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La vocación denuncialista

CRÍTICA

 

Con precisión arqueológica y justicia poética, una antología de edición reciente rescata una serie de ensayos y artículos de los cincuenta, publicados originalmente en Contorno y otras revistas del período. La capital redefinición del ensayo crítico como intervención activa y reactiva que atiende al contexto, la historia y la política queda clara desde el título del libro: Denuncialistas. Literatura y polémica en los 50. El “ánimo guerrero” de los hermanos Viñas, Adolfo Prieto, León Rozitchner y otros “denuncialistas” se recupera intacto en la selección antológica y en este artículo de sus autoras, para que nuevos lectores evalúen sus efectos y su herencia en un presente de otros contornos.

 

“Ubicar a un autor y a una generación en la atmósfera viva a la que pertenece y juzgar luego el cumplimiento de su misión literaria implica necesariamente la propia ubicación, la perspectiva exacta del propio destino en la vocación elegida.”

Regina Gibaja

 

En 1956, el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal publica en Buenos Aires El juicio de los parricidas. La nueva generación argentina y sus maestros, ensayo que emprende un análisis prematuro de las actuaciones de un grupo de intelectuales comprometidos, lectores pertinaces de Jean-Paul Sartre, y muy dispuestos a escrutar ciertas tradiciones culturales argentinas en algunos de sus nombres capitales. El título del libro –tomado a su vez del ensayo de H. A. Murena “Los parricidas: Edgar Allan Poe”– resultó un hallazgo editorial certero. Por un lado interpeló a los propios miembros de esa generación, quienes, aunque polémicamente, aceptaron el mote de “parricidas”, y por el otro, les dio el nombre con el que se los reconocería en la historia de la literatura argentina.

Con cierta inquietud, Rodríguez Monegal observa en su libro que los jóvenes del 50, formadores voluntarios de una nueva izquierda cultural, acometen una peligrosa tarea de “demolición” del pasado en los nombres clave de Ezequiel Martínez Estrada, Eduardo Mallea y Jorge Luis Borges, es decir: sus padres, sus mayores. Sin embargo, y aunque El juicio de los parricidas hizo evidente en su momento que ciertas estrategias generacionales de choque suelen lograr resultados inmediatos, el grupo, más que llegar al parricidio, pretendió, simplemente, abrirle paso al continuo histórico y construirse una identidad generacional propia marcando sus distancias con una serie de escritores vinculados, de uno u otro modo, al ya difunto espíritu martinfierrista –aquel del “sentido festival y deportivo de la vida”–. Con este fin, definieron una figura reactiva del intelectual comprometido, inédita en más de un sentido en la Argentina, en la que se combinaban una impronta fuertemente moral, responsable y voluntariosa, y una firme inclinación a juzgar las condiciones de su propia contemporaneidad a partir de una revisión minuciosa y denuncialista, pero en absoluto demoledora, del pasado nacional.

Se trataba, entonces, de cumplir un ideario, de sostener un conjunto de ideas compartidas que, activadas convenientemente, funcionaban como convicciones. Al menos en los años cincuenta, cuando tener una convicción era no sólo una prerrogativa para iniciar una disputa sino, directamente, un requisito indispensable para intervenir en el campo, siempre escurridizo, de la cultura. Convicciones y no certezas. Porque como dice David Viñas, un parricida consuetudinario, “‘certezas’ exige la derecha”, por completo ocupada en encontrar verdades estables y no perecederas donde capturar el sino de la nacionalidad. Las convicciones, en cambio, históricas, circunstanciales, operativas para cumplir un rol puntual en la escena del presente, son de izquierda y, en sus mejores momentos, resabios de un sartrismo programático siempre vigilante, logran sospechar de sí mismas. Porque la convicción, para los críticos denuncialistas, se reafirma, justamente, en una decisión de acierto, en una voluntad dispuesta a sostenerla, sobre todo, cuando es cuestionada. A diferencia de la certeza que no se somete al avatar del tiempo ni pone a prueba su valor de evidencia, la convicción juega sus efectos en el presente, polemiza con el pasado y proyecta un futuro posible, es decir, construye una coyuntura histórica.

