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Guerra entre Hamás y Likud con escenario en Gaza

DISCUSIÓN

Esta reflexión tiene un objetivo limitado, aunque sabe que puede resultar polémica: contextualizar, desde sus actores prevalentes, el último avatar de un conflicto recurrente que se prolonga en la arena de Palestina, lo que con poca precisión y cierta ambigüedad se denomina “conflicto árabe-israelí”. Entre muchos lineamientos posibles, me decanto por los siguientes:

– Hamás y Likud son organizaciones hegemónicas de sociedades que en buena parte de su historia reciente no han coincidido ideológica o políticamente con los conductores políticos que les tocan o que padecen, pero a los que apoyan, sea plegándose a una imposición de hecho, por conveniencia o por supervivencia.

– Ambos movimientos acaparan, más de la cuenta, la “representación” de ideas, banderas y vocabularios propios de dos pueblos milenarios. Gracias a circunstancias nacionales e internacionales, y a su buena táctica (la política se acaba midiendo por su eficacia), Hamás y Likud configuran una sinécdoque, al intentar (y de momento conseguir) que su particularismo se torne universalidad, cada uno en su esfera de influencia narrativa y su mando territorial.

– Ambos debieran repartirse las “culpas” de la actual escalada violenta en el Oriente Próximo. Sin embargo, no todas las violencias son iguales y así surgen preguntas: ¿Cómo entender y calificar la violencia cuando procede de un “Estado”, aun cuando este se declara democrático? ¿Y cómo entender la violencia producida por un movimiento social que muchos no consideran liberador sino terrorista? ¿Por qué la coerción y coacción provenientes de un Estado, al que con ligereza cierta ciencia política suele adjudicar el “monopolio de la violencia legítima”, son en este caso designadas como “derecho a la defensa” y por qué a la respuesta popular y guerrillera a constantes acosos, vejaciones y ejecuciones la llaman sin otros matices “terrorismo, traición o fundamentalismo”?

Trataré de orientar alguna respuesta.

 

Hamás y Likud. ¿Qué significa que en determinadas situaciones históricas la parte minoritaria de un pueblo consiga neutralizar, encapsular y someter al resto de su sociedad, a punto tal de transformar en menú-para-todos su inicial particularidad, ya que las opciones compartidas por ambos contendientes son el fundamentalismo religioso y la elección preferencial de la violencia? La historia política está llena de ejemplos de sojuzgamiento (en ocasiones temporal) de una sociedad por parte, al principio, de minorías con agenda política sencilla y clara, entrenamiento militar adecuado y temeraria capacidad de acción, las que han sido llamadas vanguardias.[1] Bastaría recordar que fueron muy raleados los grupos que encendieron la mecha que llevaría a multitudes a “asaltar el cielo”, creando nuevas hegemonías sociopolíticas: de la Revolución Francesa a Octubre de 1917, del cuartel Moncada a los kamikaze desde los años treinta, de la Anchluss austríaca al régimen nazi. Como se sabe, el frente político Likud (partido de “la Consolidación”) representa un reducido sector electoral e ideológico del mapa político israelí, apenas un cuarto de representantes en la Knesset. En cuanto al frente armado Hamás (“Movimiento de Resistencia Islámica”), designa una parte reciente y minoritaria en el conjunto de la “causa palestina”. En condiciones de clara minoría, ¿qué vuelve hoy día hegemónicos a Likud y a Hamás en esta etapa del diferendo árabe-israelí? Desde 2005, Likud dejó de ser un semillero de posturas y dirigentes aceptados por todos y se vio copado por un sector populista de extrema derecha con su ideal de revisionismo sionista. Tuvo éxito: desde entonces la figura de Benjamín Netanyahu es avalada en elecciones que han contribuido a aunar y polarizar posturas populares, en particular las que plantean un secesionismo práctico entre la dominante sociedad israelí y la dependiente sociedad palestina, cada una con etnia, religión y tradiciones propias. Como era inevitable, el explícito programa israelí de “desarrollo desigual” repercutió en el progresivo arrinconamiento de la población palestina, lo que reviste especial gravedad en la Franja de Gaza (dos millones de habitantes en 360 kilómetros cuadrados), considerado en los acuerdos de Oslo (ONU, 1960), junto con Golán y Cisjordania, territorio designado para un “Estado Palestino”. Desde 2006, Hamás ha sido regularmente votado para autogobernar Gaza.[2]

