Un programa (posible) para la filosofía futura. Una conversación entre Juan Mattio y Federico Romani
¿Qué estamos viendo, si no es cine argentino? Sería una pregunta lógica después de encontrarse con el título del libro de Abel Posadas. Antes podríamos preguntarnos quién es este tipo que lanza con tanto ímpetu semejante declaración: el cine argentino se fue sin decir adiós. Lo mismo se pregunta Fernando Martín Peña en el prólogo, al encontrarlo citado por Gustavo Cabrera en un libro sobre Hugo del Carril: “¿Quién es Abel Posadas?”. Una figura fantasmal de los espacios de escritura sobre cine, tanto que al principio lo confundió con un homónimo —que también escribía sobre cine en revistas, pero no era el citado por Cabrera—, hasta que dio con el verdadero y quedó deslumbrado: “Era evidente que Abel Posadas pensaba solo, no estaba en ninguna troika, no le importaba quedar bien con nadie. Ese gesto insolente era —y sigue siendo— rarísimo en el panorama local de la escritura sobre cine, que suele ser casi municipal en sus consensos y camarillas. Pero había algo aún más interesante: en ese momento era raro encontrar un autor que se entusiasmara con el cine argentino con la misma intensidad que con el extranjero”. Sin duda, el motor de la escritura de Posadas es la polémica. Él mismo lo deja claro en la entrevista que da cierre al libro: “Polemizar, siempre. Si no, tampoco tiene mucho sentido escribir. Acá hace mucha falta la polémica”.
Primera recopilación de sus textos publicados en revistas entre los setenta y los noventa, El cine argentino se fue sin decir adiós reúne su participación en publicaciones dedicadas al cine y la cultura, como Cine en la cultura argentina y latinoamericana o Crear en la cultura nacional, y en revistas políticas, como Envido o Unidos. Es, en principio, un viaje. Un recorrido por distintas etapas, momentos y personajes que configuraron parte de la historia del cine argentino. Lo marca un gesto, si se quiere, académico —el de dar una suerte de orden—, pero está dinamitado por el estilo del ensayista. El tono ácido, con un humor construido sobre frases filosas, rompe con todo protocolo de escritura academicista. Se nota la pasión. Montado sobre una prosa contundente y un ferviente sentimiento peronista, despliega un recorrido desde el cine silente, pasando por las producciones de Argentina Sono Film, Lumiton, el cine de Manuel Romero, Homero Manzi y Artistas Argentinos Asociados, Leopoldo Torre Nilsson, Fernando Ayala y David Viñas, el cine argentino durante la dictadura militar, el alfonsinismo, el menemismo y lo que vendrá después.
Se podrá discrepar acá y allá con alguna visión, por supuesto, pero es innegable que se trata de un autor que dice lo que siente y no se calla nada. Desde caracterizar a Leopoldo Torre Nilsson y Enrique Carreras de bufón y payaso —respectivamente— del circo oficialista del onganiato y su cine “nacionalista”, hasta preguntarse, sobre La historia oficial, “¿Cuántos de entre los 889.940 espectadores que vieron el filme entre abril y diciembre de 1985 habían estado en aquella Plaza de Mayo convocada por Galtieri? ¿Cuántos ignoraban —si esto es posible— lo que había ocurrido en la Argentina y vivían como la profesora Alicia?”, pasando por describir al actor Alberto de Mendoza como un ser “tan expresivo como un carozo de durazno”, o inferir a través de la película El candidato que “puede comprobarse con claridad que Viñas no sabe qué es un ser humano”.
La hipótesis que merodea el conjunto es que, de algún modo, el cine argentino se fue yendo sin que nos diéramos cuenta. Una industria que casi nunca pudo hacer pie firme, de crisis en crisis, con los vaivenes de la política, la economía, los modelos de producción o la censura, y el dilema eterno de que, en el fondo, lo que faltan son financistas. Si alguna vez hubo algo parecido a una industria cinematográfica argentina, con la dictadura empezó a partir sin decir adiós: un plano en cámara lenta, asfixiante y desolador. “Si la partida de defunción del cine fue extendida por el radicalismo una vez que la dictadura militar la redactara, el menemismo se encargó de ponerle la firma. Y eso es, señores, todo lo que queríamos decir de una manera sintética por el momento”. La clave, según el autor, fue el desmantelamiento en la distribución y exhibición de las producciones nacionales, junto con esa relación siempre ambigua que tienen el público argentino y la crítica con su propio cine. Palabras que siguen resonando, casi literales, al día de hoy.
¿Qué cine se produce en la Argentina en la actualidad, si no es cine argentino? ¿Qué fue, entonces, el Nuevo Cine Argentino? ¿Qué hicieron —y siguen haciendo— Martel, Rejtman, Caetano, Puenzo, Trapero, Bielinsky, Berneri o Llinás? ¿Qué cine es el de Sorín, Szifrón, Campanella, Carnevale o Stagnaro? ¿Qué estamos viendo cuando, en el mejor de los casos, vamos a una sala o, en el peor, le damos play en alguna plataforma extranjera a una película que dice ser hecha en la Argentina, si no es cine argentino? ¿Qué cine es, entonces, el cine hecho en la Argentina? Preguntas que surgen de la lectura. La polémica tiene ese poder: despierta la duda, la inquietud, nos hace repensar hasta lo que parece obvio, porque no lo es. No se puede pretender respuestas a estos interrogantes, claro, al menos no certezas, aunque sería interesante saber qué tendría para decir al respecto un tal Abel Posadas, acaso un fantasma que acecha a otro: el del cine argentino.
Abel Posadas, El cine argentino se fue sin decir adiós. Escritos reunidos, Taipei Libros, 2025, 324 págs.
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