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Pelando la cebolla

LITERATURA

 

Sobre las memorias de Günter Grass y sus controvertidas revelaciones.

 

La cebolla no es un vegetal refinado. Es un producto barato y humilde que se usa en la cocina de todo el mundo. Si como representante de la literatura alemana Thomas Mann ha sido siempre el alcaucil, Günter Grass es sin duda la cebolla: con los pies en la tierra, de un realismo exuberante, más picaresco que olímpico o sofisticado. Pelando la cebolla cumple esas expectativas con creces. En la autobiografía literaria de Grass la cebolla es una metáfora de las capas complejas y escurridizas de la memoria: “La cebolla tiene muchas pieles. Existe en plural. Apenas pelada, las pieles se renuevan. Cortándola, hace saltar las lágrimas. Solo al pelarla dice la verdad”.

En El tambor de hojalata, la novela de 1959 que lo consagró y le valió el Nobel, la cebolla hacía saltar lágrimas y verdades, pero allí Grass estaba develando el mundo sellado de los primeros años de la posguerra alemana, carente de palabras –y de conciencia– para explicar el pasado reciente. “El sótano de la cebolla”, título de un capítulo célebre de la novela, es un night club popular del Altstadt (Barrio Antiguo) de Düsseldorf, regenteado por un hombre que tiene por hobby dispararles a los gorriones en las orillas del Rin. En el club, sirve cebollas con tablas y cuchillos a los clientes –hombres de negocios, doctores, abogados, artistas, funcionarios de gobierno y sus esposas, amantes o secretarias–, que se sientan en mesas de madera marcadas por el uso a pelar ceremoniosamente el vegetal que les ha servido el anfitrión. El ritual produce una afluencia de lágrimas contenidas, acompañada de confesiones, revelaciones y autoacusaciones. El jugo de la cebolla vence la imposibilidad del duelo de la Alemania post-nazi, que diez años más tarde el psicoanalista Alexander Mitscherlich diagnosticaría como la patología social del “milagro económico” de Alemania Occidental. Pero hay algo claramente sospechoso en esa clase de “victoria”. La sátira de Grass deja al desnudo la ambigüedad esencial de esas confesiones en beneficio propio.

Los nativos de Düsseldorf siempre supieron que el modelo de “El sótano de la cebolla” era Csikos, un reducto de artistas en el Altstadt. Cuando se publicó El tambor de hojalata, Csikos todavía era famoso por un goulash picantísimo, que le arrancaba lágrimas, si no confesiones o revelaciones, a su clientela. En la autobiografía de Grass, “El sótano de la cebolla” cobra otra dimensión. En el Csikos de los años cincuenta, Grass y dos amigos hacían su propia versión del jazz: una flauta, un banjo y la tabla de Grass en lugar del tambor de Oskar Matzerath. El sótano, nos informa Grass, era también por entonces un típico lugar de encuentro entre lo alemán y lo estadounidense. Una tarde, después de una jam session en Düsseldorf, Louis Armstrong se apersonó en el local con su grupo. Intrigado por la transformación de la flauta de la canción folclórica alemana en los ritmos del jazz y del blues, Armstrong pidió que alguien fuera a buscarle su trompeta al hotel y se sentó con Grass y sus amigos a tocar un par de temas. Blues en “El sótano de la cebolla”: la escena sugiere vívidamente cómo la cultura estadounidense podía alimentar energías rebeldes –aunque todavía apolíticas– durante la restauración de posguerra en la Alemania Occidental del canciller Konrad Adenauer.

El tambor de hojalata, en cambio, era explícitamente política, a través de la sátira de la vida cotidiana bajo el fascismo y el endurecimiento emocional de la mente alemana durante la posguerra (evocado en el teatro de la represión y la descarga autoindulgente de “El sótano de la cebolla”). Todo un hito en la literatura alemana de posguerra, la novela confrontaba a los alemanes con la herencia del Tercer Reich en el relato ambiguo de Oskar Matzerath y su tambor de hojalata. La historia de Matzerath transcurre durante la guerra y los primeros años de la posguerra, aproximadamente el mismo período en el que suceden muchos de los episodios contados y elaborados en la autobiografía de Grass. Pero allí donde la novela transformaba creativamente la vida en literatura, el lector encontrará ahora el proceso inverso. Aquí, sin embargo, casi cincuenta años después de la publicación de El tambor de hojalata, está en cuestión el legado de Grass como narrador verídico.

