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Los nuevos demonios

Simona Forti

TEORÍA Y ENSAYO

Si hubiera que regirse por la errática señal que da el título, sin duda muchos pasaríamos de largo de este libro. La invitación a “repensar hoy el mal y el poder”, como reza la tapa, parece un convite a adentrarse en las cavernas hedonistas de la metafísica, cuando no un llamado moralizante a erigir frentes de cara a lo que ha sucedido y sigue sucediendo en el campo político. Como si el mal fuera algo en sí y se lo pudiera apresar y dejar ahí, disponible al menos como objeto teórico. Como si se debiera identificarlo sin más con el poder o los poderosos, vociferando desde el cotorreo cómodo de los que se indignan. Pero no hay aquí nada más errado que esa presunción. En cada página de este ensayo, Simona Forti desmiente lo que parece decir su título, con una contundencia y claridad que hasta tienen la virtud de despertar la sospecha en el lector: ¿en serio se puede volver a Kant, Heidegger, Nietzsche, Arendt y Foucault para decir algo propio, y justamente sobre el mal?

El libro parte de la hipótesis de que la filosofía occidental —y quizá más aún el sentido común— ha pensado y continúa pensando el mal dentro de un marco que Forti llama “paradigma Dostoievsky”. Como si viviéramos en los escenarios argumentales de Los endemoniados, en ese paradigma se fusionan mal y poder, se traza una línea divisoria entre un sujeto absoluto —el que somete— y su víctima, reducida a pura pasividad, inerme frente al ejercicio excesivo del otro. De un lado, los malos muy malos, que harían el mal ya sea por mostrar su libertad, su estado de confusión, su irracionalidad o su carácter de engranaje del nihilismo. Del otro lado, los buenos des-poderados, las víctimas mudas, los que sufren sin participar, los corderos sacrificiales de la técnica, la mala intención o la decadencia de Occidente. Pero este paradigma, tranquilizador y binario, debe ser revisado. Ni siquiera abandonado, porque no es que no haya perpetradores y víctimas, ni que haya que superar con banal alegría la distinción entre bien y mal. Hay que revisarlo porque deja de lado otro paradigma, presente para Forti también en Dostoievsky —esta vez, en Los hermanos Karamazov— y pespunteado en los escritos de Arendt, Foucault, los disidentes del Este y, sobre todo, Primo Levi. Este segundo paradigma (esta “herencia”) asume que, en lugar del cómodo dualismo, hay una inmensa zona gris —la de los normales, los conformistas, los que piden seguridad y ofrecen obediencia— que está en el núcleo mismo del engranaje del “mal” político. Esa zona gris, la de los que van a defender su vida y su bienestar como sea, hace del mal, antes que una sustancia apresable, antes que una relación de dos, un trío, un complejo de pequeñas y cotidianas abyecciones, miradas hacia otro lado, negaciones o puro deseo de esos placeres menores que, al fin y al cabo, no otorgan visibles culpas ni llegan a configurar delitos. Hay que ver todo esto antes, dice Forti. Ver el entramado de conformismo y tolerancia que aparece antes de que pueda darse la escena del perpetrador gozoso y su víctima desnuda.

Los nuevos demonios es un texto de filosofía; incluso de esa filosofía que parece sugerir que la miseria tiene cara de hereje y que ella sí puede darse el lujo de ir más allá del reclamo de pan y vivienda. Y sin embargo no hay en sus páginas una erudición despreocupada, sino la lucidez de recoger el guante de la necesidad de un nuevo esbozo de ética individual como una cuestión eminentemente política.

Simona Forti, Los nuevos demonios. Repensar hoy el mal y el poder, traducción de Aníbal Díaz Gallinal, Edhasa, 2014, 496 págs.

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