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El mal menor

C.E. Feiling

LITERATURA ARGENTINA

El mal menor, de C.E. Feiling, una novela publicada por primera vez en 1996, se reedita ahora con un prólogo de Luis Chitarroni. Feiling era profesor, periodista y traductor. Una inopinada leucemia se lo llevó muy joven, dejando un libro de poemas, tres novelas completas, una inconclusa y un corpus de artículos y ensayos de crítica literaria donde desplegó toda su agudeza.

Desde ya adelanto que voy a ser parcial, sesgado e inequitativo para inducir a la lectura de esta formidable pieza narrativa. Y tanto más tratándose de una novela de género. Hay un viejo adagio teatral que falsea una máxima: “Hacer reír es más difícil que hacer llorar”. Es probable. Pero les aseguro que asustar es mucho más difícil que hacer llorar.

El tema es la guerra entre el bien y el mal. Pero lo novedoso es que el campo de batalla se despliega en una Reina del Plata por demás reconocible. Acostumbrados a que las fechorías sucedan en Carfax, Dunwich, Hill House o el Hotel Overlook, vemos que aquí el horror empieza por contaminar los barrios de San Cristóbal y San Telmo. El destino del género humano se juega en una partida bien canyengue que congrega a magos experimentados y aprendices de brujo, pero también a algún que otro tahúr, y carga a las callecitas de Buenos Aires de un no sé qué pendenciero, sombrío y fatal.

El argumento es simple: en un edificio que aún hoy existe en la avenida Independencia se abre un portal entre la pesadilla y la vigilia. Inés, la protagonista, y Nelson Floreal, un tarotista uruguayo, deben aliarse para combatir las acechanzas de la oscuridad. A partir de allí, el vértigo no cesa y se suceden los solapamientos oníricos, el trasegar de entes malignos y la progresiva corrupción de lo siniestro. Y todo cierra con un sprint memorable, que deja sin aliento.

Feiling sabe muy bien lo que hace. Se lo puede adivinar con una sonrisa zumbona mientras dibuja el molde, corta las piezas, las hilvana, las examina y las remata con un moño tremendo. Con sutiles alardes de erudición y mucha sabiduría de café, se las ingenia para componer una genial historia de terror urbano. Y aquí quisiera detenerme. En el prólogo, Chitarroni nos advierte que estamos frente a una verdadera novela de terror. Y el énfasis respecto de la autenticidad en la adscripción al género no podría ser más apropiado. El mal menor es una ficción de terror, es decir, una historia cuyo cometido primordial es asustar y no otro, en la que el miedo trabaja como pátina que corroe lo cotidiano hasta hacerlo ominoso.

Planeado y perpetrado con minucioso detalle, el juego se abre con dos epígrafes bien disímiles. El primero, de Apuleyo y en latín, pone el foco en la veracidad que le otorgamos a quien nos refiere una historia fantástica, más precisamente, una malograda invocación demoníaca. El segundo, en inglés y de Stephen King, deshoja la historia de un anciano hostigado por el recuerdo de una manifestación diabólica sucedida en su infancia. La conjunción de ambos nos adelanta que la dualidad entre la luz y la oscuridad se habrá de relatar en El mal menor disputando el criterio de verdad, por un lado, e interrogando la solidez de la memoria, por el otro.

Los sutiles cambios de la voz narradora, que agravan la sensación de anomalía y desarraigo, no deben extrañarnos en Feiling, quien era un alquimista que ponderaba el peso específico de las palabras; un cabalista que, mediante permutaciones propicias, lograba comunicar lo inefable, el miedo, que, según dice Stephen King en Danza macabra (1981), “a veces surge de una penetrante sensación de inestabilidad […] de que hay cosas que están fuera de su sitio”.

C. E. Feiling, El mal menor, prólogo de Luis Chitarroni, La Bestia Equilátera, 2021, 248 págs.

23 Dic, 2021
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