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En los albores de la era cristiana, en cuyos estertores aún sin duda vivimos, Lactancio retomaba de Epicuro —supuestamente— una paradoja que iba a tener una vida larga y prolífica: si Dios quiere eliminar el mal y no puede, es débil, pero los dioses no son débiles; si puede eliminarlo y no quiere, es malo, pero por supuesto que los dioses no son malos. A tal punto no entra la maldad en la idea de Dios, que cuando Descartes se planteó la posibilidad de un ente todopoderoso empeñado en engañarlo, lo llamó “genio”, no dios. La perversión de la razón contemporánea, sugiere la eslovena Alenka Zupančič, es el desenlace descabellado en el que luego de matar a dios y resucitarlo, preferimos que sea malo. Es mejor un dios maligno que sabernos solos en medio de tanto desastre. Y no solo porque, si no, “no dan las cuentas”. Sobre todo porque, si alguien se toma tanto trabajo en engañarnos, nos queda al menos el magro consuelo de que le importamos.
¿Qué estrategias nos damos para seguir adelante a pesar de todo, y en qué difieren —si es que difieren— de los mecanismos que perpetúan lo que nos agobia? En Desentendimiento, Zupančič explora las dinámicas afectivas que nos permiten llevar adelante nuestras vidas pequeñitas más o menos como si nada (énfasis en el “más o menos”), aun en medio de crisis múltiples, entrelazadas, inescapables. Desde el reconocimiento protocolario de la gravedad de la situación hasta sus extremos más negacionistas y conspiranoicos, este es un campo enormemente amplio y variado, lo que marca a la vez la potencia y la principal debilidad del ensayo, porque, aunque Zupančič se ocupa de desmenuzar las diferencias, los cambios de terreno dejan peligrosamente poco situado un argumento que a todas luces busca intervenir en su presente. El foco, en todo caso, está en lo que la traductora de esta edición vierte al castellano como “desentendimiento”, una solución brillante para recrear la marca propia que imprime Zupančič a los conceptos (nunca puramente) psicoanalíticos de Verleugnung y disavowal, resaltando en particular su relación con el conocimiento. Para Zupančič, “desentenderse” es la maniobra de usar el saber para amortiguar el azote de una realidad insoportable. Reconocemos el horror en un plano epistémico (“lo sé bien”, en la fórmula de Octave Mannoni que guía la argumentación) y a la vez nos protegemos del horror en un plano afectivo y práctico para poder seguir adelante (“pero aun así”), como cuando nos viciamos escroleando las últimas barbaridades del mundo para sentirnos informados, conectados con lo que pasa (como que nos “importa”) y a la vez desensibilizarnos y distanciarnos afectivamente no solo de lo que pasa, sino ante todo del hecho también insoportable de que no parece haber mucho que podamos hacer al respecto.
Esta atención simultánea a lo epistémico y lo afectivo es acaso la mayor virtud de Desentendimiento. Permite, por un lado, un abordaje lúcido del lugar paradójico de la ciencia hoy, invocada y atacada a diario en partes confusamente iguales, porque la necesitamos, en fin, pero no alcanza. Y, por el otro, también muestra que necesitamos tanto dejar entrar la injusticia del mundo como atenuar sus estragos sensibles si aspiramos a combatirla. En última instancia, la pregunta de por qué ni el saber ni el sentir están logrando movernos para cambiar el mundo no se responde concentrándonos en dinámicas psicológicas. “Sí, la respuesta es aburrida y predecible”, admite la propia Zupančič: es el capitalismo, las estructuras mayores que nos dejan atrapados en una pesadilla de incendios mientras se incendia el mundo alrededor, tapando el fuego real con el soñado, o el soñado con el real, o ambas cosas al mismo tiempo. Pero acaso percibir mejor esas dinámicas nos permita cambiar la pregunta y, tal vez, empezar a distinguir cuál es el incendio que todavía podemos apagar.
Alenka Zupančič, Desentendimiento. Una forma perversa de la razón en la crisis permanente, traducción de Candela Potente, Caja Negra, 2026, 104 págs.
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