Los vencedores
¿Qué operación ideológica se consuma cuando el Estado o el capital pronuncian la palabra “cuidado”? En Las artimañas del cuidado, Bonaventure Soh Bejeng Ndikung desmonta la benevolencia institucional no como mera negligencia, sino como un dispositivo de sujeción. Ndikung (nacido en Camerún, radicado en Berlín, biotecnólogo y actual director de la Haus der Kulturen der Welt) no escribe desde un diagnóstico abstracto; ejecuta una autopsia del lenguaje para señalar una torsión: capturado por la lógica mercantil o por el cálculo gubernamental, el cuidado deja de resguardar la vida y pasa a administrar su desgaste en un régimen de escasez planificada.
Ndikung abre el texto con un verso de Bob Marley, que reformula aquella célebre máxima histórica atribuida a Lincoln, a modo de divisa: “A veces podés engañar a una persona / Pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo”. Lejos de la cita decorativa, la frase fija una epistemología del recelo. La llamada “economía del cuidado” funciona con frecuencia como una maquinaria tecnocrática que “genera la necesidad de cuidado para, acto seguido, ofrecerlo, como una sofisticada forma de cosmética”. Lo que se denuncia no es la ausencia de auxilio, sino la invención metódica de la carencia, indispensable para legitimar los aparatos que dicen resolverla.
El planteo dialoga con la radicalidad de pensadoras como María Puig de la Bellacasa, para quien cuidar es una praxis material antes que un valor abstracto. Ndikung traslada la sospecha al corazón del poder institucional: “¿Qué significa el cuidado en un sistema constituido y estructurado en torno al lucro ilimitado?”. La respuesta es categórica: el Estado moderno suele operar bajo la fórmula del “no cuidado como medida de cuidado”. El análisis desborda el marco de la ayuda social para rozar el núcleo del biopoder: proteger exige delimitar, blindar al sujeto productivo y arrojar al resto a la intemperie.
El ensayo gana tensión cuando desmantela la asimetría entre quien cuida y quien es cuidado. Al evocar a su madre, Ndikung elude la elegía sentimental y rescata un modelo de soberanía donde la reciprocidad no es transacción, sino un “sistema mediante el cual se le da poder al otro para que uno también pueda ser feliz”. El poder, bajo esta óptica, no se retiene: circula como condición de posibilidad comunitaria. Esta interdependencia quiebra la lógica patriarcal de tutelaje, la misma que el autor rastrea en la industria de los opioides, donde el tratamiento médico está diseñado para cronificar la sujeción del paciente a su propio dolor.
Esa trama adquiere una resonancia áspera en el mapa argentino contemporáneo. Al observar el quiebre del tejido asistencial local (de la interrupción en la provisión de fármacos oncológicos al vaciamiento de los comedores populares), queda claro que el desamparo no responde a la inercia burocrática, sino a una técnica disciplinaria. No estamos ante una retirada del Estado, sino ante su presencia más punitiva: la crueldad por omisión deliberada, calculada para forzar la autogestión biológica de la supervivencia.
Frente a esa intemperie, la quilombagem (noción que Ndikung recupera de las fugas cimarronas para pensar la autonomía comunitaria) abandona el archivo teórico y describe el pulso cotidiano en las barriadas y el conurbano. Las redes sostenidas mayoritariamente por mujeres no cumplen una función asistencial delegada: ejercen soberanía territorial y construyen tramas donde la existencia propia es impensable sin la ajena.
En ese cruce se asienta lo que Ndikung define como una “curaduría vital”: desplazar el término de su acepción museística y devolverlo a su raíz etimológica (curare, velar por el cuerpo) para pensar cómo resguardar la vida sin domesticarla. Una práctica que no esquiva el sabotaje: “Tal vez, entonces, gestionar una institución o hacer curaduría dentro de las entrañas de la bestia consista en poner en marcha procesos que desencadenen una diarrea o aceleren su curso”. El gesto es taxativo: el cuerpo no es leña para alimentar la caldera del rendimiento.
Las artimañas del cuidado rehúye las fórmulas de autoayuda y el voluntarismo progresista. La sentencia que Ndikung recupera de la tradición africana (“mi mañana será buena si tu noche ha sido buena”) no es una consigna bienintencionada, sino una constatación material. En un clima que busca mercantilizar hasta el último vestigio de empatía, el libro editado por Libretto opera como un artefacto de resistencia: la advertencia lúcida de que ninguna comunidad sobrevive administrando su propia intemperie, sino asumiendo el destino ajeno como una urgencia propia.
Bonaventure Soh Bejeng Ndikung, Las artimañas del cuidado, traducción de Matías Luque, Libretto, 2026, 152 págs.
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