Las lágrimas de cocodrilo derramadas por nuevos ricos e intelectuales bohemios en “El sótano de la cebolla” no alcanzaron a “apagar” el escándalo que provocó la “revelación” del otoño pasado: la noticia de que por unos meses, hacia el fin de la guerra, Grass había prestado servicio como recluta de las Waffen-SS. Su obra o su imagen nunca se caracterizaron por la contrición o la autoincriminación y sus memorias no son una excepción. La “verdad” de la cebolla es quizás, en todo caso, una última nota a pie de página a la muy manida historia de la última generación de jóvenes hitlerianos, muchachos de 16 y 17 años reclutados en los meses finales de la guerra para evitar la ya inevitable derrota militar alemana. Los que volvieron con vida pudieron establecerse como la primera generación de la democrática Alemania Occidental de posguerra tras la así llamada Stunde Null (Hora Cero); la caída del Reich se vivió como derrota pero también como liberación. A diferencia de muchos de sus pares, Grass nunca ocultó que, como miembro de las Juventudes Hitlerianas, había creído en el Führer y a los 16 años se había presentado como voluntario para el cuerpo de submarinos. Pero hasta ahora no había hecho pública su participación en las Waffen-SS, una unidad de combate de elite nazi, declarada organización criminal por el tribunal de Nuremberg.

En Alemania arreciaron las denuncias de todo signo: de la derecha que siempre despreció la socialdemocracia de Grass y la “inmoralidad” de su escritura, de la izquierda radical que siempre lo consideró a merced de la socialdemocracia reformista, y de la generación alemana más joven, resentida con la generación de Grass, Martin Walser y Hans Magnus Enzensberger porque sigue acaparando los primeros planos.

También yo me sentí traicionado por un ídolo literario de mi juventud cuando supe que Grass había participado en las Waffen-SS. También yo tuve la tentación de levantar el estandarte moral. ¿Cómo era posible que precisamente Grass, que desde los sesenta no había dejado de acusar a altos mandatarios del gobierno alemán por ocultar su pasado nazi y había insistido en la necesidad del escarmiento público, hubiese guardado el secreto durante tantos años? ¿Cómo había podido aceptar la presunción de sus biógrafos de que él, como tantos otros jóvenes en el 44-45, había sido un Flakhelfer, un joven conscripto, y no miembro de las Waffen-SS? ¿Y por qué revelarlo ahora, en el preciso momento en que sus memorias se lanzaban al mercado? ¿Era la confesión de un escritor de casi ochenta años que quería limpiar su pasado o apenas una estrategia inteligente de marketing? ¿O simplemente el deseo, explicitado sin ningún remilgo en las memorias, de tener la última palabra, negándoles el gusto a sus muchos adversarios de ser los primeros en descubrirlo? Porque era evidente que tarde o temprano saldría a la luz. Los documentos del POW (Prisioneros de Guerra) que prueban su participación en las Waffen-SS son inapelables. Sólo que nadie hasta entonces, ni siquiera sus biógrafos, se había tomado el trabajo de corroborar los detalles.

Las razones del silencio de Grass están guardadas celosamente en las memorias. En sus declaraciones públicas desde que Pelando la cebolla se publicó en Alemania, no ha dicho mucho más sobre la decisión de guardar silencio sobre ese aspecto de su pasado, con lo que alimentó más la ira de sus críticos, la mayoría viejos admiradores desencantados. Para muchos, su legado como intelectual público, pero también como escritor, había sufrido un daño severo. Yo, en cambio, después de mi reacción inicial, me sentí cada vez menos inclinado a señalar con el dedo a alguien cuya prédica moralista sobre la política alemana me había molestado periódicamente durante las últimas décadas, sobre todo la insistencia obcecada en la división de Alemania como escarmiento permanente por los crímenes del nazismo y el a menudo estridente antinorteamericanismo. El juicio moral sobre la falta de sinceridad de Grass me parecía demasiado fácil.

