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En la ciudad de Cambridge, en las décadas del ochenta y el noventa, se decía que una de las vecinas de mis abuelos había sido amante del escritor británico Graham Greene. Mi memoria de ella es la de una señora con maneras gentiles, ojos que brillaban de inteligencia y mucha amabilidad para el niño de ocho a once años, originalmente de Hong Kong, que pasaba los fines de semana con sus abuelos, liberado de su colegio de pupilos para el descanso semanal. Lo menciono porque las frases anteriores, casualmente, parecen reunir muchos de los temas que asociamos con el universo de Greene; está la escena profundamente británica de las relaciones vecinales y chismosas en la ciudad venerable de Cambridge (ni hablar del colegio de pupilos), el subyacente colonialismo del niño del Oriente, la religión de mis abuelos (católicos devotos) y, por supuesto, la sugerencia titilante de escándalo y pecado que trae la relación rumoreada entre la vecina y el escritor. Si agregamos un par de factores más, demasiado sofisticados (por suerte) para el niño del párrafo anterior, como la melancolía y corrupción inherentes a la condición humana, llegaríamos a lo que W.H. Auden describió como el grahamgreeneish: un universo prolífico y muy distintivo de prosa en distintos géneros, más influyente que imitable.
Esta nueva publicación de Fiordo es un agregado menor que consiste en dos diarios que el mismo Greene describió como “africanos”, aunque en rigor solo uno de ellos registra su viaje en barco a África desde Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial. Por razones misteriosas, Greene decidió ordenar los diarios al revés: primero aparece la visita al Congo de 1959, el grueso de este volumen delgado, y después el viaje marítimo de 1941.
He escrito “menor”, pero eso no quiere decir que el volumen carezca de tesoros. El diario del Congo es particularmente notable para los lectores contemporáneos. En nuestros días de internet y talleres de escritura (cuando no carreras universitarias), la noción de que un escritor viaja a un país lejano a visitar una colonia de leprosos solo para investigar su próxima novela resulta extraordinaria. Y la sinceridad con que revela su proceso, con notas al pie posteriores en las que aclara qué eventualmente quedó en la novela, qué se descartó y qué se cambió, es igualmente interesante. Y eso que no contamos el contexto; Greene escribe con curiosidad y compasión genuinas sobre la gente que encuentra en su viaje: los leprosos (muchos dañados permanentemente por su afección), los curas, las monjas y los médicos que los cuidan, los oficiales coloniales belgas (en un momento en que el imperialismo europeo está llegando rápidamente a su fin), los paisajes, las costumbres y escenas de las ciudades, los ríos y las selvas africanas; todo está retratado, en notas sueltas pero muchas veces deliciosas, con el ojo de un gran novelista. Por supuesto, como todo el mundo sabe, Greene tampoco fue un santo. Son innegables el tono paternalista y la simpatía por el proyecto colonial (aunque con sus reparos: es interesante comparar esta simpatía con su rechazo enérgico del imperialismo estadounidense), también la mirada masculina y la lascivia que se presenta a veces en todo su esplendor. Efectivamente, nuestro autor era un hombre con defectos, pero no es menos fascinante por eso.
El segundo diario tiene menos peso psicológico y filosófico, ya que fue escrito por un diarista casi veinte años menor, pero también refleja el talento del novelista (a comienzos de su carrera) para captar los personajes de la tripulación, los pasajeros y la atmósfera de un barco que navega por aguas peligrosas, una tensión (y excitación) palpable con momentos de patetismo, humor, bathos y cinismo. En fin, la típica mezcla grahamgreeneish.
Graham Green, En busca de un personaje, traducción de Inés Caro, Fiordo, 2026, 120 págs.
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