Inicio » Edición Impresa » LITERATURA » María Moreno. La entrada a la cultura

María Moreno. La entrada a la cultura

LITERATURA

 

Sobre Banco a la sombra y el giro autobiográfico en la literatura argentina actual.

 

Aunque se le podría atribuir la invención o el descubrimiento, María Moreno duda a veces en público de que realmente exista un giro autobiográfico en la literatura argentina actual. Tal vez lo haga para disimular que, además de cronista perspicaz –y en ocasiones editora– de sus principales episodios, es también uno de sus protagonistas eminentes. Ya sea que adopte la vestimenta profesional del reporter atraído por las circunstancias novelescas que imaginó en la historia de un entrevistado, o que se encolumne, a su manera (¡ah, su manera!), en las filas del ensayismo que divulga, después de apropiárselas y ajustarles el sentido, las consignas del “feminismo de la diferencia”, aunque no hable directamente de su vida –cosa que, si la ocasión es propicia y siente el impulso, no se priva de hacer–, la escritora que alguna vez adoptó el nombre equívoco de María Moreno siempre está componiendo su autobiografía. Toda su obra es, de uno u otro modo, autobiográfica.

Digo obra a propósito, porque es muy evidente la insistencia, en casi todos los escritos ocasionales –reseñas, crónicas, presentaciones, entrevistas–, de una misma forma de actuar la tensión entre subjetividad y cultura que le da unidad al conjunto; pero lo digo también, y sobre todo, para que la autora sepa, desde el comienzo, que esta vez no caímos en las trampas de su gestualidad ladina. Cuando en los “Preliminares” a El fin del sexo y otras mentiras Moreno anticipa que en lo que hace “no [hay ni] habrá obra”, prolijas y bien iluminadas avenidas de sentido que conducen al centro, sino un tránsito errático por los suburbios que llevan al ganapán, no miente pero tampoco dice toda la verdad, y lo que la delata es el estilo. Con un ademán espléndido que remite a la ética del despojamiento que profesaban los dandis, esas criaturas admirables a las que su escritura rinde continuo homenaje, dice que renuncia a la producción de bienes culturales consistentes, de prestigio garantizado, para que se sepa que aspira a un reconocimiento superior: la identificación de su nombre con un uso diferenciado de las lenguas de la comunicación masiva, un uso proclive a las mezclas de registros y temporalidades que saborea con la misma fruición un tecnicismo de la jerga lacaniana como una expresión anacrónica (ganapán, palurdo, panoplia) de procedencia encantadoramente imprecisa. Es lo mismo que hace cuando propone la sorprendente equivalencia entre las secreciones de las glándulas salivales y las de su oficio literario y pregunta, con irónica modestia, “¿Por qué publicar la saliva?”, para poder arrogarse la falta de un patrimonio simbólico actual y por venir (“Pues porque no habrá obra”), pero sobre todo para poder escribir saliva, para mentar con deleite la viscosidad de esta sustancia alcalina que tan eficaces servicios presta al polimorfismo erótico y al arte de injuriar sin palabras. La obra de esta escritora presumiblemente sin obra se sostiene en una experiencia de la sensualidad de las palabras, la invención de una lengua que al mismo tiempo que sirve para comunicar las visiones de un punto de vista oblicuo y facilitar la irrupción de lo inesperado en el curso de una conversación apacible, puede dejarnos prendidos de la evidencia corporal de una expresión o un giro infrecuentes por la fuerza con que esa presencia extraña impacta en nuestra sensibilidad. Si toda escritura supone un modo de pensar la realidad, la escritura de Moreno piensa la realidad de las cosas de la cultura argentina con calculada irresponsabilidad teórica, un fervor político que sabe conservarse alegre y, sobre todo, o en principio, con voluptuosidad.