Y cuando al leer las memorias empecé a pelar la cebolla, me convencí aún más de que mi sentimiento de traición estaba fuera de cauce. Grass ahonda sin sentimentalismo en su incapacidad juvenil para leer los signos de los tiempos: el compañero de estudios inconformista que un día desaparece de la clase; la profesora católica que termina en un campo de concentración cercano; las sospechas de su madre sobre las persecuciones a los judíos. Por más adoctrinado que estuviera, Grass veía y hacía la vista a un lado. Su éducation politique fue ganando forma acabada muy lentamente, y su autobiografía lo deja sentado.

Leyendo las capas de la cebolla, Grass presenta un relato vívido de su adolescencia en el estrecho medio pequeño burgués de Danzig, que hizo que las promesas nazis de heroísmo y aventura marítima resultaran tan tentadoras como vía de escape. La realidad era decididamente menos romántica: Grass salvó el pellejo por poco y con mucha suerte en el caos de los últimos meses de la guerra, huyendo a través de los bosques después de que una avanzada del ejército soviético diezmara en una emboscada a su unidad de tanques. Asegura, de manera verosímil, que nunca disparó un tiro. La nueva división de las Waffen-SS en la que había sido reclutado se desmembró bajo el alud soviético a poco de ser formada.

No asistimos a la historia de un joven excepcional sino a la de un hombre común alemán a los 17 años, escrutado con piedad por el mismo hombre seis décadas más tarde. Por supuesto que hay blancos en la memoria y detalles inciertos. Grass los reconoce de plano, aunque a veces muy tímidamente. No todo está escrito con firmeza en las capas de la cebolla. Pero el hecho de que hable de su juventud alternativamente en primera y en tercera persona no es prueba de evasión, o de un esfuerzo mendaz por borrar el límite entre memoria y ficción, como argumentan algunos. Esta oscilación en la perspectiva señala más bien la distancia entre el memorialista y el yo adolescente.

Cuando la narración entra en el tramo final de los años cuarenta y en la década siguiente, Grass hace un retrato fiel del joven Günter y sus tres deseos: el hambre real, especialmente en los “años de hambre” que siguieron al final de la guerra; el hambre adolescente de sexo; y el hambre del artista en ciernes. Todo lo que Grass escribe sobre la vida en Düsseldorf y Berlín en esa época resuena vívidamente, evocado con su célebre tono picaresco y su foco característico en el absurdo de la vida cotidiana. De la cultura pública y de la historia política, sin embargo, tiene poco que decir, sorprendentemente. Ni su hostilidad explícita posterior hacia la restauración de Adenauer ni su compromiso con los socialdemócratas se manifiestan todavía. Como muchos alemanes después de la guerra, Grass rehuía la política y encontraba consuelo (y en su caso, una vocación) en el arte, sobre todo en la poesía, el dibujo y la escultura.

Los capítulos dedicados a los últimos años de la década del cuarenta y a los cincuenta se centran en reminiscencias personales: la reunión con sus padres, que se habían trasladado al Rheinland, el aprendizaje del oficio de pedrero constructor de tumbas y los estudios en la Academia de Artes de Düsseldorf, donde también estudiaba Joseph Beuys. Más tarde, la escena artística de Berlín, con las batallas de guerra fría en torno a la abstracción, los amores con la bailarina suiza Anna Schwarz y el primer éxito como advenedizo literario leyendo poemas en un encuentro del Grupo 47, de fama inminente. Sorprenden por la falta de sentimentalismo los recuerdos de la taciturna despedida de un padre al que no quería en una estación de tren antes de partir a la guerra, el gran tributo a su amada madre que murió de cáncer demasiado joven, sin poder presenciar el éxito del hijo, y el relato de cómo rescató a su hermana de una madre superiora autoritaria y la ayudó a ser partera en lugar de monja. El recuento de sus proezas sexuales, en cambio, es más bien adolescente, sin mucho detalle sobre sus compañeras. La única relación tratada con la delicadeza de una intimidad duradera y con amor es la que mantuvo con Anna, su primera esposa. Son interesantes, aunque no demasiado reveladores, los breves recuentos de la formación literaria, su amor por Cervantes, por el novelista del siglo XVII Hans Jakob Christoffel von Grimmelshausen y por Alexander Döblin, el autor de Berlin Alexanderplatz. En el debate de los años cincuenta entre figuración pictórica y abstracción modernista, Grass toma partido por la figuración, una posición que se refleja en su propia práctica como artista gráfico. En la disputa existencialista de esos años se alinea con Camus y el absurdo contra el marxismo de Sartre, pero por lo demás se mantiene ajeno a las posiciones existencialistas más a la moda. Las pocas páginas en que describe los años que pasó en París a fines de los cincuenta son decididamente insustanciales. Probablemente porque su limitado francés, su aún más limitado presupuesto y sus conexiones con la escena intelectual parisina fueron mínimos e invirtió casi todo el tiempo en El tambor de hojalata. Parecería que aún hoy la novela consigue drenar energía de las memorias. Se nos informa poco y nada de su amistad parisina con el poeta y sobreviviente del Holocausto Paul Celan. La Guerra de Argelia resuena en el fondo. En 1958 Grass gana su primer premio con el Grupo 47 y en 1959 se publica El tambor de hojalata, recibida con entusiasmo y polémica pública. Un año más tarde está con Anna y sus hijos nuevamente en Berlín y luego, de pronto, a Grass se le acaban las cebollas y las memorias concluyen.

