

The Crown, creada por Peter Morgan, Left Bank Pictures / Netflix, 13 episodios, 2016.

 

23 Mar, 2017
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