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Rufus Wainwright en el Teatro Gran Rex

MÚSICA

Días pasados, un miércoles a la noche, el cantautor Rufus Wainwright se presentó en Buenos Aires. Al cabo de la rutina doméstica y también laboral, los que llegamos temprano al teatro notamos enseguida dos cosas. Una era que a la ciudad había arribado de lleno una ola polar; la otra, los blandos manejos de los acomodadores como indicio seguro de que habían quedado localidades de más. Por una suma no declarada, quien venía con una pullman podía bajar y ubicarse relativamente mejor. Nosotros, sin embargo, decidimos quedarnos arriba.

Un piano en el centro y un micrófono ubicado un poco más adelante eran todo lo que había sobre el escenario. ¿Habrán notado esos mudos artefactos, después, la honda emotividad de la voz, esa suerte de don, en quien los usaba? Directo, crudo, desprovisto del cobijo que suministra una banda, Wainwright ni siquiera usó el efecto dramático que podía habilitarle el telón del teatro. Vino caminando desde un costado, se detuvo un instante frente a la audiencia con una amplia sonrisa y se sentó a cantar.

¿Puede, en este punto, una interjección integrarse a la reseña? Si puede, a lo que venía debiera seguirle un admiradísimo pfffffff! Wainwright, que combinó su arte musical con el de la conversación, y que mostró en su performance las exquisitas dosis de Leonard Cohen, de Elton John, de rock, de pop y vodevil que confluyen como un humus fértil en su perfil de songwriter, creó cuevas, cumbres y planicies musicales como un mágico Willy Wonka del rock. Pffffffffff!

El repertorio fue otro tono en perfecto composé con el show en conjunto. Un recorrido por todos sus discos –todavía me pregunto si tocó alguna canción del primero, así de encantado estaba–, que incluyó tanto sus hits –“Out of the Game”, “Poses”, escúchenlos por la web–, como aquellas canciones un poco más personales del disco homenaje a su madre –Songs for Lulu–, entre las que hizo capote con “Martha”, un emotivo reclamo dirigido a su hermana en ocasión de la enfermedad terminal que aquejaba a la madre. Escuchándola, uno supone otro mensaje grabado en un contestador que no tuvo respuesta, pero si Wainwright pudo aullar melodiosamente ese lamento por una última disolución familiar, también pudo popearla festivamente con esa suerte de himno a su despegue artístico: la “California” que de inmediato interpretó podía insertarse en la línea de las soñadas por los que, en la tradición yanqui, van a reinventarse al Oeste.

Todo lo que duró el show –tres veces se fue, dos más volvió por las ovaciones–, su voz y su música fueron vehículos de múltiples transformaciones; y las canciones que ya habíamos oído un domingo mientras crecían nuestros hijos, adornadas según el pulso creativo que guiaba a un artista versátil, a veces suntuoso, siempre omnívoro y siempre genial, fueron en directo como los salmos que terminaron por acompañar nuestra apuesta: inmóviles en las butacas del pullman habíamos sido transportados al cielo. “Hallelujah” (escúchenla por la web).

 

Rufus Wainwright, Teatro Gran Rex, Buenos Aires, 15 de mayo de 2013.

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