Terminar el relato con la publicación de El tambor de hojalata es, por supuesto, bastante práctico. Permite a Grass eludir la pregunta pendiente y legítima sobre por qué nunca hasta hoy discutió su participación en las Waffen-SS. Si lo hubiera hecho durante el debate en torno a la visita de Helmut Kohl y Ronald Reagan al cementerio de Bilburg con tumbas de SS en 1985, o durante el Historikerstreit, la disputa de los historiadores alemanes sobre la singularidad de los crímenes nazis –o cuando se publicó El tambor de hojalata–, la recepción habría sido muy diferente. No hay poca ironía en el hecho de que la demanda estruendosa e inquisitoria de contrición y mea culpa enfrente ahora a un escritor que nunca dudó en enrostrarla a los otros. Aun así, el affaire Grass no nos dice mucho sobre la calidad de sus memorias. Y su visión política siempre tuvo más impacto en su literatura que en sus pronunciamientos políticos.

 

Pelar la cebolla, una capa escurridiza tras otra, es un símil sorprendentemente apto para sumergirse en los propios recuerdos. Capta la condición poco fiable de la memoria humana, y la posibilidad de que el olvido parcial y la distorsión de los recuerdos la estratifiquen y la reestructuren. La otra metáfora recurrente del libro es el ámbar, que evoca otro tipo de memoria. El ámbar, esa resina que abunda en las playas del Báltico –Heimat perdido de Grass– y se convierte en un mineral amarillo oscuro, aprisionando a menudo a algún insecto, representa la idea del recuerdo invariable, petrificado. He aquí un ejemplo: mirando una pieza de ámbar translúcido como la miel muchos años más tarde, Grass no ve el proverbial insecto petrificado sino a sí mismo, de cuerpo entero, desnudo a los catorce años. El ámbar es aquí una pantalla en la que se proyecta el púber arraigado en la mente del narrador, mientras que las pieles de la cebolla se leen una tras otra. Leer y ver, escribir y proyectar el pasado son los dos modos que gobiernan la escritura de Grass. El juego entre la cebolla y el ámbar trae así una nueva dimensión literaria al entramado inevitable de Dichtung und Wahrheit, para usar la fórmula de Goethe, esa mezcla de ficción y verdad que anima toda autobiografía y toda memoria. El poder de toda memoria radica en la mezcla adecuada, y cabe a los lectores evaluarla. Los críticos que amonestan a Grass por vestir su pasado nazi con metáforas literarias, por cuestionar la fiabilidad de sus propios recuerdos, por admitir el olvido y por ocultarse detrás de las complejas técnicas narrativas que reconocemos en sus novelas, pueden anotarse unos tantos políticos, pero delatan una comprensión simplista del género.

