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Esa sal en la lengua para decir manglar

Silvina López Medin

LITERATURA ARGENTINA

“Vivere ardendo e non sentire il male, / e non curar ch’ei che m’induce a tale”, dice Gaspara Stampa en sus recordadas Rime. En este dístico, aquella poeta de versos trágicos y a la vez sutiles condensa y abre a la posibilidad de una ética de la escritura inherente al poema para el cual es la intensidad, no la retórica o la preceptiva, lo que guía su decurso y su puesta en acto. Hablamos de intensidad como una forma de respirar y, por qué no, de arder en la escritura, y de la escritura como una forma de ardor y de respiración; de la poesía en tanto emplazamiento que convoca esos signos sensibles. Esa sal en la boca para decir manglar, último libro de poemas de la argentina Silvina López Medin, dispone desde el título una apertura a esa constelación sensible, y lo hace desde cierta extrañeza en el lenguaje. Recupera un resto de la tradición lírica castellana ―el título es un verso alejandrino clásico― y con la misma iteración introduce una diferencia. Es en este gesto donde radica el interés de la poesía de López Medin. En un modo singular de decir desesperación ―“y esta es una forma de desesperación / la uña que raspa / en busca de la punta”,dice en uno de los poemas―, de recordar y nombrar lo que sale a flote en la escritura, casi siempre fuera de foco. De exponer las palabras a su impropiedad constitutiva, con lo que el poema se vuelve diálogo infinito.

El manglar, dice la botánica, es un bosque pantanoso donde tiene lugar un encuentro, siempre inestable, entre el agua de mar, salada, y el agua dulce de río. El cruce de aguas obliga a los inmensos mangles, cuyas raíces permanecen en la superficie, a adaptarse a los diferentes ciclos de una marea alternativamente más o menos salada, más o menos dulce, dotando al ecosistema de una inusual plasticidad. López Medin recurre a la figura del manglar para dar cuenta de las tensiones y las dificultades que acompañan al que escribe. La necesidad de hacerse de un cuerpo entre las palabras, con su fisiología y sus intensidades particulares, pareciera ser la tarea y, si se quiere, el conato más adecuado para hacer pie en una topografía que nunca termina de ceder en su hostilidad. Algo que se enuncia sin ambages en un pasaje de “La conversación”, tal vez uno de los poemas más potentes del libro: “Había memorizado / las formas de encajar / el cuerpo en las palabras / cómo hacer un relámpago / de una mínima risa / incrustar cada tanto / el nombre propio / en busca del punto firme / de la piedra / donde comienza el salto a la otra orilla. / Había hecho todo / pero todo / fuera de ritmo / como quien ve un cartel que señala / una montaña y piedras / piedras que caen, / no sabía detener ese derrumbe”.

Esta es una poesía que convoca la llegada a la escritura, el diálogo a menudo desesperado ―como dijo Paul Celan en su “Discurso del meridiano”―, en tanto experiencias de un no saber detener el extraño derrumbe que a menudo el poema desata en la lengua. Un habla oblicua, allí donde las palabras, siempre inadecuadas al decir, horadan los significados y las identidades fijas. En estos resquicios, en sus opacidades y ardores secretos, López Medin alza, con la resistencia y la paciencia de esos árboles grandes y añosos, su propio manglar.

 

Silvina López Medin, Esa sal en la lengua para decir manglar, Ediciones del Dock, 2014, 64 págs.

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