El primer dato para entender el presente conflicto es que ambos conglomerados actúan evitando o ignorando la representación inicial del pueblo palestino por la Autoridad Nacional Palestina (ANP), legitimada por sucesivos acuerdos de la ONU, refrendados en su momento por las partes, pero hoy día debilitada y con gran pérdida de legitimidad, a punto tal de sospechar que si el actual conflicto ha tomado tan feroces características es, en parte, por no disponer los contendientes de la presencia relativamente equilibradora que la ANP aseguró hasta comienzos de este siglo. Hamás no reconoce a la ANP en Gaza, espacio territorial bajo su exclusivo control, mientras Likud sigue fiel a la idea fundacional de no acercamiento a los árabes (ni siquiera a la ANP), buscando una marcada diferenciación entre las dos sociedades.

El segundo dato político de esta guerra es que, si bien tiene epicentro en Gaza, busca expandirse por el territorio histórico de Palestina y más allá. Liderado por Likud, el Estado de Israel plantea la siguiente disyuntiva: o bien la administración israelí se apodera de la administración gazatí, o bien expulsa de su territorio a la mayor cantidad posible de palestinos hacia una Franja ya atestada, empujando a la gente a Golán y de allí lógicamente a Egipto, cuando no a Líbano o Siria. Así se explica su estrategia de actuación en Gaza y aledaños. Hamás, por su parte, se reclama el único sujeto político capaz de exportar la liberación islámica al conjunto de la Palestina histórica, planteando una tenaza con su guerrilla desde el sur y el frente armado Hezbolá desde Líbano. En última instancia, los contendientes buscan la expulsión definitiva del enemigo del mismo estrecho territorio, ayudados por dinámicas geopolíticas regionales y mundiales. ¿Se entiende que con estas premisas una resolución pacífica del conflicto, cualquiera fuera esta, se acaba volviendo imposible?

 

Hamás versus Netanyahu. En estos días se comenta que cada parte debería asumir su culpa, pero que en absoluto ambas culpas son iguales. ¿Qué significa esto? La “culpa” evocada en numerosos comentarios tiene que ver con elementos que aconsejan reemplazar la noción de culpa por otras más adecuadas.

– Uno de los elementos es el mencionado avasallamiento del Estado por minorías ultras circunstanciales: un partido neosionista encaramado en el poder israelí; un movimiento islámico integrista reinando en Gaza. Ambos se han apoderado de banderas más universales, permanentes, de suyo indiscutibles, con una terminología que a menudo se confunde y confunde: ¿israelí o israelita?, ¿sionista, hebreo, judío o semita?, ¿palestino, árabe, musulmán?, ¿Estado palestino, resistencia palestina?[3] Aquí ambos contendientes tienen una “culpa” básicamente compartida, que los más lúcidos se esfuerzan por reconocer. Aunque tal vez sería mejor hablar de responsabilidad repartida. Del lado israelí, un elemento crucial (decisivo en la actual acción política de la minoría religiosa en el gobierno) es proseguir y profundizar una transformación (en curso, es cierto, desde hacía tres décadas) de los “hechos históricos” del pueblo judío de la Diáspora en “hechos mitológicos”.[4] La relectura, consolidada por Netanyahu y su partido, de la idea de un “Israel” como Estado de carácter marcadamente religioso y racial señala la defunción de la idea original de diáspora, o al menos su abaratamiento en ideología (cínica y práctica) en manos de un poder que, sin reconocerlo, mistifica o adultera las raíces religiosas que dice defender. La “culpa” israelí sería la perversión de la experiencia de diáspora[5] y su retorno a la falacia sionista.[6] Esto no hace menos censurable la incursión armada en territorio israelí por parte de comandos armados de Hamás, nutridos por la idea de “devolver” Palestina a sus ocupantes “originarios”. Los argumentos identitarios de uno y otro bando sólo consiguen maquillar las conveniencias de dos bloques políticos internacionales que, Gaza mediante, se enfrentan de modo implacable.[7] Estados Unidos pertrecha económica, tecnológica y argumentalmente a Israel, devenido desde hace décadas su aliado preferencial en Oriente Próximo y Medio. La República Islámica de Irán dota económicamente, entrena militarmente e instruye ideológicamente a los comandos de Hamás, Hezbolá y otros grupos, a fin de impedir o retardar la deriva de parte del mundo árabe hacia una normalización de relaciones con el enemigo israelí, actualmente en curso desde Arabia Saudí.[8] De modo que Hamás y Likud llevan adelante algo que por momentos pareciera una “guerra particular”, en buena parte a expensas de sus sociedades y sin dejar de ser peones de geoestrategias contrapuestas que los superan.