Le oímos decir a Moreno que Banco a la sombra es su libro menos autobiográfico. Además del gusto por la enunciación paradójica, esta declaración apunta a que el lector no pase por alto que esta vez la cronista apostó fuerte a la narración. Entre los fans existe un consenso sobre lo exitosa que resultó la jugada: “El loro de Forero. (Plaza Borda)” es el mejor cuento que se publicó durante 2007, y “En familia. (Plaza Djemá el F’ná)”, la mejor nouvelle. Igualmente, como en esos diarios y memorias escritos con la soga al cuello, las palabras que componen el relato de los viajes y las estadías “tienen un efecto de verdad que se sitúa más allá de toda sinceridad y que debilita la distancia hasta exigir una lectura autobiográfica”. Por una infidencia de Daniel Link sabemos que Moreno nunca estuvo en Venecia, lo que nos hace temer que haya algunos otros destinos y peripecias inventados, pero qué dudas caben sobre la verdad autobiográfica de las fobias y los temores que acompañan a la viajera donde vaya, la irritación que le provoca sentirse obligada a la felicidad o el asombro, la angustia inexplicable que desencadena un percance trivial, o sobre las “rumias melancólicas” a las que se aplica después de oír una broma que compromete su edad. Verdaderos, aun si no ocurrieron en Taxco el Día de los Muertos, son esos recuerdos familiares que restituyen la presencia del padre y borran, providencialmente, el recuerdo ominoso de la mueca que deformaba su cara durante la agonía.

Bajé fácilmente entre las piedras y pronto volví a ver la torre iluminada de Santa Prisca. Me acordé de mi padre. Mi padre con el guacamayo sobre el hombro, dejando que le metiera el pico en la boca y le limpiara los dientes. Mi padre en una foto fuera de foco en la que posa sentado junto a mi madre, haciéndole cuernitos con los dedos, por sobre la cabeza. Mi padre llorando por la muerte de su propio padre.

Al arte de la narración más que a las contingencias de la vida debemos la aparición de estas imágenes reparadoras justo en el final conmovedor de un recorrido que dramatiza las alternativas del duelo, pero si la vida, mezclando lo trivial y lo significativo, no se abriera paso a través de esos recuerdos, la evidencia del artificio sentimental enfriaría drásticamente el ánimo del lector. Verdadera es la apariencia un poco infantil, y a veces fuera de foco, de ese padre que amaba los animales exóticos pero no los sabía cuidar bien.

No estoy seguro, tendría que verificarlo, pero me parece que esa foto burlona que la memoria atesoró para que algún día sirviese de alivio a la melancolía es el único lugar de la obra de Moreno en el que el padre y la madre aparecen juntos. Esta foto rara, que algún impertinente podría interpretar en clave alegórica, es el único vestigio de una convivencia para la que no hay palabras. En la muy discreta novela familiar de Moreno (por ahora solo tenemos fragmentos en estado de dispersión), se dice “mi padre” y “mi madre”, pero nunca “mis padres”, como si no hubieran habitado el mismo mundo. Podemos palpar la distancia, mejor dicho, oírla, a través de algunas digresiones en los relatos de la viajera. La presencia de la madre es la de una voz sentenciosa que habla en los recuerdos para dar instrucciones, advertir sobre el peligro de las aguas estancadas (Venecia, “¡la Pudridísima!”) o reprender por la fatuidad de alguna iniciativa (“Mi madre hubiera dicho ‘Miren cómo se entretiene en Marruecos y para qué ha pagado 300 euros’. Es de rigor que recuerde a mi madre cuando emprendo cosas por encima de mis posibilidades.”). El sentido común me dicta que las reapariciones de esta voz tienen una frecuencia bastante mayor que la deseable, pero ¿quién sabe?, todas las ambigüedades del mundo caben entre una madre y una hija. Al mundo de la interlocución paterna se vuelve una sola vez, pero el sentido de la evocación es claramente afirmativo. En un momento de temor, la viajera extraña la eficacia paradójica de los chistes brutales con los que, en situaciones parecidas, el padre conseguía tranquilizarla, exacerbando hasta el absurdo las posibilidades de peligro.

La misma astucia y el mismo amor a las verdades paradójicas que la llevaron a declarar que Banco a la sombra es el menos autobiográfico de sus libros, le hicieron escribir a Moreno, en el “Entre nos” que sirve de prólogo, que Vidas de vivos es algo más que un libro de entrevistas: también se lo puede leer como unas memorias, o una “autobiografía a través de la mirada de los otros”. Fragmentaria y discreta, como ella lo prefiere, la vida de la reporter se entredice en digresiones y apartes mientras el entrevistado, celebridad “mistonga” que encarna a alguien que le hubiese gustado ser, repasa la novela de sus días. Una versión más directa, aunque igualmente fragmentaria, de la vida de la escritora es la que cuentan las primeras seis páginas de “Entre nos”, texto prodigioso que articula sabiamente la variación autobiográfica con los apuntes para una teoría de la entrevista como ejercicio espiritual. En esas páginas se puede encontrar el mito de origen de la cronista fascinada por el pulular de lo diverso, tramado a partir de la mitología del conventillo políglota como “cuna del collage y la performance”.

