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Llamada perdida

Gabriela Wiener

LITERATURA IBEROAMERICANA

Gabriela Wiener dedica uno de los capítulos de este libro a relatar sus experiencias dentro de un trío, y quizá no haya metáfora más afortunada —ni tampoco más obvia— que la del terceto para definir el estilo de una escritora que sabe moverse entre la crónica, el relato y la autobiografía. Acude la autora al magisterio de Emmanuel Carrère, de Joan Didion o de Karl Ove Knausgård, y el ejemplo del periodismo gonzo le sirve para fijar su mirada desde el terreno del yo, que es el que mejor puede llegar a conocer (la realidad del yo, la ficción del yo). De esa hibridación promiscua surge cada capítulo, nacido de la sinceridad autoral de reconocer lo indistinguible entre lo que se ve y lo que se siente, y se van hilando de esta manera artículos que se convierten en ensayos, reportajes que mudan a confesiones, descripciones que acaban siendo evocaciones poéticas e incluso memorias que se convierten en cómic.

Así, al acabar Llamada perdida, sabemos mucho de Gabriela: de sus complejos, de cómo emigró desde Perú a España, de sus parejas, de su forma de afrontar la maternidad, de sus métodos de trabajo. Sabemos que la persigue un número, que le da miedo la muerte. Pero a través de ella descubrimos otros mundos, porque bien se encarga —en su forma tan personal de entender el periodismo— de sumergirnos en temas universales, que a todos nos afectan. Es por eso que este conjunto de historias está estructurado en torno al símbolo de las comunicaciones telefónicas: Gabriela nos llama, y ya sean sus llamadas personales, a larga distancia o de cobro revertido, quiere hablar con cada uno de nosotros, contarnos lo que ha conocido de primera mano, interpelarnos.

Y a su honestidad debemos lo mejor de su procedimiento: no es ya tanto que la autora se desnude como que haga lo propio con el texto, mostrando sus costuras, haciendo al tiempo su making of. Y es notable cómo el mismo escrito puede ver desplazados sus principales focos de interés si forma parte de un contexto periodístico o si, como es el caso, está incluido en una antología. Tres de las piezas más reseñables del conjunto tienen que ver con la relación que ha ido estableciendo Gabriela con la literatura, y la vemos seguir las huellas de Roberto Bolaño, de Corín Tellado, de Isabel Allende (o de sus fantasmas). Borges imaginó en El hacedor a un hombre que se propone la tarea de dibujar el mundo: “Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”. Igualmente, los perfiles que traza Wiener, tomados de uno en uno, son impecables retratos de sus protagonistas. Juntos, en Llamada perdida, y en esa feliz confusión entre literatura y vida, pasan a formar parte de un itinerario íntimo: en Bolaño vemos un influjo, en Corín a su abuela, “y no quiero admitirlo, pero es probable que incluso piense que Isabel Allende de alguna forma es mi mamá”.

 

Gabriela Wiener, Llamada perdida, Malpaso, 2015, 208 págs.

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