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Gregg Araki (Los Angeles, 1959) comenzó su carrera en un momento en el que hacer cine queer en Estados Unidos todavía significaba, en buena medida, actuar desde los márgenes. Asociado al New Queer Cinema de los años noventa —ese conjunto heterogéneo de películas que encontró en el cine independiente un espacio para imaginar otras formas de sexualidad, afecto y comunidad como Veneno (Poison, 1991), de Todd Haynes, o Mi mundo privado (My Own Private Idaho, 1991), de Gus Van Sant—, Araki convirtió la precariedad, el deseo, la rabia y la catástrofe en materiales de una obra irreverente y un tanto melancólica. Vivir hasta el fin (The Living End, 1992), Totally Fucked Up (1993), Generación maldita (The Doom Generation, 1995) y, más tarde, Piel misteriosa (Mysterious Skin, 2004) son los títulos que mejor condensan ese recorrido. Si aquella primera etapa insistía en personajes que debían inventar formas de vivir fuera de la respetabilidad, Quiero tu sexo (I Want Your Sex, 2026), su primer largometraje en más de una década, coescrito con Karley Sciortino —figura mediática del sexo contemporáneo, con quien Araki ya había colaborado—, encuentra una situación distinta. La libertad sexual ya no aparece como aquello que falta, sino como aquello que no sabemos muy bien cómo habitar.
Hay algo extrañamente familiar en los personajes de Araki. Desde Vivir hasta el fin, sus películas han estado pobladas por sujetos jóvenes que parecen haber llegado demasiado tarde, o quizá demasiado temprano, a las formas disponibles de vivir la sexualidad. Son personajes que desean antes de saber exactamente qué desean, que se mueven entre categorías que nunca terminan de contenerlos y que suelen descubrir que la libertad sexual tiene poco que ver con sentirse libre. Aquí esa confusión adquiere un matiz contemporáneo. Elliot (Cooper Hoffman), el protagonista, es un personaje reconocible dentro de ese universo, pero a diferencia de sus antecesores, no carece de un lenguaje para hablar sobre el deseo. Más bien tiene demasiado lenguaje: sabe perfectamente que no debe incomodar a una mujer, que debe respetar sus límites y que ciertas preguntas no se hacen. Lo que todavía no sabe es qué hacer con aquello que él mismo quiere. Su oportunidad aparece cuando consigue trabajo como asistente de Erika Tracy (Olivia Wilde), una artista contemporánea que ha construido su carrera alrededor del cuerpo, el sexo y la provocación. Ella lo introduce en un mundo de sadomasoquismo, juegos de poder y fantasías sexuales en el que Elliot descubre algo que hasta entonces no había considerado especialmente deseable: la posibilidad de dejar de tener el control.
Es una idea bastante arakiana, y por eso una de las más interesantes de la película. Para Elliot, someterse no significa necesariamente perder su libertad. Por el contrario, puede ser la primera vez que se siente liberado de la obligación de saber qué hacer. Erika decide, dirige, ordena y provoca; Elliot obedece. En el dormitorio, la relación desigual que debería ser una fuente de alarma se convierte precisamente en aquello que lo excita. El problema es que la cama no existe separada del resto de la vida. Erika es su jefa, tiene más experiencia, más dinero y más poder que él. Elliot depende de ella profesionalmente y, aun así, quiere lo que está ocurriendo. Es esa contradicción lo que Quiero tu sexo explora con más agudeza. No porque sugiera que el consentimiento sea irrelevante, sino porque se resiste a imaginarlo como una frontera perfectamente visible. ¿Puede algo ser consentido y, al mismo tiempo, estar atravesado por una relación desigual de poder? ¿Qué sucede cuando alguien disfruta precisamente de aquello que también lo vuelve vulnerable? ¿En qué momento una fantasía deja de ser una fantasía y empieza a convertirse en una forma de explotación? Araki no responde. Y es importante que no lo haga.
La distancia con Piel misteriosa permite medir cuánto ha cambiado su cine, pero también hasta qué medida permanece igual. En aquella película, quizá la más reconocida de su trayectoria, el sexo aparecía como fuga, repetición, búsqueda y supervivencia; nunca como una experiencia transparente. Quiero tu sexo parte de una situación radicalmente distinta y adopta un registro casi opuesto, pues lo que en Piel misteriosa quedaba atrapado entre el silencio, la memoria y el trauma aquí se convierte en exceso, performance, lenguaje. Es una diferencia importante. Elliot no necesita descubrir qué le pasó. Necesita descubrir qué quiere que le pase. A fin de cuentas, ha crecido en un mundo post-#MeToo: sabe identificar ciertos límites y reconocer los gestos que no debe repetir, pero eso no le resuelve la pregunta por lo que quiere. La película se burla de esa dificultad, pero no de manera enteramente cruel. Hay algo afectuoso en la insistencia de Araki sobre la torpeza de sus personajes. Crecer sexualmente implica también descubrir que uno no es tan sofisticado como pensaba.
La estructura también permite que vuelva a uno de sus objetos favoritos: la performance. Erika es una artista que ha hecho de la provocación una forma de trabajo y su sexualidad está completamente integrada a esa práctica. Su cuerpo, el de Elliot, sus relaciones y sus escándalos forman parte de una misma economía de visibilidad. Incluso el sexo puede convertirse en obra. La película se divierte enormemente con esa idea, sobre todo porque Erika parece incapaz de distinguir entre dirigir una sesión de BDSM, montar una exposición o administrar su propia imagen pública. Todo es puesta en escena; todo tiene un espectador. Araki lleva esa lógica un poco más lejos: si Erika convierte el sexo en arte, la película convierte el arte en una excusa para volver a hablar del sexo.
Olivia Wilde está extraordinaria en ese registro. Erika podría haber sido simplemente una dominatrix caricaturesca, pero Wilde la interpreta con una inteligencia que hace que nunca sepamos cuánto hay de cálculo detrás de su exceso. Es divertida, seductora y profundamente desagradable, a veces en la misma escena. Hoffman, por su parte, entiende que Elliot debe ser lo suficientemente ingenuo como para que nos riamos de él, pero también lo suficientemente humano como para que comprendamos por qué no quiere salir de esa situación. Su estupidez no es solamente un chiste. Es también su forma de estar abierto a algo que todavía no sabe nombrar.
Por eso Quiero tu sexo no es exactamente una película sobre sexo. El sexo es solo la superficie más evidente, pero debajo hay una película sobre aprendizaje. Sobre descubrir que el deseo no funciona como un código que pueda aprenderse de memoria. Sobre la diferencia entre saber nombrar un límite y saber qué hacer al cruzarlo. Sobre el extraño hecho de que perder el control puede ser, para algunas personas, una forma de encontrarlo. Así, el final desplaza esa tensión hacia una pequeña pedagogía del deseo. Araki no enseña a sus personajes cómo desear correctamente; les enseña algo quizá más útil: a reírse de sí mismos mientras lo intentan. Y esa puede ser, finalmente, la forma más arakiana de educación sexual. Si Piel misteriosa imaginaba personajes obligados a encontrar una manera de vivir después de aquello que no podían nombrar, Quiero tu sexo encuentra personajes que sí poseen un lenguaje para hablar del deseo, pero que todavía no saben cómo habitarlo. El deseo sigue siendo confuso. La diferencia es que ahora Araki parece pensar que también podemos hacer una película sobre esa confusión y reírnos con ella. Aprender a desear no consiste necesariamente en encontrar respuestas, sino en aprender a soportar, con cierta ternura, el ridículo de desear.
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