Desde el balcón descascarado del primer piso, la curiosidad infantil asistía al deambular de una corte de los milagros populachera en la que sobresalían la vendedora de pan enana y la niña gárgola. Hacia adentro, por los pasillos ruinosos, la fortuna deparaba el encuentro con la dulzura y la discreción de una sobreviviente del Holocausto, pero también con la apatía del misterioso hombre sin piernas. Con ánimo de genealogista, Moreno recuerda que no asoció nunca esta constelación de raros “con la tristeza, la discriminación y el genocidio, sino con la imaginación, la variedad y la mascarada”. La disposición adulta, profesional, a dejarse impresionar hasta el enamoramiento por las anomalías que crecen en los márgenes de la cultura –ahí al lado– con vocación de descentramiento, viene de aquella inocencia. Además, está lo que hay que agradecer a la madre. La memoria filial la empuja a escena para que sobreactúe las necedades de una contrafigura propiciatoria. Bromatóloga de éxito, además de gorila impenitente, desalentaba los encuentros contaminantes con lo popular. Por eso la nena le salió dandi (“El dandismo consiste, en gran medida, en poner en contacto contaminante la cultura alta y baja despreciando la media”).

Hay otro fragmento autobiográfico en el que Moreno evoca con ironía las preferencias y las animosidades maternas para conmemorar los aciertos de sus propias elecciones, nacidas de la indiferencia o la franca oposición, “Memoria”, en El fin del sexo y otras mentiras. La Dra. F, Doctora en Química, “despreciaba a los poetas, a los periodistas, a todo aquel que usara las palabras para imprecisiones gozosas y no para aseveraciones lógicas amparadas en fórmulas y experimentos probados por grandes hombres…”. A la hija no le quedó más remedio que definir sus gustos y oficios por el camino de la inversión y la irrisión de ese paradigma crasamente positivista. La ironía señala el ánimo vengativo que subyace a la rememoración del discurso y el tono de la madre, bestias temibles, pero también la clave juguetona y hasta tierna según la cual se realiza, ligero de resentimientos, el acto reparador. Gracias a que María se dejó perder por las imprecisiones de la conversación y la literatura, antes de que la perdiesen las luces de los bares del centro, la Dra. F vive en su escritura la existencia feliz de un personaje cómico (una vez huyó del consultorio de un psicoanalista al grito de “¡No hay inconsciente, hay microorganismos!”) o la muy conmovedora y terrible existencia de una poeta involuntaria, otra escritora con la soga al cuello, que inventa sin saberlo, mientras naufraga en el Alzheimer, una lengua en la que la desposesión y el dolor hablan por sí mismos:

Ella, que odiaba a los poetas, sumergida en su lecho, durante una siesta en la que se encontraba especialmente inquieta, quizá por haber perdido las palabras que quería encontrar para decir mientras lanzaba una mirada terrible, encontró las exactas: “Lástima. Yo quería ser y no cero”.

Después de evocar los deleites de la vida conventillera, “Entre nos” condensa en unas pocas escenas los derroteros del aprendizaje que siguió Moreno fuera de (y contra) la familia y la educación formal. En los bares de la calle Corrientes a fines de los sesenta, se convirtió en “varonera”, autodidacta orgullosa y escritora-periodista. La instruyeron la frecuentación de algunos notables y el ejercicio –por lo general masculino, es decir, autoritario– del agón intelectual. En esos lances aprendió a desconfiar de las teorías, que pueden estimular el pensamiento, pero también se usan para intimidar e inhibir a los contertulios, y a valorar la erudición de los amateurs, que atesoran curiosidades para interpolarlas, como cristales que iluminan y sorprenden, durante el curso de una argumentación. Lo que este relato no cuenta, parece que la autobiógrafa lo hubiera olvidado, es cómo fue que la aprendiza se convirtió en profesional, cómo ocurrió su entrada a la cultura. Pienso, cerca del final del ensayo, que la omisión no es accidental, ni enmendable: nunca sabremos cómo entró María Moreno a la cultura porque ella prefiere pensar esa entrada como un acontecimiento que recorre, ida y vuelta, la vida de un artista, sobre todo si es mujer, y no como un simple, aunque muy espectacular, hecho de su historia personal. Uno de sus amigos lacanianos diría: algo que no termina de no ocurrir.

