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Jaime Roos. El montevideano

Milita Alfaro

MÚSICA

No importa que se haya desarrollado como autor y compositor —y escrito varios de sus clásicos— en París o Ámsterdam, a la distancia, como certificando la pregunta retórica de su no admirado Charly García (¿Por qué tenemos que ir tan lejos para estar acá?): Jaime Roos canalizó su educación sentimental de infancia y adolescencia montevideana (Barrio Sur, la pelota, el tablado, Beatles, el candombe beat) en canciones que son verdaderas labores de alquimista. Y que el contexto de esas creaciones muchas veces difiera con la geografía de sus letras es uno de los motivos que ameritan un libro donde tanto título como subtítulo son por demás apropiados.

Además, a través del caso Roos, El montevideano cuenta una historia cultural de la capital uruguaya, al menos hasta la década del noventa. Para entonces, Milita Alfaro (profesora de Historia, experta en carnaval, también autora de El sonido de la calle, un libro de conversaciones con Roos de 1987) confiesa que gradualmente se le hace más difícil encontrar a la persona detrás del músico. En rigor, además de monopolizar el último tramo del libro, los avatares de la carrera de Roos parecen obstaculizar la propia labor creativa de Jaime: siempre parece, según sus palabras, tener por delante algún escollo profesional que le dificulta dedicarse a hacer eso que le gustaría que su epitafio rezase: Sólo quería escribir canciones.

El montevideano es directo y a la vez discreto para exponer las caídas y recaídas de Roos con las adicciones, y el e-mail que este escribe a la autora antes de entrar a imprenta —alejado de los escenarios, con su productora cerrada— se lee como algunos textos de Lennon durante sus días en el Dakota: No longer riding on the merry go round, I just had to let it go.

Alfaro también dedica un capítulo a la buena recepción que Roos tiene de este lado del río, donde las opiniones no están teñidas por rencores o agendas extramusicales, en parte alimentadas por su situación de músico popular exitoso con una concepción de la profesión inédita en su país. En un relato por demás minucioso, que no escatima temas conflictivos, no se incluye, sin embargo, la controversia de 2008 cuando Roos tocó en Fray Bentos en un evento organizado por Botnia. Y es una pena que la autora sostenga, con total naturalidad, que Gardel era uruguayo, cuando la bibliografía más seria sobre al asunto indica lo contrario.

El vínculo con la Argentina también ilustra una idea de Roos: la prensa de aquí lo trata mejor que la uruguaya, en la que no faltan escenas de panquequismo explícito, como los críticos que defenestran una presentación de Eduardo Mateo con La Máquina del Tiempo (en la formación en que Roos oficiaba de bajista) para reescribir su opinión un par de años después.

La autora, que también aporta interesantes observaciones sobre la retroalimentación entra la obra de Roos y la construcción simbólica de Montevideo, aclara en el prólogo que, si bien eligió trabajar con el voluminoso archivo de prensa que Roos puso a su disposición, decidió no entrevistar a nadie más que a él. Quizá en algunos tramos esas voces habrían sido más necesarias que la constante cita de críticas a favor o en contra.

Complementado por una discografía ilustrada, El montevideano dedica espacio a cada canción de Roos oficialmente grabada, muchas veces con comentarios del propio compositor. Aun si la labor de Alfaro es encomiable, es una pena que Roos, músico con muy buena prosa (uno de sus trabajos al volver a Montevideo fue el de periodista: no sería mala idea un libro que recopilase sus textos), no haya querido escribir una autobiografía: podría haber sido un tramo más tanto de su vida como de su obra.

 

Milita Alfaro, Jaime Roos. El montevideano. Vida y obra, Planeta, 2017, 528 págs.

14 Sep, 2017
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