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Tentativa de asomarse al abismo bolivariano

DISCUSIÓN

—¿Voy bien, Camilo?

—Vas bien, Fidel.

Aquel diálogo del 8 de enero en la Ciudad Militar entre Castro y Cienfuegos tuvo fuerza fundante y, a la vez, entregó una promesa: la revolución nunca se desviaría. Sesenta años más tarde y cuando Cuba dejó de ser hace mucho el faro de la modernidad, el mismo diálogo se ha presentado en Caracas, con otra escena de masas.

—¿Vamos bien? —quiso saber Juan Guaidó, el autoproclamado presidente de Venezuela.

—Vamos bien —le respondió una multitud, y en esa confirmación parece cerrarse el círculo iniciado en La Habana en 1959.

El conflicto venezolano también opera sobre el lenguaje. “Podrán cortar cien flores, pero no podrán con la primavera”, dice Guaidó, y también se ampara en las leyes de la historia (su guionista es decididamente sarcástico). “El pueblo unido jamás será vencido”, canta su base social, como si toda la vida hubieran escuchado a los Quilapayún con Víctor Jara y no a las esfinges meneantes de Venezuela Aid Live. El gobierno de Nicolás Maduro, en tanto, centra su pedagogía estatal en dos lemas. Uno es la lealtad a la revolución iniciada por Hugo Chávez. El otro llama a estar “juntos”. Si en vez del color rojo estuviera el amarillo, el imperativo de la adherencia sería suscrito por el ecuatoriano Jaime Durán Barba.

Cosas que se hacen con palabras y a las palabras. Dialéctica especular en una crisis de tal calado que todo se divide por dos: hay dos mercados, uno blanco y otro negro, dos clases de dólares. Existe a la vez un Parlamento opositor, declarado en desacato, y una Asamblea Constituyente que hace de Congreso. Un Tribunal Supremo funciona en Caracas y otro en el exilio. Lo mismo sucede con los dos fiscales generales. Y hay, por último, una dualidad más peligrosa: dos presidentes, uno, Nicolás Maduro, surgido de elecciones que suscitaron, también, dos interpretaciones distintas sobre su legitimidad, y otro, el citado Guaidó, joven turco bendecido por Washington y sesenta países. Por primera vez en la historia de la inestabilidad latinoamericana, un civil da un golpe de Estado a un gobierno cuasi militar y con cabeza civil. ¿Hasta cuándo podrá sostenerse la contradicción?

Tres acontecimientos de 1989 ayudan a pensar el drama venezolano: la caída del Muro de Berlín, la invasión norteamericana a Panamá y el llamado a elecciones en Nicaragua que, meses más tarde, terminó con la derrota sandinista (volveré sobre este tema). Los seguidores de Guaidó quieren creer que la caridad administrada por Estados Unidos en las fronteras con Colombia y Brasil se convertirá en el equivalente de lo que sucedió con la extinta República Democrática Alemana (RDA) en 1989. Maduro, el “presidente obrero”, será entonces un nuevo Erich Honecker, partirá al exilio y se barrerán los cimientos del proyecto bolivariano. Pero si así no ocurriera, le auguran un destino similar al del general panameño Manuel Noriega. Para que suceda lo primero, debe partirse el frente militar que sostiene al gobierno. Un oficial desobedece y su gesto tiene un efecto dominó. Así de simple, suponen. Lo segundo, en cambio, contempla una invasión patrocinada por Washington y disfrazada de coalición regional. Guaidó ya abrió sus puertas a esas hipótesis.

La supervivencia del modelo bolivariano está como nunca puesta en cuestión. La gran pregunta es cómo se ha llegado a este punto que parece no tener retorno. El madurismo —en tanto versión degradé del chavismo— es inflexible en su diagnóstico: el derrumbe del Producto Interno del 44% desde 2013, el éxodo masivo y la criminalidad, todo es culpa de una conjura planificada por Estados Unidos y sus aliados internos.