– El segundo elemento por considerar es que los actuales acontecimientos abrillantan los bronces gastados de un conflicto muy antiguo. Estamos acostumbrados a entender procesos de diferenciación cultural cuando estos se producen en escenarios geográficos dilatados: Rusia y Europa occidental, España y Portugal, México y Estados Unidos, China y el resto de Asia del Este. En el caso de Israel y Palestina, sin embargo, la diferenciación ha sido y sigue siendo dramática por el hecho de producirse en un territorio sumamente reducido[9] y por parte de “pueblos” necesitados de distinguirse con máxima nitidez, como condición de su afirmación colectiva.[10]

En el presente avatar bélico ambas partes carecen, acaso más que hace setenta años, de mínimos lenguajes comunes (idioma, narrativas, recursos retóricos, instrumentos compartidos de pensamiento) que permitirían transformar misiles en argumentos. Hoy día, de nuevo, se enfrentan con explicaciones añejas dos historias largas y complejas que son étnicas, territoriales, religiosas y lingüísticas, sin separación posible. Lo que ambos poderes proponen (incluso cuando lo hacen de buena fe) suele fallar por unos u otros aspectos. Hasta el punto de que, mirados los hechos desde cada parcialidad, a menudo cada uno parece tener “parte de razón”, cosa que lastra muchos análisis actuales de la contienda. Por ejemplo: ¿quién estuvo “antes” en el territorio bíblico?; ¿quién puede reivindicar la religión “verdadera" como argumento de ocupación de Palestina?; ¿quién “comenzó” en cada etapa las hostilidades?; ¿qué considera hoy día cada bando un comportamiento violento, extorsivo o terrorista, o en cambio un proceder meramente defensivo? Vista la actual situación, a la carencia de instrumentos que permitan a cada parte eludir la guerra, más que “culpa” convendría llamarla impotencia.

– El tercer elemento para tomar en cuenta es fruto de los anteriores: predomina la violencia como principal sistema para dirimir un conflicto que sólo podría encontrar solución algún día por cauces políticos, vale decir, medios conducentes a transformar esta guerra en debate (existe bastante unanimidad mundial en privilegiar una “solución política”).[11] Cuando los contendientes constatan que falla definitivamente el intercambio pacífico, entonces se impone la violencia: esta se advierte desde hace un siglo en el solar bíblico, para vergüenza de las tres involucradas “religiones del libro”, todas de ostentoso ademán pacifista. La violencia imperante se refiere tanto a los actos como a la argumentación: las partes en conflicto en este momento están dominadas por sectores que representan el odio y la incompatibilidad con el adversario, percibido como enemigo mortal. En la línea argumental, ambas facciones son parejamente responsables: representan engañosamente a religiones de paz y amor, pero de cada tradición eligen frases, hechos y relatos que sus ideólogos retuercen con agresiva conveniencia. En la parte militar, la violencia (la constante y la que dormita apenas larvada) estalla cada pocos años, como resultado de la sospecha compartida de carecer de otros argumentos, primando los que plantean lisa y llanamente ultimar al adversario.

