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MÚSICA

A los veinte minutos del imborrable concierto que el trío de Ches Smith dio el 30 de junio en el Centro Cultural Kirchner, varios miembros del público que ocupaba casi toda la ex Ballena Azul empezaron a escabullirse. Tal vez habían ido a escuchar algo que respondiera a la acepción prevaleciente de jazz, hard bop o lo que fuera, y de ser así el éxodo habla en general del diferendo recurrente entre el arte audaz y la mente condicionada. Nadie se va a sorprender ni enojar ya por eso; lo llamativo fue que a la salida muchos asistentes silbaran al pie de la nota pasajes de las piezas huidizas y tupidas que habían escuchado. The Bell, el disco que el trío vino a presentar, es una buena oportunidad para explicarse cómo una música tan cerebralmente escrita (los tres echaban el ojo a partituras) tiene tal facilidad de transmisión anímica. La clave del entusiasmo, por supuesto, es la improvisación. Pero no lo explica del todo porque la música de Smith está en tendida a lo inalcanzable y él la quiere así. Para el oído, un trío de percusión (económica), piano y viola ya es tímbricamente insólito. Bien empiecen con el vibráfono de Smith esbozando discretas zonas para que escarceos de piano y viola creen una atmósfera, bien con un drone de Maneri, un tenue fraseo de Taborn o un nervioso enjambre de alturas que van precipitando, todos los temas arden de un pálido fuego, una inquietud sutil. Poco a poco, o a veces de golpe, los motivos melódicos aireados y sucintos —que se despliegan en reiteraciones minimalistas, pulsos encontrados y un microtonalismo mechado de fugaces discordancias— se vuelven más resbaladizos; con el suplemento energético de la improvisación, la interacción se intensifica y las texturas se adensan. Como en ciertos cortes el ritmo es impetuoso de punta a punta (en “Wacken Open Air”) o el patrón se invierte (de la baraúnda al sosiego en “For Days”), lo que está pasando ahí podría escapársenos de no ser por las amplias destrezas de esta gente con apetito crónico de hallazgos. Maneri y Taborn, cuyos historiales llenarían sendos folletos, tocan juntos desde que Taborn fundó el mejor jazz electrónico con Junk Magic (2004). Smith se inició en el rock indie (con Xiu Xiu, por ejemplo), desde hace años es pilar de la mitad de los combos del jazz de vanguardia y mantiene varios experimentos más, entre otros el furiosamente eléctrico Ceramic Dog con Marc Ribot. Como los mejores de su oficio, sabe bien cuándo redoblar como un tamborilero, disgregar el beat en modo free, frotar los parches con el pulgar mojado o asordinarlos con el pie, mientras suelta una diáspora de tonos rozando los platillos; todo y más en un continuo de atención a lo escrito e invención libre. Sumemos los tránsitos del piano entre la gracia velocísima y acordes atronadores como descargas de acero laminado, los de la viola entre el susurro invernal y breves sobreagudos, llamaradas, chirridos: esta música acústica llena de groove pide una concentración de sala de concierto y arrebata como una performance rockera. Sobriedad escénica y vehemencia activa: llamémosla camerística metálica o metal de cámara. No sé cuántas veces ellos tocan para tanta gente y tan contenta, pero esa noche se los veía exultantes y todavía dispuestos, como si la audacia hubiera dado un paso hacia lo alcanzable.

 

Ches Smith, Craig Taborn, Mat Maneri, The Bell, ECM, 2016.

14 Jul, 2016
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