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Adiós al lenguaje

Jean-Luc Godard

CINE y TV

Ciertos cineastas se destacaron por usar de un modo no trivial el recurso del 3D. Herzog lo hizo en calidad de espeleólogo para volver palpables los más antiguos restos documentados del arte rupestre; Wenders, para subrayar la dramaturgia espacial de las coreografías de Pina Bausch. Más ligado al aquí y ahora del malestar europeo, Godard filmó muchos tramos de su última película ensamblando dos iPhones con cinta adhesiva, y utilizó el 3D resultante no tanto como un dispositivo ilusionista sino como una máquina de confusión. Si desde siempre sus películas han sido perceptualmente exigentes, esta última llega a ser abrumadora. Encuadres aberrantes, escorzos exacerbados, planos muy cortos que son una forma del aforismo, cuando no del haiku, audiovisual. Lo que se demanda del espectador no es tanto un esfuerzo intelectual como una disposición poética y, tal vez como condición de esta última, una atención parejamente flotante.

Mientras el montaje astilla la diégesis, en la banda de sonido rigen la asincronía y la desagregación. Como otras veces, el trabajo sobre lo sonoro no excluye lo musical: introducciones de obras orquestales reconocibles —Beethoven, Sibelius, Schönberg— se escamotean no bien comienzan a sugerir un énfasis o a evocar una atmósfera. En particular, se descontextualiza el redoble inicial de la Marcha eslava de Tchaikovski y, arrancándolo del tópico, se lo transforma en una suerte de leitmotiv wagneriano. En lugar de insistir con Pärt, Bjørnstad u otros compositores asociados al sello alemán ECM, Godard nos da a conocer retazos de la música del georgiano Giya Kancheli y de la búlgara Dobrinka Tabakova.

Entre tanto, reencontramos en Adiós al lenguaje aquella poética de la compasión que informa el estilo tardío del autor, retornando sobre una sensibilidad que ahora excede los límites humanos y se extiende sobre lo animal. Mientras el film reivindica la animalidad de la mano de Derrida y de la octava Elegía de Duino, constantes raccords giran en torno a la mirada de un perro, tal vez el verdadero protagonista del film. Sin recalar en el melodrama, la dramaturgia se detiene sobre la incomunicación abúlica de una pareja que no puede resolverse a tener hijos. El diálogo espasmódico entre la mujer casada y su amante, Godard lo construye, a la manera de David Markson, mediante un montaje de citas recogidas del montón de escombros de la alta cultura. Todo ello hace a su prolongado esfuerzo por llevar al cine los estratos de la Gran Historia. Así, en el discurrir de los fragmentos, asoman los cristales del tiempo: con insistencia admonitoria, Godard incrusta destellos —teatrales, sonoros— de la violencia fascista en la Europa light del siglo XXI u ofrece al espectador la fantasía de observar la literal pluma de Mary Shelley redactando Frankenstein junto al lago de Ginebra.

El film comienza señalando que quienes carecen de imaginación se refugian en la precariedad de lo real. Con ese epígrafe, que refleja fielmente el tono de la obra, Godard renueva, a los ochenta y cuatro años, su relación partisana con el sentido común, al que le sigue tendiendo una y mil emboscadas.

 

Adiós al lenguaje (Suiza, 2014), guión y dirección de Jean-Luc Godard, 70 minutos.

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