En este caso se advierte un desnivel en las culpas. Aunque Israel tiene derecho a defenderse (pocos se lo discuten), la desproporción (bélica, económica, simbólica, tecnológica, la superioridad inherente al hecho de constituir un Estado e incluso de disponer de una enormidad de contactos y oportunidades en el mundo occidental) resulta tan evidente y chocante que delata que la voluntad actual ya no es defenderse sino aprovechar la ocasión para aniquilar al odiado enemigo: estamos ante el inicio de la ocupación territorial de Gaza por parte del ejército israelí, a fin de empujar a la población gazatí hacia Sinaí, preludio de lo que podría ser la expulsión de poblaciones enteras de Cisjordania a Jordania y de Golán a Egipto. Esto no deja de ser tomado en consideración por sociedades occidentales cuya gente sale a la calle a manifestar rechazo ante esa violencia, aunque en bastantes ocasiones se manifiestan al precio de soslayar la innegable violencia ejercida por Hamás.

 

¿Cómo sigue el conflicto?  La hipótesis central de esta reflexión es que en este momento el diferendo árabe-israelí se encuentra en parte prisionero del enfrentamiento Hamás-Netanyahu. Esta afirmación ayuda a entender el progresivo vaciamiento, tanto o más que en ocasiones anteriores, de las otras dimensiones en juego: se omite o se deja “para más adelante” (Unión Europea dixit) que aquí entran en colisión “dos mundos”: dos etnias, dos historias y tradiciones, dos religiones, dos lenguas y culturas. Todas estas dimensiones, necesarias para la resolución duradera del conflicto, en la actualidad se subsumen en una única contradicción, insoluble por sí sola dado que, a escala local, las partes beligerantes parecen entregadas al ritmo frenético de la confrontación armada:

– O bien te masacro porque me atacaste de forma premeditada y artera. Y quiero darte un escarmiento definitivo, para lo cual cuento con la complicidad activa de lobbies extranjeros y gobiernos occidentales con una agenda en la región que incluye el doble juego con potencias petroleras y el reconocimiento por estas del Estado de Israel.

– O bien respondo a la agresión que sufro desde hace tantísimos años por tu despliegue desproporcionado de fuerza, sabiéndome en esta ocasión pertrechado (aunque, es cierto, también manipulado) por ideas y medios materiales provenientes de potencias árabes atentas a sus intereses geoestratégicos particulares, en parte ajenos a las necesidades sociopolíticas de Palestina.[12]

¿Cómo entonces sería “razonable” pensar que prosigue este conflicto?

Estas notas no aspiran a una prognosis estratégica que, según múltiples opiniones, debiera ir, como siempre ha ido, hacia el reconocimiento definitivo de dos Estados ex equo en el territorio: junto al Estado israelí actualmente vigente, tendría que surgir un Estado palestino dotado de similares prerrogativas.[13] Este reclamo parece incuestionable y va en línea con la idea de “paz universal” que Europa persigue desde tiempos de Kant. Pero a la vez, voces igualmente autorizadas llaman la atención sobre el escaso realismo de lograrlo en buenas condiciones en momentos como este. Basta prestar atención a las tendencias incluso más progresistas dentro de la Unión Europea, por citar un solo ejemplo, que van con pies de plomo al abordar la reivindicación de un Estado palestino.[14]

Sabiendo que el corto plazo se limita a prolongar las dinámicas en juego pero que, a la vez, constituye una etapa necesaria hacia soluciones más definitivas, el actual conflicto podría ayudar a desgastar la ya frágil posición estratégica de Likud y de Hamás, cuestionando sus hegemonías. Veamos algunos signos.

Varios procesos en curso revelan la debilidad del gobierno de Netanyahu, consecuencia de continuas denuncias internas por falta de anticipación (¿cómo entender que Mossad ignorara los planes de Hamás y su ahora obvio entendimiento con Hezbolá?), por deficiente defensa del territorio y sus habitantes (los servicios de inteligencia militar actuaron perezosamente con la lógica perimida del statu quo de los años 2010) así como, a medida que pasan los días y se supera la primera conmoción del 7 de octubre, por la desmesura y crueldad de la respuesta armada israelí (los mismos israelíes que se manifiestan semanalmente en protesta por la reforma judicial de Netanyahu se preguntan: ¿no estaremos en manos de una comandancia alocada?). También arrecia la protesta pública con nutridas manifestaciones en ciudades europeas y norteamericanas, por gente que estima intolerable lo que a estas alturas consideran vendetta.[15]