¿Todo?

Para comprenderlo hay que seguir la misma parábola trazada por Hugo Chávez sobre los escombros de la IV República. El imaginario bolivariano encontró en 1999, año de la reforma constitucional, su alegoría profética en una foto artística de Nelson Garrido, La nave de los locos, algo así como una reactualización del cuadro de El Bosco en clave venezolana. El “comandante eterno” llegó al poder con una promesa de redención de los perdedores de siempre. Como señala Fernando Coronil en El Estado mágico. Naturaleza, dinero y modernidad en Venezuela, Chávez los invitó “a pasar de las gradas al patio principal y participar en una historia que será por fin para ellos”. En los hechos, reparó heridas sociales sólo redistribuyendo la renta petrolera. Coronil, para comprender los nuevos usos del oro negro a partir del chavismo, se apoyó en un razonamiento de la antropóloga india Veena Das. La autora de Life and Words. Violence and the Descent into the Ordinary (University of California Press, 2006) sostiene que, frente a estructuras masivas de dominación, “las rebeliones subalternas” pueden producir “sólo una noche de amor” y no transformarlas en “una vida de amor”. Es lo que sucedió en Venezuela. Dicho de otra manera: la promesa de progreso bolivariana se presentó de entrada como insostenible. El Estado, bajo esas circunstancias, sólo podía producir “actos de magia en vez de milagros” dictados por la voluntad y los precios internacionales del crudo. Después de veinte años, el 96% de los dólares que entran a Venezuela responde a la misma matriz productiva que el chavismo no supo modificar ni siquiera en sus días más dulces. El gobierno importa hasta el arroz, el azúcar y la harina que forman parte de sus programas asistenciales.

Aunque Chávez y luego Maduro hablaran de revolución, en Venezuela no ha cambiado la estructura de la propiedad, como sí ocurrió en Cuba en medio de una situación irrepetible (e insular) de la Guerra Fría. La fascinación de Chávez por la “obra” de Castro es un tema pendiente de dilucidar por los historiadores. Como emulación tardía, sólo podía ofrecer el intento de clonación de sus rasgos más negativos. La obsesión de Fidel de acelerar las etapas de la revolución lo llevó en 1968 a proponerse la construcción simultánea del socialismo y el comunismo. La llamada “ofensiva revolucionaria” tuvo efectos lamentables que todavía hoy cuesta reparar. Chávez no quiso ser menos. Expropió muchas veces sin objetivos claros y como un autócrata. El liderazgo venezolano terminó por confundir otros anhelos con realidades: en sus momentos de mayor adhesión, 40% de los venezolanos han estado en contra del gobierno. Otra fotografía de Garrido, La familia en el pensamiento único, pone en escena esa celebrada fantasía homologadora. Madre, padre e hijos tienen las boinas de Chávez, visten los colores bolivarianos, en medio de muñecos del Comandante de distinta dimensión, caretas, banderas alusivas, ejemplares miniaturizados de la Constitución, boletas electorales, carteles (“Vamos con todo”).

No dejan de ser igual de llamativas las reincidencias del chavismo en errores cometidos en otras experiencias históricas. Una tiene que ver con el Chile de la Unidad Popular. “No soy el presidente de todos los chilenos”, decía Salvador Allende. El chavismo radicalizó esa misma trinchera retórica, aunque pasando por alto que Allende no encarceló a nadie, ni siquiera a los fascistas de Patria y Libertad, y que quiso dirimir la crisis crónica a través de una consulta popular (ya sabemos: su suerte estaba echada por decisión de Nixon y la ITT). Hay que decir, no obstante, que los adversarios de Chávez actuaron por lo general de manera simétrica.