La construcción de esa coyuntura histórica, una operatoria mucho más sutil y menos salvaje que el mero parricidio, supone una estrategia de posicionamiento que puede admitir, aun en sus visos dramáticos, una situación heredada para, entonces sí, configurar un verdadero comienzo. “Estamos sin pasado, no podemos asir el futuro. Estamos como hace quince años, como siempre, pero somos una generación denuncialista.” Lo que hace la diferencia en la adversativa de Adelaida Gigli es, precisamente, ese cambio de actitud, resaltado en bastardilla, que caracteriza a su generación. Su negatividad no se confunde, por lo tanto, con la ligera rebeldía de la vanguardia de los años veinte, sino que se presenta bajo la forma grave del resentimiento. David Viñas diferencia de este modo la negatividad denuncialista de la del martinfierrismo: “[en esa época] se decía ‘no’ porque era la forma más breve de hacerse oír. La contraposición no significaba ni confrontación ni discusión ni síntesis trascendente”. En cambio, el resentimiento que caracteriza a los jóvenes del 50 es la fuerza que sostiene la impugnación positiva, que denuncia en el presente las secuelas de la época anterior, que da cuenta de la herencia recibida evaluada como resaca, como remanente que debe ser sopesado y rebatido en sus justos términos. “Resentimiento por lo que se nos presenta: próceres estucados, tinglado, historia cubierta de pancaque y colorete, figurones levantados gracias a la especulación o a la condescendencia”, agrega David Viñas. Si el parricida niega por resentimiento, el denuncialista, por resentimiento, afirma su posterioridad, no importa cuán árida sea esta, para garantizar el relevo de la historia. El optimismo implícito en aquella afirmación inaugural de Gigli contradice la impotencia básica del resentimiento y lo vuelve activo y eficiente. Porque si el presente no ofrece más que exigencias se hace perentorio, entonces, denunciar y definirse o, para decirlo en términos denuncialistas, “tomar partido”.

La denuncia, tal como la pensaron y ejercieron los jóvenes intelectuales del 50 –es decir, como corolario cierto del compromiso del escritor–, se configura en un triple movimiento: se inicia con el deslinde de una situación problemática, prosigue con el detalle de sus causas y culmina en un programa de acciones que la supere. Supone, además, una aptitud expresiva en el lenguaje para fundar un estilo: una toma de posición, su argumento y su tono. Porque la polémica es, para los denuncialistas, sobre todo un campo de oportunidades estilísticas. No sólo porque en él se juega la firmeza de las convicciones y la aptitud para sostener nuevos valores críticos, sino porque es en la vehemencia del estilo donde las ideas arriesgan lo máximo de sí: “algo de ánimo guerrero –escriben en un editorial de la revista Contorno– puede ser saludable en nuestra alta cultura”.

El estilo persuasivo de los denuncialistas no impone dogmas ni tampoco se empaca en incertidumbres vanidosas; por el contrario, en lugar de descansar en una verdad definitiva, aprovecha sus efectos circunstanciales otorgándole así una densidad histórica. Pero además, el presente, en su contingencia, se experimenta en plural, es la ocasión irrevocable de decir “nosotros, aquí y ahora”. En términos más precisos, se trata de una contemporaneidad poderosa que vuelve comunitario el tiempo y que nuclea en el “nosotros” (sujeto sintáctico ubicuo en los artículos de casi todos los integrantes de la generación) a quienes pertenecen a la misma clase social –“todos o casi todos hijos de la clase media”–, tienen más o menos la misma edad –“los que en el 45 teníamos alrededor de 20 años”– y poseen la misma trayectoria intelectual –“los que en gran medida inventamos a Roberto Arlt”–.