Del lado palestino, el régimen de Hamás padece el fuego cruzado de gran parte de la opinión periodística y académica occidental, que encuentra inaceptable: nadie puede negar que (nunca tan abiertamente) se haya tratado de “acciones terroristas”.[16] También en el seno de sociedades árabes moderadas aparecen signos dispares de simpatía (cumbre en Egipto en octubre de 2023, manifestaciones en Egipto, Jordania y otros países con consignas que recuerdan la primavera árabe y que ahora aplican a Gaza: “pan de cada día y libertad”) y distanciamiento (de lo que consideran fundamentalismo trasnochado, como ocurre con la opinión pública de Turquía y Arabia Saudí).[17] Por su parte, y viendo cuarteado el otrora sólido frente panárabe, los gazatíes apresados en la Franja se limitan a huir; y al no conseguirlo, esconden la cabeza bajo los escombros frescos.

¿Qué pasaría si, fruto de presiones (internas, regionales o internacionales), en el corto plazo se produjeran cambios de régimen en Israel y/o en Gaza? Tal predicción resulta imposible en este momento y por lo tanto sólo cabe esgrimir un atisbo de esperanza.

 

Notas

[1] Una vanguardia establece una situación de hegemonía, vocablo que aquí se aplica en sentido de supremacía, la de una organización sobre las otras y la que un Estado o un pueblo ejerce sobre otro.

[2] Si se afirma que Hamás y Likud se han vuelto hegemónicos es porque, además de los mecanismos del poder político, están liderando la narrativa del conflicto árabe-israelí, que han transformado en problema transversal. Del lado israelí, está más o menos sostenida por judíos y cristianos, progresistas y conservadores, sefaraditas y azkenazíes: el actual gobierno es “de concentración” y lo que concentra el variado arco político israelí no es otra cosa que luchar contra los palestinos. Del lado palestino, se reclama el concurso del “pueblo árabe” y el estallido del “día de ira” del 7 de octubre se entiende como medio para conseguir una atención indivisa y acrítica sobre la situación palestina en general, lanzando varios mensajes: que el statu quo imperante es inaceptable; que Israel es vulnerable; que Hamás es la única fuerza que puede oponérsele, ante el desprestigio actual de la Autoridad Palestina, manifestado en las protestas públicas árabes de los últimos meses.

[3] Es útil aclarar la terminología en juego. “Israelí” (ciudadano del Estado de Israel, donde viven judíos, mulsulmanes y algunos cristianos) no es lo mismo que “israelita” (seguidor de la religión judía). “Judío” designa al habitante de Judea, región atribuida a la tribu bíblica de Judá. “Hebreo”, en cambio, se refiere a la pertenencia al pueblo semita surgido de Abraham, patriarca común entre musulmanes y judíos. “Semitas” lo son, a igual título, israelíes y palestinos. Hay un “antisemitismo” dirigido contra los judíos y otro contra los musulmanes. “Sionista” es quien está a favor de la creación de un Estado por y para judíos, es decir, para personas que profesan la religión judía. En consecuencia, un judío puede ser “antisionista”: cuentan por millones los que profesan esa religión pero están en contra de las políticas del Estado de Israel. Finalmente, muchos son étnicamente “árabes” y no son “musulmanes” en cuanto a la religión (o no son sólo musulmanes: turcos y persas son musulmanes siendo alternadamente árabes y persas). Al contrario, hay en todo el mundo musulmanes que no son árabes, como bien sabemos. Y también los hubo desde remoto pasado, como los bereberes del Magreb, árabes pero no musulmanes.

