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CINE y TV

En su notable Antropología del dolor (1999), David Le Breton vuelve una y otra vez sobre la idea de que el dolor no es un hecho fisiológico sino existencial. No es únicamente el cuerpo el que sufre, sino el individuo entero. Aproximarse a una experiencia del dolor implica, siempre, emparentar la realidad del cuerpo con significados sociales y culturales inconscientes. El fondo ambiguo y simbólico del dolor puede albergar un malestar de la existencia que no debe referir, necesariamente, al trauma o el trastorno del cuerpo, aunque las formas crueles de la estética hayan, algunas veces, transformado la tortura en una celebración visual. Y así como supo haber alguna vez grandes cineastas del dolor (Dreyer, Fassbinder, Cronenberg, Lynch), también proliferan ahora los diseñadores de tormentos que encubren con celuloide desencadenamientos masoquistas de dudosa calidad (las franquicias de Saw y Hostel, por citar dos ejemplos preclaros, o las atrocidades “artie” de Gaspar Noé, para no limitarnos al mainstream de Hollywood). La perplejidad que manifiesta Damien Chazelle frente a la cuestión del dolor se evidencia en el hecho simple pero contundente de que nunca sabe cómo lidiar con ella. Recurrir a Full Metal Jacket (1987) —una gran película sobre el tormento, digámoslo, con la que Whiplash ha sido recurrentemente comparada— implica detenerse específicamente en este aspecto. La academia militar y la academia musical de ambos films pueden referir la una a la otra de mil maneras diferentes, desde la relación de mando-humillación entre militares y el vínculo pedagógico entre músicos hasta el sometimiento psicológico que ata a los hombres de acción y la demanda de superación que vincula a los artistas. Pero si no se es Robert Bresson —o, para no poner la vara tan alta, Christopher McQuarrie, que hace ya unos cuantos años hizo una gran película sobre el dolor titulada The Way of the Gun (2000)—, la cuestión existencial inseparable del sufrimiento puede resultar muy problemática, difícil de plantear en la forma pura, y mencionamos esto porque creemos —intuimos, en realidad— que Chazelle quería hacer una película sobre el dolor, ya que sus personajes no hacen otra cosa más que sufrir frente a la cámara. Kubrick tenía la técnica (asepsia de los procedimientos para la construcción burocrática de un dispositivo de humillación letal que crea armas de doble filo) y los intérpretes (recordar que fue a buscar a su instructor militar a una verdadera barraca de US Marines), pero Chazelle no tiene qué filmar —las actuaciones de Whiplash son de las más flojas que hemos visto en muchos, muchísimos años— ni sabe cómo, por lo que se limita a insertar planos de manos llagadas y sangrantes luego de largas, extenuantes sesiones de batería casi siempre precedidas y continuadas por el escarmiento profesor-alumno. El problema principal es que en la concepción de ese vínculo no hay indagación sino inyección de arbitrariedades, no hay personajes sino caricaturas y muñecos de punching ball, y no hay espectáculo ni arte —algo imperdonable en una película de y sobre jazz— porque la tosca y repetitiva configuración del tormento no logra involucrarnos jamás en la experiencia de dolor interior del protagonista. Utilizar una música tan bella como la que envuelve Whiplash como la sección rítmica de una sesión de tortura es un crimen de lesa cinematografía del que parece enorgullecerse una de las peores películas estrenadas en lo que va de este año que acaba de empezar.

 

Whiplash (Estados Unidos, 2014), guión y dirección de Damien Chazelle, 107 minutos.

5 Feb, 2015
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