Esa subjetividad plural, resentida e histórica operó particularmente en la crítica literaria; porque fue en la literatura, más precisamente en la novela, donde los denuncialistas encontraron el campo más ventajoso para sus definiciones. Así, abordaron en términos de totalidad los distintos niveles en que lo literario, según una concepción marcadamente expresiva, se manifiesta como tal: como historia y posibilidad de un lenguaje nacional –y, en consecuencia, de una literatura y de una identidad nacional–, como inestimable documento de época y como el espacio donde discutir el compromiso de estéticas y políticas. A partir de la literatura –del análisis riguroso de obras canónicas y contemporáneas–, ensayaron una interpretación propia de fenómenos sociales y culturales. Concretamente, la literatura les sirvió para pensar los grandes asuntos argentinos (el inventario de “nuestra propia expresión”, según la fórmula de Ismael Viñas) pero también para definir los rasgos de una lengua y una poética que figure ese carácter, en un esfuerzo que, evaluado en su proyección, significó un cambio notable para el ensayo literario local.

Los denuncialistas revisaron, catalogaron y ubicaron en una línea temporal trazada en función de una poética realista las novelas canónicas de la literatura argentina, sin subvertir el lugar al que ya las habían destinado la historia o la crítica, también canónicas, de esa literatura. Y, aunque no emprendieron el rescate de algún texto marginal negado por las instituciones que reformulara diacronías y demoliera tradiciones, para ellos reconsiderar el pasado fue prioritario. No sólo porque esto posibilitó una evaluación genealógica de la novela argentina que describe, interpreta y valora las obras por su capacidad para revelar ciertos momentos históricos sino, además, porque afianzó a los escritores en la polémica, la crítica y la denuncia como firmes opciones de intervención en el presente.

Empeñados en la búsqueda –y en la afirmación– de lo nacional de nuestra cultura, y a partir de un diagnóstico, por cierto no demasiado optimista, en el que se insiste sobre su carácter incipiente e incluso deficitario, los denuncialistas se preocuparon por formular los requisitos ineludibles de una narrativa futura capaz de lograr “la expresión del contorno”. El resultado de la empresa, mensurable en los escritos de la década, fue el bosquejo de una historia política de la literatura argentina que se sostiene en la pregunta metódica acerca de su condición nacional. Fue allí donde lograron definir una poética, la del realismo auténtico, parcialmente realizada en la obra de Roberto Arlt, que les permitió distanciarse del realismo socialista –patrocinado por los intelectuales comunistas– en todas sus variantes autóctonas (folclorismo, costumbrismo, etc.), y de lo que juzgaron como “literatura de evasión”, practicada con “decoro” por la derecha liberal, a la que a veces, apremiados por sus objetivos generacionales, no leyeron con la soltura necesaria –como en el caso de Jorge Luis Borges, para dar un ejemplo extremo–.

El realismo fue, para los denuncialistas, el gran operador de la lectura crítica y funcionó aceitadamente según el principio de determinación de lo histórico. En este sentido, las obras se acercan más o menos a un ideal del realismo siempre que expresen a su modo –un modo que el crítico debe determinar en cada caso– el movimiento de las fuerzas históricas. Paralelo y homólogo al de la Historia, el realismo es un proceso que avanza por la resolución material de sus contradicciones internas. Es tarea del crítico, entonces, reconstruir las etapas de ese proceso e integrarlo al de las transformaciones de las estructuras sociales a partir del escrutinio de sus momentos más importantes –momentos de condensación del sentido en los que se produce la densificación de un dato fundamental de la realidad–. El resultado de ese escrutinio, en lo que respecta al género novela, es la propuesta de una serie en la que cada término implica un progreso respecto del anterior y, a su vez, es condición de posibilidad del término que le sigue. Así, conformando lo que sería la “tradición local del realismo”, la única políticamente posible para los denuncialistas, se suceden los nombres de Eugenio Cambaceres, Julián Martel, Francisco Sicardi, Roberto Payró, Benito Lynch, Manuel Gálvez y Roberto Arlt, su punto culminante.