[4] Michel Foucault distingue entre hechos que se pueden historiar y ciertos fenómenos de recreación simbólica que permiten el surgimiento de relecturas fantasiosas de esos hechos. Finalmente dice que los “hechos teóricos” son fruto del análisis de unos y otros en busca de una explicación plausible del fenómeno en cuestión. En lo que se refiere a la Diáspora, los acontecimientos históricos describen unos hechos que de a poco se han visto envueltos en una narrativa espiritual (por ejemplo, entre los jasídicos), la cual, a su vez, puede permitir tanto una mejor comprensión espiritual del judaísmo como, por el contrario, su adulteración en mitología sionista que marca el final de su recorrido al llegar a su territorio definitivo.

[5] “Diáspora” designa un proceso histórico-cultural iniciado con la destrucción del templo de Jerusalén y marcado por la dispersión de los judíos por la cuenca del Mediterráneo, en una odisea con rumbo soñado hacia Sefarad, territorio designado en el texto sagrado como país “que mana leche y miel” e identificado tradicionalmente con España, en el otro extremo del Marenostrum o mar común. Es un hecho bien historiado. En cambio, la mitologización del concepto de diáspora consiste en reemplazar esa dimensión experiencial, y por ende potencial, del camino espiritual del judaísmo (planteado como un transcurso sin final; de allí la espera paciente del nuevo advenimiento marcada por un calendario que marca el año 5784) por la idea de haber llegado a un nuevo Sefarad, ahora en Palestina, territorio organizado y orientado como “Estado judío”. De modo que la diáspora fenece en tanto vector de experiencia (surgido de la evocación de un hecho histórico estilizado), para convertirse en mitología al servicio de un poder terrenal, tan concreto como discutible. Por otra parte, y no es un hecho menor, la consideración de la diáspora como fenómeno social de exilio y deslocalización permite entender que el pueblo palestino actualmente sufre en su carne “su propia” diáspora, acelerada por la visión demográfica israelí del actual conflicto: poblaciones palestinas empujadas de a poco a Gaza y, como temible pero esperable final de esta guerra, nueva migración forzosa de Gaza al Sinaí y de Cisjordania a Jordania. La diáspora bíblica pierde aura romántica y se descubre hoy día en su verdadera condición de deslocalización forzosa y migración compulsiva de poblaciones violentadas en sus derechos territoriales.

[6] Lo descrito se refiere tanto a la narrativa de Likud como a la de Hamás, que en esto comparten un carácter fundamentalista retrógrado.

[7] Se trata de una “guerra de baja intensidad” que opone al mundo árabe (secundado por la cercana Rusia y por una China que observa y de a poco se acerca) el mundo norteamericano (secundado, en parte a su pesar, por una Unión Europea muy penetrada e interferida por Estados Unidos gracias al predominio de la OTAN en la conducción de la guerra de Ucrania).

[8] La actuación iraní es solapada, casi secreta y de momento no incluye ninguna intervención creativa en la evolución misma del conflicto. No es esperable que modifique su funcionamiento: primero tiene que atender peligros más cercanos y urgentes.

[9] Una lonja equivalente a la distancia entre Barcelona y Pineda, calcula Antoni Segura. O entre la Dársena Sur y Berisso en Buenos Aires. O la entera Waste Land del célebre poema de T.S. Eliot.

[10] Repasemos la cronología del conflicto árabe-israelí en Palestina: 1917: fin del Imperio Otomano; Declaración Balfour, apoyando el proyecto sionista: “Construir Sion”. 1920-1930: Emigración judía masiva a Palestina, Nueva Sion. 1936: gran revuelta árabe. 1940: declaración unilateral de independencia de Israel. 1946: terrorismo sionista, tolerado por el protectorado inglés. 1947: partición de Palestina por la ONU. 1948: expira el mandato británico en Palestina; guerra árabe-israelí; nuevo Estado judío. 1956: Guerra del Sinaí. 1967: Guerra de los Seis Días. 1973: Guerra del Yom Kipur. 1979: paz de Israel con Egipto. 1980: Israel promulga la “Ley de Jerusalén”. 1982: Guerra del Líbano. 1987-1993: Primera Intifada. 1991: Acuerdos de Oslo. 2000-2005: Segunda Intifada. 2006: Guerra del Líbano. 2008-2009: conflicto en Gaza. 2012: conflicto en Gaza; operación Pilar Defensivo del Golán. Desde 2013: guerra civil en Siria. 2014: conflicto en Gaza; statu quo político y territorial. 2021: conflicto en Gaza; Hamás responde con cohetes. 7 de octubre de 2023: Hamás traspasa la frontera escalando el conflicto exponencialmente.