Se puede decir que las mujeres –las que no han elegido desarrollar estrategias miméticas para entrar en la tasa patriarcal o ser entronizadas a título de excepción– entran en la cultura a través de una violencia necesariamente vuelta contra ellas mismas, violencia creada por un lugar de ajenidad o, lo que es igual, idealizadas, enemigas y acreedoras… Una preocupación: a la culture se entra loca y muerta o como El Hombre (Marguerite Yourcenar).

Entrar puede resultar peligroso, incluso mortal, porque los lugares que una mujer podría ocupar una vez dentro fueron construidos por otros, al antojo de sus intereses falocéntricos. Pero incluso cuando existe la posibilidad de ocupar un lugar “propio”, delimitado por saberes, creencias y prácticas feministas, todavía hay peligro: quedar fijada a valores que, por simpáticos y acogedores que resulten, también aplastan o inhiben las manifestaciones de lo diferente (la acción rectora de cualquier valor se ejerce a través de la aniquilación de posibilidades de vida intransferibles).

No debo convertirme en un miembro –¿qué hace aquí esta palabra?– de una capilla más y dueña de un espacio atenido a las leyes burocráticas de la cultura.

La preocupación es ética, porque está en juego la necesidad de no entregarse en cuerpo y alma, no del todo, a la seducción de las políticas culturales que garantizan el derecho al cuarto, la columna y el suplemento propios. No entrar, quedarse afuera, no es una opción: la preocupación inquieta a la que entró, disfruta de reconocimiento, y ahora se siente incómoda con la fijeza y la delimitación excesivas del lugar que supo conseguir. Los privilegios de pertenecer a la culture no siempre le resultan placenteros. Esta incomodidad es la que dejan entrever algunas fobias o reticencias del personaje cultural que compone Moreno. Es también la que, transmutada en experimentos y hallazgos verbales, la impulsa a intervenir en las conversaciones públicas para poner a prueba la potencia disuasoria y el genio creador de su estilo contaminante.

Lo interesante es entrar, no haber entrado. Abrir en la cultura una grieta, que enseguida sellará el reconocimiento, por la que algo, el que está entrando, podría escaparse. Mientras escala posiciones y, con una ayudita de los fans rosarinos, sube al podio de los escritores del giro autobiográfico, María Moreno ensaya mezclas literarias que mantienen vivos la ambición y el fervor irreverente de los comienzos. No es que quiera volver a entrar: querría estar entrando continuamente.

 

Lecturas. Este ensayo forma parte del libro El giro autobiográfico en la literatura argentina actual, de próxima aparición. Los libros de María Moreno citados son: Banco a la sombra (Buenos Aires, Sudamericana, 2007); Vidas de vivos. Conversaciones incidentales y retratos sin retocar (Buenos Aires, Sudamericana, 2005) y El fin del sexo y otras mentiras (Buenos Aires, Sudamericana, 2002). De este último me resultó particularmente estimulante la sección titulada “La mujer pública”, que reúne casi todas las intervenciones de Moreno en la columna del mismo título que tenía en la revista Babel a fines de los ochenta.

Alberto Giordano es profesor de la Universidad Nacional de Rosario. Algunos de los libros que ha publicado son: Razones de la crítica. Sobre literatura, ética y política (Buenos Aires, Colihue, 1999), Manuel Puig, la conversación infinita (Rosario, Beatriz Viterbo, 2001) y Modos del ensayo. De Borges a Piglia (Rosario, Beatriz Viterbo, 2005).

1 Mar, 2008
  • 0

    Después del tiempo del manuscrito

    Sergio Chejfec
    1 Sep

     

    La escritura inmaterial y los efectos de realidad.

     

    La escritura inmaterial (representada idealmente en la pantalla del procesador) postula una fricción entre inmutabilidad...

  • 0

    Paisajeno. Artefacto político y poético

    Jorge Carrión
    1 Mar

     

    El temerario Willy McKey prueba que el clásico espíritu del vanguardismo también puede regenerarse.

     

    La lectura de Paisajeno me ha llevado a preguntarme:...

  • 0

    Del argumento

    Marcelo Cohen
    1 Mar

     

    Apuntes sobre la posible utilidad de las historias inútiles.

     

    No termino de salir del sueño cuando la conciencia profana el amanecer con su...

  • Send this to friend