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Sobre la utilidad del disco y la música contemporánea argentina

DISCUSIÓN

La “realidad aumentada” ha acelerado la desmaterialización del mundo de la música grabada. Los objetos físicos, los discos, circulan, en sus dos variantes, analógica y digital, guiados por la obsolescencia del formato y, además, de lo táctil. La topografía virtual ya no los necesita. El soporte no se “toca”. La edición de un CD supone, por lo tanto, un acto de incomodidad con lo volátil de los flujos informativos, un deseo de ralentar tamaña aceleración. Detenerse, otra vez, para escuchar, sostener el medio en la mano, repetir el ritual de su extracción en un espacio real. MEI – música para flautas, el dúo que forman las flautistas Patricia García y Juliana Moreno, ha editado su segundo compacto con un desafío añadido: se trata de obras de compositores argentinos en un país cuyo mercado de sonidos —esa entelequia destinada al intercambio— les da la espalda. Luciano Azzigotti, Juan Cerono, Carlos Mastropietro, Natalia Solomonoff, Osvaldo Budón y Leonardo Zimmerman escribieron especialmente para García y Moreno. MEI incluyó además una obra de Eduardo Bértola, de 1978.

Sobre la superficie blanca de la tapa, ahí donde suele leerse el título, apenas se ha impreso un asterisco entre paréntesis. El símbolo tipográfico, con sus contornos estrellados, había nacido de las necesidades de los editores especializados en editar árboles genealógicos de las familias feudales para indicar fechas de nacimiento. Para las MEI, el llamado a pie de portada debe decir algo más que un juego del diseño (¿el lugar de la música argentina?). Conduce, allí abajo, al verdadero título de este nuevo proyecto, pero para reclamar la posibilidad de cobrar altura. La región más alta del aire – donde se engendran los cometas (MEI Flautas, 2017) es, según ellas, el resultado de “nuestro tránsito sobre la exploración de la flauta en sus regiones más lejanas” y la estrecha relación con los autores de las obras.

Doble exploración, entonces. Salir a la búsqueda de consumidores/receptores del objeto e ir más allá del centro de la gramática de la música escrita para flautas. Todos los nombres incluidos tienen algo que decir o pensar acerca de la relación entre esos dos instrumentos cargados de historia y de las mismas posibilidades tímbrico-materiales, o de cómo dotarlos también de una escena imaginaria o posible (como en el caso de Cerono). Dos de las piezas, sin embargo, cargan en especial el peso de lo que también el ojo que ve la tapa se inclina por llamar “(*)”. La primera, que no casualmente abre el disco, es “Vilanos”, de Azzigotti, para flautas amplificadas. A lo largo de once minutos, su autor trabaja con un repertorio de gestos ínfimos, respiraciones, golpes de llaves, lo que llama “sonidos no pulmonares (chasquidos)”, y además convierte cada agujero de la flauta en una suerte de tubo cerrado con sus propios componentes. Las técnicas extendidas de la flauta la llevan, de la mano de la electricidad, a zonas que podría compartir con la música acusmática. El trabajo sorprende por la potencia que se deriva de lo mínimo.

El dúo decidió incluir “La visión de los vencidos”, para cuarteto de flautas, contrabajo y dos percusiones. Bértola es uno de los nombres extrañamente apartados del canon, quizá por su exilio o su muerte temprana fuera del país (en 1996, a los cincuenta y ocho años). “La visión…” supuso para Bértola un regreso a la música instrumental pura, después de años de inmersión en la electroacústica. Ese retorno a los orígenes se completa a medias, porque la experiencia con la música electrónica es una sombra que despunta a través del tratamiento espectral de los instrumentos, el uso de armónicos y diferenciales, los recurrentes batimentos que generan lo que llamaba un “contrapunto de estratos sonoros”. La obra tuvo una primera versión reducida cuyo epígrafe, una cita del filósofo e historiador mexicano Miguel León-Portilla, deviene epílogo en la rescritura: “todo esto pasó con nosotros, nosotros lo vimos, nosotros lo contemplamos, con esta lamentosa y triste suerte nos vimos angustiados”. La visión de los vencidos es un contrarrelato que entra por los oídos. La austeridad de Bértola, el uso del estatismo, el silencio y las respiraciones, son radicales, pero por razones diferentes de las de Azzigotti: provienen de otra reflexión propia de una generación (Graciela Paraskevaídis, Coriún Aharonián, entre otros) sobre la escritura y la contingencia del componer en esta parte del mundo. Sobriedad que, en rigor, es el hueso de un grito que estremece. La interpretación está a la altura de las exigencias expresivas.

La osadía de MEI no sólo debería suscitar el agradecimiento de los compositores, que ponen a prueba sus destrezas con un variado imaginario. Moreno y García están creando un repertorio. El disco, esa supuesta antigualla, documenta esa decisión de ampliarlo, paso a paso. Programa de acción que se completa con cada una de sus extraordinarias performances.

 

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