Un tercer modelo, aún más anacrónico, sedujo a Chávez cuando le llovían los petrodólares: la China de los sesenta. El presidente impulsó las comunas inspiradas en uno de los más desastrosos emprendimientos del maoísmo, el “Gran Salto Adelante”. La iniciativa se basa en la autogestión y contiene, según el “Comandante Eterno”, la semilla verdadera del socialismo. La comuna rindió algunos frutos en el mundo rural, pero fracasó de manera estruendosa en un país donde más del 90% de las personas viven en las ciudades, algunas de extrema violencia. Aunque se propuso acabar con la burocracia y minimizar el papel del Estado, no pudo ser otra cosa que un intento de “arar en el mar”, para decirlo con palabras propias de Bolívar, entre otras razones debido a las carencias económicas y las prácticas colectivas que derivan de la escasez y el mercado negro. A estas alturas es apenas un dispositivo clientelar. La oposición lo resume en una ecuación quizá simplista, pero no del todo errada: comida por lealtad declamatoria.

La proeza distributiva inicial de Chávez tuvo una marca defectuosa de origen: se hizo manu militari, lo que le valió al comandante más de un cuestionamiento sobre sus valores democráticos, y no sólo de los sectores más adinerados. Todo en nombre de Simón Bolívar. La narradora y psicoanalista Ana Teresa Torres se tomó el arduo trabajo de diseccionar el imaginario bolivariano en La herencia de la tribu (Alfa, 2009). El ensayo muestra hasta qué punto ha llegado la obsesión por conmemorar el pasado, fijar un horizonte de melancolía y suspender el presente. La suerte se selló desde el momento en que casi todo tuvo que pensarse a través del héroe. La independencia apareció como el único momento válido. A las generaciones posteriores no les quedó nada. Se impuso el mito de lo indómito, el punto cero, la comprobación de que todo se empequeñece frente a la gesta. Chávez llegó a la osadía de señalar que el principio de igualdad que Bolívar enunció en el Congreso de Angostura era una forma decimonónica de pensar el socialismo (obviemos a Marx). El “Comandante Eterno” se adueñó de Bolívar pero no fue original. La vida venezolana estuvo militarizada entre 1830 y 1938, salvo una década de presidentes civiles. Y todos invocaron la figura tutelar de don Simón. El dominio de los hombres de armas se profundizó sin embargo de otra manera a partir de 1998. La “unión cívico-militar” hoy es exaltada por Maduro como variante actualizada de la heroización de la república. Los venezolanos han cargado todos estos años a los próceres en los bolsillos. La hiperinflación fue la que más puso en entredicho la hagiografía numismática.

Maduro suele señalar a la prensa internacional que la militarización es un valor, a punto tal que fue refrendada en 23 de 25 disputas electorales. Sus críticos responden con una larga lista de señalamientos. Por un lado, el intento de Chávez de establecer la reelección presidencial indefinida. Por el otro, la acotada aceptación de sus traspiés en las urnas. En 2008, la oposición ganó la alcaldía de Caracas. El “Comandante Eterno” levantó de la nada una administración paralela con su correspondiente presupuesto. Luego, rediseñó las circunscripciones electorales de modo que no se volviera a tropezar tan fácilmente con la piedra de la derrota. Maduro sucedió a Chávez y ganó los comicios por menos de un punto de diferencia. Radicalizar un proceso en esas condiciones de casi paridad fue algo más que un despropósito. En medio del ajuste y el endeudamiento externo, tomó medidas impopulares. La oposición, cuyas credenciales democráticas están lejos de ser inmaculadas, fue por su cabeza. El espacio público se convirtió en el territorio de la puja y el Estado –no podía ser de otra forma– impuso el monopolio de la violencia. Otro fotógrafo, Juan Toro Diez, convirtió en indicios visuales de la deriva política los remanentes del ejercicio del poder que habían quedado en la calle: cascos de balas, cartuchos de gases lacrimógenos, botellas de bombas caseras, clavos. Toro Diez también trabajó con otros objetos de poderosa simbolización del presente: las llaves (dejadas por los migrantes, a estas alturas 3,4 millones), los blisters de los antidepresivos por los que se pagan fortunas en el mercado negro y, a la inversa de lo que hacía Warhol con el detergente Brillo, los envases de leche descremada, arroz, shampoo, convertidos en mónadas pictóricas de la escasez.