[11] Así las posturas de la ONU, en este momento vetada y expulsada de territorio israelí, o de la Unión Europea, que llama con tibia insistencia a “pausas humanitarias”, ante la imposibilidad de acuerdo entre sus miembros sobre un alto el fuego o al menos una tregua. Conviene en este punto leer la carta de renuncia de Craig Mokhiber, director de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos de Nueva York.

[12] Lo que a Irán parece interesarle es detener la pérdida de solidaridad árabe hacia los palestinos por parte de gobiernos que están reconociendo el Estado de Israel: Emiratos y Bahréin ya lo han hecho, lo mismo que Marruecos y Sudán, todos más o menos bajo la sombra protectora de Arabia Saudí. Jordania y Egipto ya habían firmado la paz con Israel. En cuanto a Irán, busca poner freno a la formalización del reconocimiento formal de Israel por los saudíes y parece que lo está consiguiendo con la ofensiva de Hamás en territorio israelí, elemento nuevo en esta fase del conflicto, elemento ofensivo que parece protegido y financiado por Irán, aunque este nunca juega a cara descubierta, consciente de su debilidad respecto a potencias occidentales que no quiere ponerse de enemigas, así como de las potencias árabes moderadas o cercanas a Israel.

[13] Una variante propuesta en los papeles es la creación de un “Estado binacional” en el solar común.

[14] ¿Cuáles dos Estados? En el debate que comienza a producirse, tres son las posibilidades: (a) mantener la situación del statu quo de las últimas décadas (Palestina como territorio de apartheid caracterizado por un sistema de discriminación estructural); (b) nuevo comienzo del debate de las últimas décadas poniendo sobre la mesa las condiciones reales de configuración de un nuevo Estado (lo cual implica resolver, entre otros, los siguientes problemas: territorio, fuentes productivas, asentamientos, fronteras, Jerusalén, seguridad, refugiados, diáspora palestina); (c) ante el irrealismo de crear en lo inmediato un nuevo Estado adyacente al ya existente de Israel, posibilidad de un Estado binacional (propuesta más teórica que práctica, dada la extrema polarización actual).

[15] Edgar Morin, por ejemplo, considera lo siguiente: “Del mismo modo que es necesario mantener vivo el recuerdo de los millones de víctimas del nazismo, este respetuoso recuerdo no puede justificar la dominación que Israel ejerce sobre el pueblo palestino, inocente de los crímenes de Auschwitz. ¿Debe ser la maldición de Auschwitz el privilegio que justifique cualquier represión israelí?”. A sus cien años, Morin retoma la postura humanista constante en el progresismo francés desde que Sartre publicara en 1968 un número de Temps Modernes destinado a argumentar por la solución de los dos Estados.

[16] Para algunos observadores, la incursión de Hamás es una “acción suicida” más, sólo que ahora en el terreno político: devolver actualidad al conflicto palestino en el acto que los sitúa en el corazón de la resistencia palestina realmente existente.

[17] Una breve mención a lo que ocurre en otros continentes. En África, donde no existe o muy poco una opinión pública relativa al conflicto de Gaza, en un plano oficial la Organización por la Unidad Africana emitió en octubre una declaración institucional exigiendo un inmediato cese del fuego. En cambio, en América Latina hay una nutrida opinión pública respecto al conflicto, como efecto de importantes poblaciones con religión o tradiciones “judías”. Allí se encuentran posturas que, en el plano periodístico, condenan la violencia de ambos contendientes. Pero la mayoría de las posturas oficiales conocidas o bien son condenatorias de la acción israelí (Bolivia corta relaciones; Colombia y Chile retiran embajadores, Argentina y Brasil critican la respuesta israelí sin tomar decisiones diplomáticas) o bien intentan equilibrios argumentales para no decantarse antes de tiempo (México o Uruguay en este momento).

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