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ICP Orchestra en la Usina del Arte

MÚSICA

La primera pista, a manera de manifiesto, se cifra en el nombre. La “I”, de Instant; la “C” de Composers; la “P” de Pool. Está claro, la ICP Orchestra es un colectivo de composición instantánea. Pero “orchestra” en lugar de “big band” no es una sustitución inocente. La big band remite a una sola tradición, hermosa por otra parte: la que cristalizó en Estados Unidos entre fines de la década de 1920 y comienzos de los treinta y se robusteció en aras del swing, en aras del baile, aunque varias expresiones de banda grande nunca fueron llevadas, por díscolas, a la motricidad de los danzarines. La orchestra, al menos en ese territorio jazzístico que los holandeses en cuestión habitan fronterizamente, es siempre una formación heteróclita, un poco europea, un poco yanqui; en ocasiones muy arreglada (esa forma de composición camuflada) y otras veces libre a más no poder.

Todas las inauguraciones del Festival Internacional Buenos Aires Jazz han sido inestimables. Vayan aquí los créditos para Adrián Iaies, que ha sabido evitar lo convencional sin por ello caer en el esnobismo. Pero la otra noche nos fuimos con la sensación de que, esta vez, el reto había sido mayor. Bajo idea del pianista Misha Mengelberg y el baterista Han Bennink, que lo fundaron allá por 1967, este noneto, delantera del jazz europeo, puso en escena –por momentos, con verdadero sentido teatral– una música encantadora, donde los signos anacrónicos (ese aire de orquestilla de cabaret de entreguerras) y los ultramodernos (Mengelberg fue pionero en cruzar a Monk con Cage) parecen convivir en un tiempo musical sin datación cierta. Si el primer tema de swing sudafricano (“Kwela Pukwana”, en homenaje al saxofonista Dudu Pukwana) parecía estar abriendo un set marcado por la regularidad rítmica y las melodías más o menos discernibles, la brusca reducción instrumental a un trío de cuerdas –aplausos para la violinista Mary Oliver– y un baterista que salió a tocar “Tho Mitch” en (y por) todas partes, o las disrupciones de “Tomato”, pieza compuesta y dirigida por el cellista Tristan Honsinger, nos advirtieron enseguida que la ICP Orchestra nunca va por una sola senda. Que prueba diversos caminos, o que los va saltando de modo lúdico.

Los notables Michael Moore (saxos y clarinete) y Wolter Wierbos (trombón), junto con sus compañeros de soplido Tobias Delius (saxos) y Thomas Heberer (trompeta), recordaron que buena parte de la inspiración surrealista de la orquesta nació en la experiencia colectiva del free jazz –incluso los fundadores del grupo supieron tocar con Eric Dolphy–, y que vanguardia y swing no necesariamente se oponen. “Criss Cross” de Monk y “Baltimore Oriole” de Hoagy Carmichael fueron, en alguna medida, la conexión explícita con el canon del jazz, que en el caso de la ICP Orchestra no excluye la algarabía del dixieland, con improvisaciones colectivas. Podría decirse que aquí hay de todo menos hard bop de solos interminables; esa vacancia resulta transgresora por sí misma, si la pensamos en el contexto del jazz que hoy más se practica.

Imposible ocultar la ausencia, por razones de salud, del extraordinario Misha al piano (a Guus Janssen se lo escuchó poco, dicen que por culpa del sonido), aunque consuela (y algo más) saber que la aventura que inició con Bennink hace tantos años sigue rodando, por Holanda y por el mundo.

 

ICP Orchestra, Festival Internacional Buenos Aires Jazz 2013, Usina del Arte, Buenos Aires, 20 de noviembre de 2013.

12 Dic, 2013
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