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Djavan en el Teatro Gran Rex

MÚSICA

Comencemos con un “informe frío”, como escribía Spinetta en Artaud: la presentación porteña de Vidas pra contar, el álbum que Djavan editó el año pasado, incluyó ocho temas de ese disco. Del resto del repertorio, las canciones más recientes provenían de 1999.

Estos datos marcan algo que hoy por hoy es toda una particularidad: para Djavan, una gira presentación de un disco sigue siendo eso, aun cuando un álbum ya ni siquiera sea una excusa necesaria para salir a tocar. Pero la ausencia de material post-99/pre-2015 no se puede soslayar. Tomemos un concepto esgrimido por esa alegre pareja, Sartre-De Beauvoir: ¿la Obra ya está hecha pero las obras continúan? ¿O simplemente Djavan piensa que la manera de sostener una gira tanto artística como económicamente es matizar el último álbum con un repertorio que termina en el momento en que el disco dejaba de ser negocio?

Estas elucubraciones pueden apuntalarse prestándoles atención a las canciones. Porque la diferencia entre los temas de Vida pra contar y el resto radica en que los primeros fueron —como se suele decir— escuchados en respetuoso silencio, mientras clásicos como “Eu te devoro”, “Açaí” o el último bis “Sina” (con uno de los estribillos más desvergonzadamente cantables jamás escritos) desataban estados de felicidad colectiva.

Es decir: la música de Djavan —cada día más parecido a Whoopi Goldberg— ha sido consistente a lo largo de su carrera, y todo su desarrollo ya estaba contemplado desde muy temprano. Más que novedad, hay nuevos ejemplos de su amplitud como songwriter: “Encontrar-te”, suerte de neostandard con flugelhorn donde la batería de Carlos Bala (no, ese no), tocando un patrón típico de balada pop, no terminaba de hacerle justicia a la canción; o la rara cruza de guitarra distorsionada (respaldada por Djavan haciendo rítmica con una SG) y un saxo soprano (a la vez, entrecruzado con el scat del cantante) en el tema que titula el álbum.

Ya desde el minuto cero, cuando la aparición de los músicos es precedida por una locutora en off que presenta toda la ficha técnica del espectáculo, Djavan ofrece un show muy estructurado, algo que también se evidencia en la rígida lista (prácticamente una copia carbón noche a noche) y en la decisión de mantener las versiones a dos guitarras de “Flor de lis” y “Fato consumado” (encantadoras, por cierto) probadas en giras anteriores.

Djavan es afiliado vitalicio de una Internacional del Pop Elegante que ha resonado tanto en Fito Páez (no por nada colaboró con él) como en Luis Miguel, y que tiene a Steely Dan como uno de sus progenitores; en el caso de Djavan, con Stevie Wonder (“Miragem”) o Sting (“Alivio”, “Lilás”) como otros nortes. El problema aparece cuando tanta perfección instrumental roza la asepsia, todo lo contrario a la “situación de riesgo” que Djavan dice en el programa buscar con sus músicos. El tecladista Paulo Calasans, por ejemplo, se engolosina tanto con el brillo de sus timbres digitales que a veces olvida que tiene delante a dos músicos tocando vientos.

El show tuvo su réplica a la salida, cuando un músico callejero interpretaba con su guitarra amplificada las mismas canciones que Djavan acababa de cantar. Algo verdaderamente inusual, pero en sintonía con el creciente número de músicos a la gorra en espacios como el subte. ¿Necesidad ante la crisis… o el público joven renueva la pasión por la música en la vía pública?

 

Djavan, Vidas pra contar, Teatro Gran Rex, Buenos Aires, 7 de septiembre de 2016.

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