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Hombre de Cristina

Washington Cucurto

LITERATURA ARGENTINA

Si desde mediados de la década de 1980 un puñado de poetas cambió sustancialmente la dicción de la poesía argentina e incorporó paisajes y tipos que sus predecesores habían ignorado, también propició el inaudito ingreso del Negro en nuestra cultura letrada. El Negro Argentino no es negro ni mulato, claro; es el medio mestizo de barrio cachuzo que a la población blancófila le gusta llamar Morocho o Cabeza. Lo que define al Negro es ser parte de la Negrada. De los poetas que hoy hacen de su negrismo reto y lírica desentumecida, Washington Cucurto es el Negro por antonomasia. Se asume y ostenta como Negro efímero e intratable, incluso como orangután. Cucurto no es seudónimo ni heterónimo de Santiago Vega: es su acción poética. En la continua fantasía afroamerindia de su obra, desde La máquina de hacer paraguayitos (1999), ese que dobla el lomo en un supermercado, se conduele de un padre vendedor ambulante, lee, elogia, insulta, fornica, se fuma, canta a un sinfín de personajes y transfigura bailanta de estrás, pensión descascarada y barrio enmugrecido en Broadways genitales, ¿es el Zelarayán de un trópico conceptual, un groncho baudelaireano? No se sabe. Cucurto es la identidad desbaratada. Porque si su lenguaje no tiene una música genérica, si parte de la palabra más rasa, se come por igual a los Lamborghini y a Rubén Darío, a Pound y a Rodrigo, y es tan plástico que puede pensar todo lo que le sale al paso, y con el pensamiento desatado alcanzar la medular volubilidad de las emociones. Sociocultivados juiciosos y militantes K descontarían que Cucurto es kirchnerista. Pero no: “Se vienen tiempos de organización, / tiempos jodidos y jibarizados. / Tiempos en los que no participaré… // Los militantes de hoy / nietos de desaparecidos, / de intelectuales, de profesores, / Urondo, Haroldo, Rodolfo, Roberto /, Miguel Ángel, esperan su momento de reformulación… / El mundo pequeño de la historia de este poema / está atareado, sucio y maloliente”. Sin embargo, Cucurto se declara Hombre de Cristina… “por esa tristeza evidente –que nadie ve– / en los ojos, en el brillo, en las lágrimas internas / de esa mujer”. Su Cristina es tan lábil, tan locamente performática como él, y él la adora. La moral cívica del amoral Cucurto es la anarco-poesía. Vocativos, exclamaciones, fraseo cortante, arritmias, sintaxis clara y diccionario sin límites: montando en pelota el legado más preciosista, Cucurto hace a Cristina mami nutricia, Gilda y Afrodita, fuente de piedad y por lo tanto de esperanza: “OH, CRISTINA, te necesito… / Cómo me gustaría correr hacia tus brazos / para que me acaricies la cabeza como a un perrito… / en vez de andar así, bajo este sol infinito que no deja de quemar ni de noche / comprándome todas tus figuritas, CONSUMIÉNDO-TE, / MORDIÉNDO-TE / CHUPÁNDO-TE, / TE TE TE … / comparándote con todas las morochas de la calle, relojeando tus ojos en sus ojos / tus tetas en sus tetas, / buscándote con la misma esperanza, delirio, anhelo de un cartonero…”. Cristina es para Cucurto el sostén del deseo sexopolítico: beligerancia amarga, sed de ser Historia, desaliento, ternura folletinera, pop rutilante, pragmatismo sagaz, osadía y decisión: todo lo que el capitalismo sostenible quiere extenuar en los estómagos excedentes para que no incordien más. Es en balde preguntarse si la Presidenta se asumiría como causa perfecta de un tipo de ardor que no provocó ni Evita. Cucurto es demasiado autonomista: tanto como odia al capital mortífero confía poco en la imaginación redentora de las columnas del Estado. Pero uno lee este libro no sólo para refugiarse de la estruendosa pantomima electoralista; lo lee para entender cómo es posible ser una invención y tan espantosamente sincero.

 

Washington Cucurto, Hombre de Cristina, Vox, 2013, 72 págs.

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