Maduro fue derrotado estruendosamente en las elecciones legislativas de 2015. La oposición le dio seis meses de plazo para hacer sus maletas. El presidente decretó la emergencia económica y luego el Consejo Electoral impidió la convocatoria a un referendo revocatorio. De inmediato, el Tribunal Supremo de Justicia consideró que el Parlamento estaba en desacato. Cuando el enfrentamiento político se trasladó otra vez a las calles, con muchos más muertos, se convocó a una Asamblea Constituyente para que se desempeñara como contrapeso de la legislatura. Las negociaciones para buscar una salida negociada nunca llegaron a buen puerto. Unos y otros se reprochan los sucesivos fracasos.

En 2018, Maduro fue reelecto bajo condiciones de inocultable ventaja estatal, apoyado en parte por un votante histórico y sentimental. Compitió contra candidatos testimoniales. Algunos de los dirigentes opositores de peso estaban proscritos y otros llamaron a la abstención. Su nuevo período no podía sino augurar mayores descalabros. Se llegó así a este presente que ya no puede extenderse más. La desafección en lo que queda del chavismo no sólo es de la clase media ni de algunos de sus referentes históricos que rompieron lazos con el “presidente obrero”. Ha penetrado en sectores populares. Maduro todavía tiene base social, pero es difícil saber cuán delgada es la línea que separa el apoyo, con sus contraprestaciones, de la simulación y el cansancio. Las horas que vienen, de carácter decisivo, permitirán revelarlo. Esto vale también para el frente militar. Augusto Pinochet proclamó su adhesión a Allende hasta horas antes del golpe del 11 de setiembre de 1973. Después, se sabe lo que sucedió: fue el converso más cruel.

El conflicto venezolano ha dejado de ser a esta altura solamente nacional para convertirse en una pieza de la administración Trump en sus disputas con China y Rusia por motivos que no son convergentes. Venezuela es, además de su petróleo, su gas y su oro, parte de un objetivo superior de los sectores más retrógrados de Estados Unidos que buscan el completo rediseño político de la región. Esto incluye a Cuba, Bolivia y Nicaragua como pasos siguientes. La reaparición de Elliot Abrams en la vanguardia conspirativa de Washington encarna esos deseos. Y esto nos devuelve al comienzo de este texto, a 1989, cuando al sandinismo, herido por la guerra civil financiada desde Washington (por Abrams, a partir de la venta de armas a Irán), pero también por sus propias lacras internas, no le quedó otro camino que convocar a elecciones. La decisión de dirimir el enfrentamiento a través de las urnas fue en su momento muy criticada por Castro públicamente. Daniel Ortega resultó derrotado, el sandinismo se replegó y controló desde el Ejército la transición. Luego se dividió. Más tarde volvió al poder. Ese sería el mejor camino que podría tomar el chavismo (evitándose los efectos de la transfiguración de Ortega, claro está). Pero a estas alturas, ese escenario parece utópico. Maduro lo rechaza. Prefiere inmolarse y ser fiel a los ancestros. Trump, Bolton, Abrams, Pence y Pompeo quieren otra Venezuela. No sabemos por ahora si se parecerá a la ex RDA, la Rumania o la Checoslovaquia de 1989. ¿Hay que ver los escombros de Irak o Siria como una anticipación de un drama mayor? Lamentablemente, buena parte de América Latina trabaja por estas horas como picapedrera tercerizada. Un posible horizonte de ruinas. Los ojos de Chávez, que se han pintado en tantos edificios caraqueños como gloria panóptica, no pueden ver de tanto polvo en el aire.

 

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