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CINE y TV

Según su director, Tyrel es la explicación narrativa de su último plano: una selfie en la que se ve a un grupo de amigos celebrando un cumpleaños en una casa de campo en las afueras de Nueva York —todos hombres, todos medio borrachos—. Una selfie cualquiera, que no convocaría explicaciones, si no fuera porque el protagonista, que sostiene la cámara y queda en primer plano, es el único hombre negro del grupo.

Como una primera impresión prejuiciosa sugeriría, si fuera esta la primera imagen que el espectador viera de la película y no la última, ese hombre negro no es parte del grupo. Ha venido invitado por su amigo Johnny para pasar un fin de semana de invierno de camaradería masculina (o male bonding, categoría favorita de los estudios culturales). Aunque es espontáneamente bien recibido por todos, de inmediato se presentan equívocos que acentúan su carácter de forastero, de sapo de otro pozo. Por ejemplo, la deformación de su nombre en las presentaciones —uno de los amigos lo llama “Tyrel” en vez de “Tyler”, metátesis que vuelve el nombre más afroamericano, más exótico y predecible, más “adecuado” al color de piel del personaje—. Las anécdotas que se hilvanan en el relato de los dos días que llevan a la selfie son las comunes en el subgénero —borracheras, trasnochadas, caminatas nocturnas por el campo, juegos sociales y físicos, peleas—, pero están todas dominadas por la tensión que bien anuncia el eslogan del afiche: “Cuando sos el único”. Así, le piden a Tyler que hable con “acento negro”, un personaje cree conocerlo de antes y probablemente lo confunde con otro amigo negro de Johnny, lo acusan discretamente de haberse tomado todo el licor que habían preparado para la caminata.

La manipulación de esta tensión es lo que hace de Tyrel la mejor de toda la tanda de películas que en estos últimos años, los años de Black Lives Matter, han denunciado, pensado o meramente hablado sobre conflictos raciales —el director se inclina más bien por esta última opción, cuando dice que esta es su contribución al race talk—. Los mecanismos de la tensión provienen, por un lado, del mundo de las noticias. Sabemos que no puede terminar bien una discusión con implicaciones discriminatorias in crescendo o que un hombre negro ande solo, de noche, merodeando casas de fin de semana en un contexto rural, donde abundan las armas. Pero, por otro lado y principalmente, provienen de este cine “que habla de raza”, casi un nuevo género. Las referencias más obvias y recurrentes —desde la locación de “película de terror” a la curiosidad casi impertinente con que interrogan a Tyler los personajes blancos— apuntan a Get Out (2017) de Jordan Peele, lo que se refuerza con una coincidencia de elenco (Caleb Landry Jones). Sin embargo, esta tensión omnipresente, que subyace en casi cada plano de la película, es también una tensión que nunca estalla, que queda magníficamente irresuelta, en un gesto a mitad de camino entre la ironía y la más estricta mímesis.

Sebastián Silva, chileno radicado en Brooklyn, cobró notoriedad hace diez años con La nana, una comedia con toques de humor negro que retrata sin demasiadas contemplaciones la rigidez de la clase media-alta chilena. Luego se ha especializado en películas que reflexionan, casi como pequeños experimentos sociales, sobre la confrontación de lo diferente. En 2013, el díptico de road movies Magic Magic y Crystal Fairy and the Magical Cactus lo hacía insertando personajes estadounidenses en geografías y experiencias chilenas. Nasty Baby (2015) lo pensaba en términos de gentrificación y, al contar con cinismo el destino del último habitante negro de un barrio de Brooklyn, podría también pensarse como un díptico con Tyrel. Silva, muy consciente de estar interviniendo en estos debates desde afuera, se pregunta por su autoridad, como director no negro, para tocar el tema. Pero parece ser justamente esa alteridad, esa mirada lateral y casi extemporánea sobre las dinámicas raciales de la sociedad estadounidense, lo que le garantiza —como a los artistas exiliados que se ocupan de su nueva comunidad— la habilidad de hacer un diagnóstico implacable, con un discurso filoso, que expone una realidad incómoda sin pedir permiso o disculpas.

 

Tyrel (EEUU, 2018), guión y dirección de Sebastián Silva, 86 minutos.

 

31 Oct, 2019
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