Tal vez una de las revelaciones más fascinantes de las memorias de Grass es el tiempo que le llevó construir el personaje de Oskar Marzerath, y la cantidad de dudas con que pasó de una comprensión apolítica del arte a la escritura de una de las novelas políticas más potentes de la posguerra. Esta sección de la autobiografía reproduce in nuce la historia de la República Federal de esos años: la confrontación inicial con la lluvia radioactiva política y cultural del Tercer Reich, que culminó en la obsesión conmemorativa de las últimas décadas, cuando la política de la memoria se transformó en un fenómeno mundial. Cuando Grass –por entonces en Berlín– fue testigo de la revuelta de los trabajadores de Alemania Oriental del 17 de junio de 1953, cerca de la Potsdamer Platz, no tenía sed de política o de memoria, ni deseo alguno de escribir la gran novela alemana de posguerra. Siguió trabajando como ilustrador y escribiendo poesía. Obtuvo su primer reconocimiento como escritor casi por defecto, cuando en 1955 leyó sus poemas con el Grupo 47. El poeta expresionista Gottfried Benn –agobiado también por su apoyo inicial a Hitler, pero todavía una figura literaria mayor a principios de los cincuenta– leyó la poesía de Grass en ese momento y predijo que un día escribiría prosa.

Aunque Grass nunca abandonó la poesía, alcanzó la fama con sus novelas, sobre todo con la trilogía de Danzig. Es fascinante descubrir cómo la novela con la que al cabo ganaría el Premio Nobel surgió en forma desarticulada, casi por azar. Hacia el final de la autobiografía, Grass explica su paso de la poesía a la prosa como una compulsión a abandonar su anterior etapa apolítica y esteticista y enfrentar el pasado alemán: “De esa forma, me habría dispersado en cuanto a mi producción y, en las reuniones del Grupo 47, me habría mostrado interesante con trucos cada vez menos nuevos, en el caso de que hubiera podido esquivar la masa de sedimentos del pasado alemán y, por lo tanto, mío. Sin embargo, esa masa se interponía en mi camino. Me hacía tropezar. Nada podía evitarla. Era como si se me hubiera impuesto, pero seguía siendo inabarcable: aquí era un campo de lava fría, allá un basalto hacía tiempo petrificado que se había asentado sobre depósitos todavía anteriores. Y, sin embargo, quería ser extraído capa a capa, clasificado, nombrado, exigía palabras. Todavía faltaba la primera frase”.

Pero entonces la compulsión a escribir, como alguna vez lo formuló con su crudeza característica, lo atacó como una diarrea. El viejo Grass le dio a la imagen un giro más político cuando escribió en su reciente novela A paso de cangrejo: “La historia o, para ser más preciso, la historia que nosotros los alemanes hemos echado a perder, es un inodoro atascado. Tiramos de la cadena, tiramos de la cadena, pero la mierda sigue subiendo”. La frase condensa mucho más, si se quiere, que el origen de El tambor de hojalata.

Alguna vez el crítico Hans Mayer dividió a los artistas alemanes en mártires y diputados. Si Mann era un diputado de la cultura alemana en el sentido tradicional, Grass, a quien le gusta declararse perseguido por los medios, nunca fue un mártir sino un diputado, con todas sus imperfecciones, de la república democrática occidental de posguerra. Como su trilogía de Danzig, el escritor de ochenta años, con su bigote, su pipa y sus pronunciamientos políticos, se levanta como un bloque de lava en medio de la formación cultural que se ha convertido en historia. En ese sentido, para bien o para mal, Grass continúa siendo el mismo: uno de los mayores diputados de la literatura alemana de posguerra. Sigue siéndolo en un sentido quizás aún más hondo que antes de la última revelación y la evasión continua de sus memorias.

 

Traducción de Graciela Speranza

 

Lecturas. Pelando la cebolla fue publicado en español por Alfaguara en 2007.

Andreas Huyssen es profesor de Literatura Alemana y Comparada en la Universidad de Columbia, Nueva York, y cofundador y editor de la revista New German Critique. De su vasta obra ensayística se han publicado en español Después de la gran división (Adriana Hidalgo, 2002) y En busca del futuro perdido (Fondo de Cultura Económica, 2002). Duke University Press publicará en 2008 Other Cities, Other Worlds: Urban Imaginaries in a Globalizing World. Este artículo apareció originalmente en The Nation el 13 de agosto de 2007 y fue especialmente cedido a Otra Parte por el autor para su publicación en español.

 

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