LITERATURA ARGENTINA

Compuesto de treinta y tres poemas, reunidos en dos partes (Irse, con treinta y dos piezas, y No tenías por qué saberlo, la más extensa y narrativa), el reciente libro de Daiana Henderson nos lleva a recorrer esa zona de lo cotidiano en la cual, gracias al tono, la vivencia de lo doméstico es íntima y no intimista.

Aquí el tono insufla la obra entera y abre para sí y para los lectores un lado tierno y fulgurante de lo próximo, aunque no sin desgarramientos. El uso constante de la segunda persona (incluso en segmentos en los cuales la voz pareciera dialogar consigo misma, por espejo) es la apoyatura principal para decir, como si el poema sólo pudiera hacer su camino sosteniendo la palabra hacia el otro. Y no importa quién o qué es ese otro, como lo demuestran los versos dedicados al color magenta (“Manos audaces te liberan / de tu estado de gas compacto / e impregnan una esquina del mundo / con tu impronta sensual”), ya que según se avanza en la lectura uno se da cuenta de que si en algo se está adentrando es en la insondable cercanía de los seres y las cosas.

Nada de lo lindante merece ser obviado. En cada presencia, en cada mirada se desfonda aquello que creíamos impenetrable (“los objetos que desde la tarde / se cargaron con la energía de la luz artificial / ahora irradian, en lo oscuro, sentimientos ajenos”). Es acá donde se produce el desgarramiento al que hacíamos referencia. Ingresar al abismo tiene su precio y la experiencia de visitar a una persona amada en su lecho de muerte finaliza con una pregunta en lugar de una certeza: “A quién le estuve hablando / esa tarde definitiva para mí?”. A su vez, el encuentro en un colectivo con un amor del pasado se convierte en una lejanía irremediablemente corporal: “El amor que perdí / está entrando al monte y a la noche. / Casi lo escucho respirar. / Está muy cerca de mí / paradójicamente”.

Gran parte de los textos recogen, mediante una narración límpida, sucesos del día a día, hasta encontrar en ellos una imagen que, más que descifrarlos, los perfora, los proyecta en otra dimensión. Así, la relación entre narración e imagen se equipara a la de la corriente y el oro. Porque es en el curso claro, en esa fuerza presente pero diáfana, donde el oro alcanza bajo la luz su máximo esplendor. Lo atestigua el poema en el cual, tras un largo raconto de hechos, sensaciones y conjeturas destinado a una interlocutora, hacia el final la voz se funde con el hallazgo de su propia sensibilidad: “Creo que si cierro los ojos / desaparezco. / No sé dónde estás pero te quiero / te quiero. / Todas esas veces que estuvimos / bajo el mismo techo sin hablarnos. / Vos sabés, no? Estábamos juntas”.

En algunos trechos del recorrido el tono alcanza centros de irradiación concentrados y definidos, donde la extensión hacia lo ajeno contiguo queda más expuesta en su hundimiento. Se trata sobre todo de poemas en que el diálogo es con seres supuestamente sin lenguaje (pájaros, gatos, lobos). Leamos: “Ey, pájaro de la montaña / sé que desconfiás de mí / y te resistís a aprender mi idioma / pero seamos amigos, / ves esa casa sobre esa piedra? / Esa casa confía en esa piedra”. Pero entonces queda interrogarse por el “irse” que estremece todo el libro. ¿De dónde, de qué? ¿Hacia dónde, por dónde? ¿Hacia qué? Quizá no haya respuesta, aunque sí una clave brillante en la aventura de dirigirse hacia quienes asumimos sin lenguaje: esos pájaros, esos gatos, esos lobos, esos paisajes, ese pasado, esos recuerdos. Irse de uno hacia lo otro aun cuando la caída o el fracaso estén tan esclarecidos. Irse de uno como una criatura que estira su patita y busca el tanteo. Irse de uno como hacen aquellos que quieren cantar.

 

Daiana Henderson, Irse, Ivan Rosado, 2018, 56 páginas.

23 May, 2019
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