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MÚSICA

El singer-songwriter (el cantautor, bah) que se acompaña al piano no es una especie tan común como lo fue en la década del setenta. Su supervivencia está garantizada por los veteranos y por figuras más recientes como Rufus Wainwright (cuando se recuesta en él, como en su excelente presentación en Buenos Aires de 2013), Ben Folds o Regina Spektor.

En Argentina, además de la continua provisión de Litto Nebbia, Rodolfo (2007) de Fito Páez (no casualmente, su mejor disco de la última década, aunque no presentó mucha competencia) funcionó en el nivel mainstream como clausura de la tradición en la que la parte de piano era indisociable de la canción (cf. “Desarma y sangra” de Charly García, no tan compleja como Páez cree o quiere hacer creer). Tampoco se lo escucha mucho en la escena independiente, con excepciones puntuales como Marcelo Ezquiaga, aunque su último disco no sea el ejemplo más claro.

El debut del canadiense Tobias Jesso Jr. llama la atención por cómo se afianza en la balada de piano preponderante en la primera mitad de los setenta, pero también por la coexistencia de un songwriter destacado con un pianista discreto. Es curioso que el álbum comience con la rústica coordinación de manos de “Can´t Stop Thinking About You” (el primero de varios títulos de canciones reciclados) en un piano vertical levemente desafinado.

Guitarrista y bajista, Jesso (de 29 años) aprendió por su cuenta el piano hace tres años. Y se nota en la manera en que hilvana un bajo con la mano izquierda mientras exhibe una melodía con la derecha, o en la tendencia a parafrasear el tema de Cheers. Mucho mejor le va acompañándose, aunque la facilidad para el uso de inversiones y demás posibilidades armónicas del instrumento le son ajenas.

En ese display de ingenuidad, Jesso y sus productores (Ariel Rechtshaid, asociado de Vampire Weekend, el ex Girls Chet “JR” White y Patrick Carney de The Black Keys) terminan de demoler (¿involuntariamente?) la idea del pianista virtuoso que hace pop; un malentendido que valora intrínsecamente más el arpegiar un acorde en un teclado que en una guitarra: aunque obviamente muy por encima de Jesso, ni Elton John ni García son virtuosos. Ni falta que les hizo.

La clave del disco de Jesso, sencillamente, está en sus canciones. Aunque es formalmente un álbum de ruptura, el autor no se toma tan en serio como para ser catalogado como baladista confesional (“Mi nena ama verme llorar, buh uh uh”, pavea en “Crocodile Tears”, con el solo de guitarra de alguien que jamás podría haber sido sesionista en 1975), al punto de haber titulado la colección Goon.

Jesso no cubre sus huellas. Las deudas con el McCartney de discos como Red Rose Speedway (1973) es admirablemente grosera, alcanzado por su mímesis, canto incluido, un uno-dos asombroso en “Can We Still Be Friends” (casi el mismo título de una balada de piano perfecta de Todd Rundgren, versionada libremente por García) y en “The Wait”, una de dos canciones llevadas por guitarras, con un arpegio del Paul Simon modelo 66.

La intro de “Just a Dream” parece levantada de “Short People” de Randy Newman, de los pocos temas de Newman que Jesso debe poder tocar. En “Leaving LA”, otra parte de piano rudimentaria alterna de manera modular con lo más elaborado del Brian Wilson de Friends (1968) y un refrán derrotista y a la vez luminoso. Un giro melódico de Nilsson por aquí, una crudeza a la Lennon por allá, redondean Goon,construido sobre la paradoja de mucho del mejor pop: derivativo y a la vez irresistible.

 

Tobias Jesso Jr., Goon, True Panther, 2015.

23 Abr, 2015
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