Desde cierta perspectiva, la operación crítica que los denuncialistas realizan sobre la novela argentina, de la que surge el rescate de la literatura de Arlt como uno de los hitos fundacionales del realismo auténtico, se convierte en una verdadera maniobra generacional que, en el fondo, puede ser pensada como una expropiación de su nombre. De allí que, precisamente, la figura de Roberto Arlt aparezca siempre asociada al problema del realismo. Aunque no su obra en totalidad, pero sí en sus aspectos fundamentales, Arlt es, para los denuncialistas, sinónimo de realismo. Y esto porque, por una correspondencia simple y directa, Arlt –tanto su “imagen de escritor” como su literatura– es la síntesis superadora de la izquierda tradicional –de allí la disputa que mantienen con el Partido Comunista– y del falso liberalismo de los representantes de una burguesía en decadencia.

El realismo de Arlt es auténtico en tanto produce una “transfiguración artística de la realidad” equidistante de la excesiva inmediatez del costumbrismo y de la distancia extrema del puro virtuosismo, promotores ambos de una “mistificación de lo real”. Y su autenticidad se verifica, para los denuncialistas, en el análisis de tres aspectos fundamentales de su obra: la verosimilitud de situaciones y personajes (la eficacia en el relevamiento de cierta geografía local y del carácter típico del habitante de la ciudad), el hallazgo de un lenguaje literario propio, “uno de los pocos lenguajes que hemos tenido”, según el dictamen de David Viñas, y la “actitud” del autor frente a la obra (que en Arlt se resuelve en “sinceridad”, en “confesión” y en “autobiografía”).

Es, entonces, a partir de la lectura de la novela argentina y de la consagración definitiva de Roberto Arlt, que los denuncialistas realizaron un balance concienzudo a partir del cual asumieron sus posiciones. “Balance” y “toma de posición”: dos momentos ineludibles en un proyecto totalizador que no buscó inventar una nueva tradición cultural sino sostener y al mismo tiempo discutir, con perspectivas propias, la heredada. Tales son los límites y los alcances de su parricidio.

Pero además, de esa discusión resultó el montaje de un estilo, una “marca” que recorre los ensayos denuncialistas y que se constituye, para ellos, en una de las dimensiones fundacionales del discurso crítico: la de la polémica. Ejercitados en la teoría del compromiso sartreano supieron cómo convertir la polémica en el núcleo generador de todas sus ideas (los denuncialistas aprendieron a pensar en la confrontación, y la confrontación les permitió formular un estilo de pensamiento), pero también medir los peligros en el foco mismo de la controversia y, en consecuencia, responsabilizarse de sus errores. Cualquiera de sus atrevimientos, entre los que figura ya como el gran chasco de la generación el rechazo totalizante de la literatura de Borges, estuvo acompañado del escrúpulo de la “seriedad”, actitud que contrapusieron a las burlerías martinfierristas. “Acepto –escribe Adolfo Prieto– que el examen de la obra literaria de Borges está lejos de ser ecuánime.” La responsabilidad, uno de los valores morales más severos del denuncialismo, configura la situación conflictiva en el error y no en el acierto, en el fracaso y no en el éxito, y es justamente ahí donde el cometido generacional soporta la máxima presión del riesgo.

 

Lecturas. Algunas de las obras aquí citadas o referidas (no incluidas en Denuncialistas. Literatura y polémica en los años 50): Borges y la nueva generación, de Adolfo Prieto (Buenos Aires, Letras Universitarias, 1954); El juicio de los parricidas. La nueva generación argentina y sus maestros, de Emir Rodríguez Monegal (Buenos Aires, Editorial Deucalión, 1956) y “La generación traicionada” de David Viñas, en Marcha (Montevideo, 31 de diciembre de 1959 y 15 de enero de 1960).

Nora Avaro y Analía Capdevila son profesoras de Literatura Argentina y Teoría Literaria en la Universidad Nacional de Rosario. En 2004 publicaron Denuncialistas. Literatura y polémica en los años 50 (Buenos Aires, Santiago Arcos Editor).

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